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“La revolución es buena para los histriones. Sirven todos los gritos, todas las necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal”. Pío Baroja

Se define a una revolución social como un cambio de carácter violento, ruptura, sustitución del poder de una clase por otra, surgimiento de nuevas clases de poseedores y de desposeídos. De acuerdo a los estudiosos de estos asuntos, para que una revolución complete su ciclo histórico, tiene que producirse una segunda fase: la creación e institucionalización de un nuevo orden político. El éxito final de una revolución puede medirse por la autoridad y estabilidad de las nuevas instituciones, mucho más que por su realización de los ideales y valores que impulsaron su iniciación.

Sin embargo y de demostrarlo se ha encargado la historia misma, las revoluciones, cuando triunfan y se consolidan, instauran un nuevo orden social, donde se vuelve a reprimir a los que disienten con dicho orden. Además, la dichosa razón revolucionaria se convierte fácilmente en un pretexto para la represión y la intolerancia. Todo esto lo sintetizó Carlos Fuentes en una frase lapidaria: “Las revoluciones las hacen los hombres de carne y hueso y no los santos y todas acaban por crear una nueva casta privilegiada”.

Allí está la historia -tan citada y manipulada en estos tiempos- que nos indica que ninguna revolución superó la etapa de la dictadura del proletariado, que no lograron cambiar el concepto de producción capitalista y que lo único que se consiguió fue imponer una férrea represión, una total inconformidad, un triste desengaño, protestas y un lamentable éxodo hacia países democráticos.

Este parapeto arcaico, corrupto  y totalitario, que hasta fue llamado “revolución bonita”,  es tan solo una trágica  prolongación de la crisis, que en nuestro país instauró un hábito destructivo al empeñarse el régimen en experimentar insensatamente con políticas que no funcionan… y nunca funcionarán.

No se conformó la ruin Nomenklatura que la dirige  en acabar con el aparato productivo industrial, no les bastó desbaratar todo el sector agropecuario y poner en evidente peligro la seguridad alimentaria de la Nación, sino que desperdició, de manera absurda e irresponsable, buena proporción de sus recursos humanos: sus profesionales y científicos, sus empresarios, sus obreros calificados. El sector laboral colapsó hace tiempo pues se le hizo dependiente de una estructura económica que no favorece ni la eficiencia ni la productividad, términos proscritos en la revolución.

Una Revolución que se empeñó en ahondar la división y en la hostilidad entre los venezolanos, olvidando que la armonía y la convivencia son las categorías fundamentales tanto de la existencia humana como de la política. Ha sido tal la incapacidad de este régimen mediocre, aunado a la inmoral corrupción, que los índices de desigualdad, el retroceso de la educación y la salud pública, la inseguridad, la violencia y la pelea permanente que conlleva esta patética Revolución que ni siquiera pudo mantener la seguridad alimentaria ni controlando e invadiendo propiedades productivas, así como tampoco controlando los puertos, donde se desembarca el 85% de cuánto se consume.

Así ha sido la historia de todos esos sueños revolucionarios del mundo (luego transformados en pesadillas) donde una perversa Nomenklatura se adueñó completamente del Estado.

Y es que no podía ser otro el resultado, pues tomar como modelo de “Socialismo del Siglo XXI” emprender  esa travesía por un “Mar de la Felicidad” hasta llegar a ese espacio antillano que nunca se mereció tal suerte, ha sido un disparate monumental, tan enorme como fue la frustración y el atraso en todos esos países donde se empeñaron en tomar como sistema de gobierno  una revolución marxista que tan solo llegó a la desastrosa involución.

Ahora bien, la involución ha sido definida como un proceso en el que se detiene el proceso de realización o avance de algo. Por lo tanto, se podría considerar que la involución es lo contrario de evolución.

Esta Revolución  involucionó y fracasó, tal como todas cuantas le han precedido, porque generó una vergonzosa involución hacia la dependencia, conduciendo a amplios sectores de la población hacia una postura demandante y de acrítica postración, pretendiendo instaurar la mediocridad y la complicidad, pues no sólo las dádivas van a los más desfavorecidos, sino también a otros estratos sociales, una especie de plusvalía de la desvergüenza.

Manuel Barreto Hernaiz

 

 

 




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