Betty González. Foto: José Ángel Núñez

Mariela Nava/Crónica Uno

Hace tres años la vida de Betty González cambió para siempre, su casa pasó de ser templo de alegría y estruendosas carcajadas, al silencio total. Primero se fue a Colombia Bruno, su hijo mayor; luego migró Verónica. Para la maestra jubilada ambas despedidas están registradas en su memoria como los momentos más duros de su vida, después de la muerte de su padre y las define:

«Cada vez que uno de ellos se iba, era como si me arrancaran un pedazo del corazón. Despedir a un hijo es como la muerte, el mismo duelo, el mismo vacío”, dijo Betty desde la cocina de su casa en la urbanización Altamira, al oeste de la ciudad de Maracaibo.

Recientemente, Luis Francisco Cabezas, director de la Asociación Civil Convite, reveló que en Venezuela hay entre 500.000 y 600.000 adultos mayores viviendo solos producto de la migración. Esta situación genera un alto deterioro de la salud emocional debido a la soledad. “El deterioro de la salud mental va en incremento”, dijo el representante de Convite.

Depresión y discriminación

Las razones de Bruno, de 52 años y Verónica, de 35 años, son similares. Para ambos fue difícil conseguir trabajo en Maracaibo, a pesar de tener una buena preparación, según explica su madre.

“La partida de Bruno fue mi primer dolor porque mi hijo, a pesar de saber trabajar con madera, soldar y ser chef, no pudo conseguir trabajo en todo un año. Su familia ya se había ido, pero él guardaba la esperanza de que al conseguir trabajo ellos podrían volver. Al cabo de ese tiempo sufrió una depresión muy fuerte y se tuvo que ir obligado. Me dolió en el alma”.

A Betty todavía le quedaba la compañía de Verónica, su hija menor, quien se desempeñaba como estilista. Con la entrada de la pandemia el trabajo se frenó y las oportunidades fueron menos, a esto se sumó la discriminación que sufría por ser una persona transgénero.


Betty mantiene los recuerdos de sus hijos intactos. Dice que hacer cuadros con las fotos familiares la ayuda a paliar la soledad/ Cortesía José Ángel Núñez

Betty se seca las lágrimas, respira y suelta: “Vero ya va a cumplir dos años que se fue, aquí ya no conseguía nada, solo hacía pequeños trabajos que le llegaban a la casa. Ella está mejor allá porque hay más oportunidades y ahora le va muy bien”.

Aunque se quedó sola, dice que la gran diferencia es que no se siente sola. Su refugio es la música, desde que se levanta prende el radio. “Ya no es como antes que lloraba todos los días, esto es un proceso”, asegura, pero tiene momentos difíciles.

“Cuando suena una canción de las que escuchaban mis hijos cuando estaban de parranda, reunidos en familia, no puedo evitar desmoronarme, los extraño y lo que me mantiene es el contacto que tenemos todos los días por teléfono”, dijo la maestra mientras mostraba un mensaje que Verónica le dejó en la mañana. “Mamita de mi amor eterno, yo te amo muchísimo más”, se lee en un chat de WhatsApp.

Situación país, que llaman

Betty se jubiló por la nación como licenciada en Educación para el Trabajo en 2012 y por el estado, en el año 2008. Luego de dedicarle 25 años de servicio a la educación de niños y jóvenes, tiene que subsistir con 700 bolívares mensuales que le pagan como jubilada por ambos cargos.

“Mis hijos me ayudan y mis hermanos que están en Estados Unidos me dan los pasajes, al menos una vez al año, para ir a Colombia. La situación de este país no es fácil y enfermarse es peor, yo sufro de artrosis en las rodillas”, dijo Betty.

Hasta hace un par de meses se ayudaba vendiendo muñecas de trapo y carteras de material reciclable que ella misma hacía, pero ya sus manos no dan para tanto trabajo. Ahora baila en una fundación de danzas para adultos mayores y dice que eso la ha ayudado a mantenerse ágil y a sentirse útil.


Betty se refugia en la música y en la comunicación vía telefónica que mantiene con sus hijos, pero dice que la soledad es un proceso duro de afrontar y no se supera. Cortesía/ José Ángel Núñez

También se ha volcado a la fe. Hace rosarios comunitarios, visita a los enfermos y ayuda a su comunidad en lo que necesiten, el resto de los días lidia con la soledad en casa.

«Me la paso encerrada, dando vueltas, buscando qué hacer. No es fácil, tener a los hijos lejos es terrible, pero confío en Dios que es por su bien, ellos merecen avanzar, no esta pesadilla de país que tenemos”.

Mientras espera la fecha para reunirse de nuevo con sus hijos en Colombia y atender el llamado de sus cinco bisnietos, que ya quieren volver a verla, Betty afianza su fe.

Dice que al levantarse su primera parada es en el descanso de las escaleras que dan a la cocina, ahí un cuadro de Jesús de la Misericordia reposa sobre un telar rojo, que según ella, él mismo se lo pidió en sueños y desde entonces no ha dejado de conceder sus peticiones.


La fe mantiene viva la esperanza de que Venezuela tome otro rumbo y sus hijos puedan regresar/Cortesía José Ángel Núñez

Luego encomienda sus hijos a la Rosa Mística, que tiene en un altar repleto de flores plásticas y luces de navidad en la sala de su casa. Antes de salir se encomienda a San Benito, al que tiene como cuidador de su familia y sus pocos bienes en el porche en una casita azul.

La migración es un tema que no se supera y aunque Betty se considera una mujer fuerte, que a pesar de las adversidades mantiene el buen sentido del humor, sabe que sus hijos no volverán a Venezuela y ella tampoco quiere que vuelvan.


Betty mantiene su sentido del humor ante la adversidad de estar sola en Venezuela, dice que saberse amada por sus hijos la mantiene viva/Cortesía José Ángel Núñez

Espera vivir lo suficiente para ver crecer a sus nietos y bisnietos, para ver que sus hijos logren lo que se merecen, que es ser felices, estar en paz. Ella, por su parte, está convencida de que morirá en su país “con las botas puestas”.

Periodismo en Alianza




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