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Dayrí Blanco | @DayriBlanco07

El uniforme de María Victoria Orellano está en el clóset. Tiene un año y medio ahí, en coincidencia con el recrudecimiento de la escasez de alimentos en el país, una crisis que fue el detonante para que dejara sus estudios universitarios. Su sueño de ser odontólogo se mantiene, pero la meta está lejos. Ahora su prioridad es comer, y para poder lograrlo hace largas colas desde la madrugada por unos cuantos kilos de comida, que compra con lo que gana en un improvisado puesto de dulces en una esquina de la avenida Lara, al sur de Valencia. No tuvo otra opción. Es una mujer en construcción que lucha por recuperar su espacio, por ganarle la batalla a los problemas creados por el único sistema político que conoce, en el que ha vivido durante sus 19 años.

Estaba por terminar el tercer año de la profesión cuando le dijo a su mamá la decisión que ya era impostergable. “No puedo seguir estudiando”, frente a ella su madre solo bajó la cabeza, cerró los ojos y le prometió que al pasar la crisis podrían pagar todos los instrumentos y libros que necesitaba. “Tranquila, la prioridad ahorita es comer”, le respondió la joven.

Fue así como salió de las métricas del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) de 2011 que indican que 60% de la población universitaria corresponde a mujeres. Son números que cambiaron y que llevan a que en 2015 —de acuerdo al INE— 36,5% de las venezolanas económicamente activas formen parte del sector informal. Se trata de un millón 864 mil 117 personas, cifra que ha aumentado.

Ellas viven solas en su casa del barrio Las Flores en la parroquia Miguel Peña. La madre de María Victoria se dedica a limpiar casas al otro lado de la ciudad desde hace más de 15 años. Tenía clientes de lunes a viernes, pero la situación económica le limitó los días de trabajo a dos o tres de forma intermitente “ya pocos pagan para que alguien le barra el piso o planche la ropa”. Cada vez los ingresos eran menos. En una oportunidad no tenían para el pasaje, y en otra ocasión pasaron tres días comiendo arroz y tomate “era lo único que teníamos en la nevera”.

En la comunidad todos las conocen. Eugenio Pinto es vecino de Vilma Ortiz—la mamá de la futura odontólogo— desde hace más de 30 años. “Es una mujer trabajadora. Nunca dependió de nadie y logró sacar adelante a su hija”, así ha celebrado cada 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer. Esta vez lo hará igual: Luchando, pero por conseguir al menos asegurar los tres platos de comida al día.

CLASE MEDIA EXTINGUIDA

Hace apenas dos años Lennys García le conseguía a su nieto todo lo que necesitaba. Hacía colas, amanecía en las calles, pero no tuvo que restringirle nada en su alimentación. Isabella, de 11 meses, no corrió  con la misma suerte. Ella toma tetero sin leche y debe aguantar con dos o tres pañales todo el día.

La situación cambió.“Ni haciendo cola se encuentra algo”, expresó la mujer sin poder evitar demostrar su angustia. Lloró. No pudo contenerse. “Es que solo contamos con el sueldo de mi hijo y de mi esposo y no alcanza para pagar los productos como los están vendiendo tan caros”. Su lucha es contra el hambre. La prioridad es que los niños coman mientras los adultos se conforman con alimentarse una vez al día o acostarse a dormir sin cenar. Las lágrimas siguieron durante todo el relato.

Lennys vive en José Leonardo Chirinos, al sur de Valencia, donde por una segmentación geográfica habitan las clases más bajas de la capital de Carabobo. Tiene 20 años residenciada ahí “siempre he sido pobre pero nunca nos faltaba la comida. Ahora me siento en la miseria”. Ella es el reflejo de las abuelas venezolanas, mujeres que batallan por sus nietos pese a cualquier adversidad.

Al norte de Valencia las historias de las mujeres también están signadas por la crisis. Migdalia Benavides está jubilada. Con lo que recibe mensual en su cuenta solía comprar sin problemas todo lo que necesitaba. Hace tres años la ayuda económica de sus hijos fue determinante. “Pero para ellos ya es difícil porque tienen sus propias necesidades”. Ahora le toca ir cada martes y sábado al supermercado para intentar comprar algo de comida. La mayoría del tiempo no tiene suerte, según le comentó a Maura Rincones, quien estaba detrás de ella en la cola para pagar medio kilo de margarina, y no reparó en exponer a quienes la escuchaban que para poder comprar comida ha dejado a un lado otros gastos que estaban incluidos en su presupuesto como ir a la peluquería o comerse un postre al menos una vez a la semana.

Este 8 de marzo las mujeres de la región celebrarán su día en medio de precariedades que las hacen más fuerte. No se han apartado de su lucha, aunque algunas hayan dejado sus estudios, otras coman menos, y todas se enfrenten a la escasez de alimentos como prioridad.




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