“Hace falta la mejor política puesta al servicio del verdadero bien común” nos dice Francisco en esa jugosa encíclica Hermanos Todos, en la que guiado de nuevo por su inspirador, el santo de Asís, nos propone una reflexión renovada de la solidaridad. Inconforme sin remedio, siempre siento el peso de mis pasivos sobre esos activos que inevitablemente valoro como escasos.

La sequía del desierto cuando lo cruzamos o la euforia cuando sentimos llegar a predios de éxito y abundancia pueden ser engañosos. Por eso me atrevo a  pedirles que pensemos en el mensaje pontificio. Hace tiempo me enseñaron que la política es para servir, no para servirse.

Sin darnos cuenta ya estamos en el penúltimo mes de este año raro y real, signado por frenazos y retrocesos en los procesos dirigidos al progreso de nuestro pueblo en especial, pero también de los pueblos del mundo. Los impactos de la pandemia y sus secuelas en la salud, la política, la economía y las relaciones internacionales, apenas comienzan a sentirse. Abundan las enseñanzas en el almanaque que se acerca a su fin. Tal vez sea muy pronto para asumirlas, pero no dejemos que sea tarde para empezar a asimilarlas. Fratelli Tutti nos da esa oportunidad.

“El desprecio de los débiles puede esconderse en formas populistas, que los utilizan demagógicamente para sus fines o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos”. Uno y otro asoman las dificultades para una sociedad abierta e inclusiva.

Fenómenos sociales que articulan a las mayorías, megatendencias y búsquedas comunitarias, objetivos compartidos para un proyecto común, se expresan en el sustantivo pueblo y el adjetivo popular, según la encíclica, “Si no se incluyen –junto a una sólida crítica a la demagogia- se estaría renunciando a un aspecto fundamental de la realidad social”.

A asumir al pueblo como identidad común, nos invita, “…en un proceso lento, difícil…hacia un proyecto común”. El liderazgo debe ser capaz de interpretar esos sentires y esas dinámicas para “ser la base de un proyecto de transformación y crecimiento”, pero  cuidado, porque puede derivar en insano populismo cuando es habilidad para manipular e instrumentalizar con fines de poder personal. El populismo cerrado desfigura la palabra “pueblo”.

También se manifiesta la degradación de un liderazgo popular en el inmediatismo. “Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable”, nos recuerda a Evangelii gaudium.

Ya antes, en Gaudium et Spes de 1965, cuya edición comentada me regaló al graduarme de bachiller un político de admirable honradez, la Iglesia había planteado la doctrina que Francisco desarrolla con acentos nuevos:

“Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer ese arte tan difícil y noble que es la política, prepárense para ella y procuren ejercitarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal. Luchen con integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político; conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con claridad y fortaleza política, al servicio de todos”.




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