“De tanto ver triunfar las nulidades, de tanto ver prosperar el deshonor, de tanto ver crecer las injusticias, de tanto ver agigantarse el poder en malas manos, el hombre llega a desanimarse de la virtud, a reírse de la honra y a tener vergüenza de ser honesto.” Rui Barboza

La moral, de acuerdo a una de las acepciones de la Real Academia Española, se nos presenta como algo que no concierne al orden jurídico, sino al fuero interno o al respeto humano.

La moral política entonces, debe en todo sentido sostener la rectitud, los valores éticos de los hombres que hacen política en el país, es decir, las acciones del ejercicio del poder, la búsqueda del poder o la retención del poder debería en cierto sentido y en última instancia definirse en apego al respeto de los valores elementales de la convivencia cívica.

Cuanta nobleza encontramos en las conceptualizaciones de la mayoría de los eruditos de estos asuntos pertinentes a la moral; y que enorme resulta la distancia que encontramos ante estos planteamientos y la realidad que hoy tenemos con este régimen y sus secuaces, pues lo que está a la vista es una desvalorización del ejercicio de los principios éticos para justificar su incumplimiento.

Esto, a todas luces – o la falta de ellas – es un problema moral.

Ahora nos encontramos con un total deterioro provocado por la pérdida de valores morales, producto de la carencia o falta de aplicación de normas disciplinarias que corrijan el mal, a pesar de contar con un tal Poder Moral que sin que se exagere, se encuentra en total mora. ¿Será que piensan que la moral es un árbol de moras?…

Para el hombre siempre han existido cosas valiosas: el bien, la verdad, la virtud, la belleza, la felicidad. Sin embargo, el criterio para darles valor a las cosas ha variado a través de los tiempos. Se puede valorar de acuerdo con criterios estéticos, esquemas sociales, costumbres, principios éticos, o en otros términos, por el costo, la utilidad, el bienestar, el placer, el prestigio. El valor es tanto un bien que responde a necesidades humanas como un criterio que permite evaluar la bondad de nuestras acciones. Cuando hablamos de valor, generalmente nos referimos a las cosas materiales, espirituales, instituciones, profesiones, derechos humanos, etc., que permiten al hombre realizarse de alguna manera.

El valor se refiere a una excelencia o a una perfección. La práctica del valor desarrolla la humanidad de la persona, mientras que el contravalor lo despoja de esa cualidad. Desde un punto de vista socioeducativo, los valores son considerados referentes, pautas o abstracciones que orientan el comportamiento humano hacia la transformación social y la relación de la persona. Son guías que dan determinada orientación a la conducta y a la vida de cada individuo y de cada grupo social.

Ahora bien… ¿Qué se entiende por Principio? En sentido ético o moral llamamos principio a aquel juicio práctico que deriva inmediatamente de la aceptación de un valor. Del valor más básico (el valor de toda vida humana, de todo ser humano, es decir, su dignidad humana), se deriva el principio primero y fundamental en el que se basan todos los demás: la actitud de respeto que merece por el mero hecho de pertenecer a la especie humana, es decir, por su dignidad humana. El proceso de valoración incluye una compleja serie de condiciones intelectuales y afectivas que suponen: la toma de decisiones, la estimación y la actuación. Desde el punto de vista ético, la importancia del proceso de valoración deriva de su fuerza orientadora en aras de una moral autónoma del Ser humano.

Estamos mal y vamos para peor, y no se trata de una retórica acomodaticia o los gritos de Casandra en el país de los absurdos. Un signo muy característico de una sociedad, de una nación que de mal va a lo peor, se observa cuando las emociones salen del ámbito personal e íntimo y pasan a arbitrar las relaciones sociales, como son síntomas claros de tal desgracia, el abandono moral y la desidia por avanzar solidariamente. Así las cosas, es tiempo de preguntarnos cómo salir de esta decadencia y devolver el bienestar a nuestra Nación. Seguramente la solución no está en la pasividad, sino en todo lo contrario, en la puesta en práctica del activo de valores cívicos y morales, justo los que están rechazando la los irresponsables, ineptos e incapaces que nos ha llevado a este marasmo.

Es tal el enredo que de manera intencional ha creado el régimen, que la mayoría de los venezolanos, en su confusión, identifican Patria con Gobierno, Nación con Estado, socialismo con revolución, justicia social con distribución estatalizada.
Y esto se ha logrado mediante la manipulación de la propaganda, el control y la coacción, la falta de alternativas de trabajo para subsistir al presentarse el régimen como el gran empleador público y una única instancia de reclamación que es la misma que emplea. Ahora la corrupción sirve de modelaje y la indiferencia ante tal podredumbre y ruindad.

Si bien estos hechos son imperdonables, lo más grave resulta esa lamentable polarización que ha fracturado los cimientos de nuestra Nación con la política del rencor, el resentimiento, la ira y el desprecio, y la indiferencia.

Muchos indiferentes tranquilizan sus conciencias y se evitan los enfrentamientos con la realidad diciéndose a sí mismos que la verdad al fin se impondrá por sí sola y que existe una justicia inmanente.

Si bien es cierto que hay buena parte de la ciudadanía pusilánime, aquiescente y desmoralizada, que tranquiliza su conciencia diciéndose que la justicia, por ser inmanente, se impondrá por sí sola, la mayoría del país ha tomado conciencia de la verdadera situación a la cual nos ha llevado este régimen.

Qué hacer ante esta realidad se está convirtiendo en un reto ineludible y responsable que debemos asumir para garantizar un mejor porvenir a las generaciones que habrán de sustituirnos.

A nadie le queda duda, a estas alturas del juego, o luego de ese tortuoso recorrido de más de veinte años de derroche, desaciertos, fracturas sociales imperdonables, corrupción incontrolable, debemos prepararnos para afrontar este reto, puesto que no se puede augurar éxito a ningún proceso de reconstrucción si este no comienza con la reconstitución de los valores éticos del cuerpo social.

Y eso tan sólo será posible con la participación de TODOS.

La participación significa un compromiso. Es plantearnos un futuro, asignarnos una tarea, crearnos una esperanza justamente con otros; renunciar a nuestro exacerbado individualismo para participar en la noble tarea de dejarles un mejor país a nuestros hijos.

La crisis moral es el gran tema de nuestro tiempo, el enorme reto que hemos de abordar con el fin de legarle a las generaciones futuras un país más justo, libre y solidario. Vivimos tiempos en los cuales se pisotean los valores morales y se impone una nueva ética soliviantada por el consenso, lo que nos convoca, de manera ineludible, a realizar el esfuerzo que sea para que los valores vuelvan a fundirse con los principios. Como uno de los grandes desafíos que tenemos por delante es lograr que los ciudadanos que tenga poder tenga también ética. Que la ética llegue al poder será parte de la salvación de nuestra nación. Un importante desafío para un nuevo gobierno estará precisamente en la capacidad de dar una adecuada respuesta moral acompañada por los principios y valores, que deberemos exigir con firmeza.

Manuel Barreto Hernaiz




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