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Había una vez una princesa muy bella, quien vivía en un extraño principado al norte de la India. Ella, desesperadamente, buscaba con quién casarse. Los hombres más guapos de todo su reino eran llevados al palacio, generalmente bajo engaño, o a la fuerza si es que los engaños no funcionaban.

Al llegar al reino, hacían pasar a los pretendientes a un gran salón de belleza masculina en donde los bañaban, afeitaban, perfumaban y los vestían con una especie de pequeño guayuco. Para luego, totalmente pulcros, presentárselos a la princesa, quien luego de echarles un vistazo decidía si les gustaba o no.

Si no le gustaba, suerte para el afortunado porque lo sacaban del palacio y se marchaba desconcertado pero vivo. Si por el contrario la princesa lo aprobaba, la cosa cambiaba. Los hombres eran llevados a la alcoba real donde debían demostrar sus atributos y cualidades amatorias y además, ser locuaces, saber algún juego o tener talento para las matemáticas. La joven princesa no sólo quería sexo, deseaba también no aburrirse nunca.

Mientras los hombres pudieran satisfacer sus exigencias, permanecerían con vida. Si por el contrario no la divertían, sin piedad alguna, la princesa llamaba al verdugo real quien con un hacha resolvía el problema.

Fue así como por la vida de la exigente princesa, pasó una cantidad incalculable de hombres. Casarse, ya no era importante. Ahora disfrutaba de la sádica situación de poseer muchos amantes quienes, literalmente, morirían por ella. Los más inteligentes y hábiles en las artes amatorias, tan sólo lograban, como máximo, sobrevivir dos meses.

Como en todos los cuentos, y éste no es la excepción, ocurrirá algo fuera de lo común.

Un día, llevaron al palacio a un joven merideño de descendencia hindú, quien fue seleccionado por la insaciable princesa. Para asombro de todo el reino, este hombre, logró sobrevivir seis meses. ¿Qué había pasado? ¿Qué extraña cualidad misteriosa tenía aquel pretendiente que había logrado satisfacer los instintos de la princesa?

Pues, uno muy sencillo: el joven resultó ser un excelente cocinero.

Todos los días, con habilidad gastronómica y excelente sazón, el atractivo chef preparaba exquisitos platos. Cuando la princesa terminaba de comer le decía:

-Este no es el mejor, pronto comerás el verdadero manjar.

Y fue así como preparó mil y una exquisitas recetas.

Un día, después del almuerzo, ella le dijo:

-Si mañana preparas el más delicioso de tus platillos, podrás tener todo lo que quieras. ¡Serás mi rey!

Inmediatamente, aquel hombre se puso a trabajar y decidió, después de una minuciosa revisión de sus recetas, escoger la que más le gustaba. Esta receta significaba su libertad, su reinado, y muy probablemente su vida.

Al día siguiente, la comida quedó perfecta, pero todavía faltaba lo mejor: el postre.

El cocinero se levantó de la mesa, fue a la cocina y trajo el Halva. Su presentación, su olor y finalmente su delicado sabor, enloquecieron a la princesa.

Cuando amaneció, todo estaba dispuesto para la coronación. La joven preparó su deseable cuerpo. Lo bañó en leche y miel. Luego reposó sobre aromáticos y frescos pétalos de rosas. Sin embargo, y esas son las sorpresas que a veces depara el destino, ese fue el día en el que el cocinero ejecutó su venganza: el apuesto chef desapareció del reino, sin dejar rastro alguno.

De la princesa, más nunca se supo. Dicen los últimos que la vieron, que ella ya no se interesaba por ningún hombre y que lo único que comía era yogur con afrecho.

Este pareciera ser el final de nuestra historia. Pero no termina aquí. Resulta ser que ese cocinero está entre nosotros ¡Sí! Vive aquí en Venezuela, es mi sobrino y su nombre es Sumito Estévez.

Dice la leyenda que cuando Sumito huyó de la princesa, montó una escuela de cocina y un restaurante en la isla de Margarita. Allí se le puede encontrar. Y… ¿quieren saber un secreto?, pero que quede entre ustedes y yo: mi sobrino jamás me reveló la receta de su maravilloso postre. Su preparación, es aún hoy en día un misterio. Existe un ingrediente oculto que sólo conoce el chef y que, únicamente, logró degustar una lujuriosa, insaciable y hermosa princesa, quien entre almendras, azúcar, canela y aceite de oliva, continúa buscando a su príncipe amado para convertirlo en rey.

 




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