(Foto EFE)
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Con los rostros enmascarados y protegidos con escudos improvisados y máscaras antigás se enfrentan desde el 1 de abril a los perdigones y las lacrimógenas con que las fuerzas del orden venezolanas dispersan las manifestaciones contra el Gobierno de Nicolás Maduro, en el marco de las que han muerto 75 personas.

Son jóvenes y salen a la calle para protestar por la escasez de alimentos y medicamentos, por la inflación galopante en el país y contra la hoja de ruta activada por Maduro para aprobar una Asamblea Constituyente que, a su juicio, permitirá al chavismo perpetuarse en el poder y esquivar el veredicto del pueblo.

“En la primera manifestación no esperamos nada de esto y fuimos sin máscara ni nada”, cuenta a Efe uno de estos “guerreros”, como son conocidos entre los opositores en Venezuela, quienes les consideran héroes frente al calificativo de “terroristas” al servicio de la agenda subversiva de “la derecha” que usa el chavismo para referirse a ellos.

“No pudimos llegar al sitio y cuando bajamos a la autopista llegaron los colectivos disparándonos con pistolas desde las motos”, asegura el joven en referencia a los grupos de civiles chavistas, en ocasiones armados, que han sido acusados de abrir fuego contra quienes marchan.

“Ese día me dije que no íbamos a permitir que nos atacaran así. No buscamos asesinar a nadie, solo queremos llegar al Consejo Nacional Electoral (CNE) o al Tribunal Supremo de Justicia a llevar nuestras solicitudes legales”, explica uno de los integrantes de esa primera línea de choque opositora ante las fuerzas policiales.

Este caraqueño de 30 años tiene esposa y dos hijos y hace trabajos sueltos de cocinero tras renunciar a un trabajo fijo en un restaurante que ya no le daba para vivir debido a la depreciación del bolívar.

“De mi profesión he sacado ideas para esta lucha. Primero utilizaba escudos de madera, pero las latas de las lacrimógenas los atraviesan fácilmente. Ahora he hecho escudos con bandejas panaderas, que son bandejas de metal microperforadas. Permiten ver a través y las bombas las abollan pero no las atraviesan”.

Junto a él se organiza para las protestas una veintena de personas. Entre ellos se cuentan un agente de seguros, un profesor de educación especial y un comercial diabético, que no encuentra insulina en las farmacias y ha de ingeniárselas para conseguir el medicamento a precios prohibitivos en el mercado negro.

Hay también un arquitecto, cuya formación le ha permitido diseñar catapultas con el ángulo más efectivo, de 45 grados, y no faltan algunas mujeres. Enfundadas en las mismas ropas que sus compañeros varones, van igual al encontronazo con los efectivos armados.

El grupo se comunica por Whatsapp, y trata de conseguir cascos, máscaras y cohetes pirotécnicos para quienes chocarán con la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y la Policía en la primera línea de las marchas, que se convierten en batallas campales cuando militares y agentes cierran el camino hacia las instituciones contra las que protestan.

Este lunes se cumplieron ochenta días del comienzo de las manifestaciones. Una de las mareas opositoras más multitudinarias partió del municipio opositor de Chacao, en Caracas, y allí se concentraron varios círculos de “guerreros”.

A los cascos, escudos con mensajes por la “libertad” y contra el “hambre” y cohetes que sobresalían de las mochilas de algunos se sumaban en algunos casos palos de golf empuñados como armas.

Venezuela es una dictadura en la que no hay alimentos ni medicamentos, que no quiere abrir un canal humanitario y donde la mortalidad infantil es más alta que nunca”, sostiene con la cara tapada un estudiante, que dice ser hijo de un opositor que lleva varios años encarcelado.

“Nosotros somos una línea de escolta para las marchas, para la gente que viene a manifestarse, estudiantes, gente de la tercera edad, mujeres embarazadas”, afirma otro joven enmascarado mientras el mar de ciudadanos comienza a moverse hacia la sede del CNE.

La GNB impedía poco después el paso de ésta y otras columnas de manifestantes hacia el CNE y comenzaban los choques entre militares y guerreros.

La oposición informó de varios heridos por munición real, y un joven de 17 años, Fabián Urbina, murió al ser alcanzado en el pecho por una bala en medio del caos.

El ministro del Interior apuntó al “uso indebido y desproporcionado de la fuerza” como “hipótesis principal” del origen del disparo.

El cocinero, el comercial y otros jóvenes con sus escudos eran parte de la acción cuando se produjeron los hechos.

“La gente seguía hacia adelante. Entonces tú dices: aquí hay algo que va más allá del miedo, del poder, de todo. Ya no te da miedo enfrentarte a una pistola que te va a matar. Estás seguro que te va a matar e igualito vas de frente”, dice el cocinero, aún afectado por lo vivido.




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