Hace seis décadas pierde la vida un venezolano de origen cubano, Andrés Coba Casa, dirigente del Movimiento 26 de Julio. Uno de los esbirros de la antigua Seguridad Nacional – policía política de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez hasta 1958 – quien había trasegado hacia el gobierno de Rómulo Betancourt, como funcionario del Servicio de Inteligencia Policial (SIP) y como lo refieren las crónicas procastristas de la época desde México, lo habría asesinado. El hecho ocurre en 1960 y bajo ese alegato, transcurridos los dos primeros años de la experiencia civil y democrática en Venezuela, las relaciones con La Habana se deterioran aceleradamente.

Algunos refieren – yo lo comento en mi historia sobre el siglo XX, De la Revolución Restauradora a la Revolución Bolivariana (2009) – el incidente de 1959 entre el presidente electo y Fidel Castro, como el verdadero punto de discordia: Este “le pide petróleo a crédito o trocando productos cubanos. Pero el mandatario venezolano, conocedor de la materia petrolera y de su valor estratégico para el desarrollo nacional, lo frena en seco advirtiéndole que el crudo son divisas en contante y nada más”.

La cuestión ideológica sobre el negocio petrolero no cuenta más salvo para las páginas de “Venezuela, política y petróleo”. Lo revela entonces el mismo Betancourt. “Es posible que en la estrategia e interés de la Unión Soviética convenga que Venezuela deje de suministrar petróleo a Estados Unidos, a Inglaterra, a Alemania, o Francia; es posible que la inmadurez de algunos no alcance a descubrir que el interés de Venezuela y el nacionalismo de los venezolanos tiene que estar en vender petróleo a buen precio hasta las cantidades que sean necesarias”.

A la luz de la experiencia transitada hasta el presente, padecida en propia carne por nosotros los venezolanos y dado el avance cierto de la final colonización cubano comunista de Venezuela, que se inicia hace 30 años, en 1989, cabe suponer que en el asesinato de Coba Casa medió el malévolo interés de La Habana. Se empeñaba en ponerle fin a nuestra naciente experiencia de libertad, tanto como intentar sujetar bajo su control al presidente Betancourt, intimidándole, sembrándole desconfianza hacia las Fuerzas Armadas, dividiendo las voluntades internas.

En el origen de la ruptura de relaciones diplomáticas y consulares con Cuba, que este decide el 5 de noviembre de 1961, estaba su firme voluntad de frenar en seco a la cizaña política que hace tradición en la Cuba comunista Ernesto Guevara, el Che, y que se prorroga hasta nuestra contemporaneidad. “El gobierno de Castro, al ver perdida su influencia sobre la autónoma dirección de los destinos venezolanos enderezó las baterías de su iracundia contra el gobierno y los representantes del gobierno de Caracas”, comenta El Tiempo de Bogotá dos días después.

Desde La República, diario venezolano cuyos directivos adecos conocen bien a los tramoyeros criminales que suceden a la dictadura cubana de Fulgencio Batista y vienen de regreso – aquellos – de las fuentes marxistas, se deja al desnudo lo que se hace dogma de fe y predica del castrismo en todos los espacios de la América Latina cuya dominación alcanza a ejercer: “Es de neta contramarca comunista ese leitmotiv de la propaganda cubana consistente en atribuirle al imperialismo todos los contratiempos que sufre el país y de denunciar como aliados del mismo a los gobiernos… que expresan su radical desacuerdo con los métodos del paredón y con la negación total de las libertades públicas que caracterizan a la dictadura castrista”, reza el rotativo al comentar la ruptura.

Betancourt es lapidario. Condena sin ambages al régimen cubano: “La tesis de que los derechos humanos son supranacionales y de que ningún gobierno puede matar, torturar y perseguir con implacable saña a sus opositores no tiene sólo el carácter de posición principista y doctrinaria; es compromiso y obligación concreta de quienes integran la comunidad regional de los Estados de este continente”. Es su respuesta al amoral disparo de la discordia que no esquivan años después ni Salvador Allende ni Hugo Chávez, menos Nicolás Maduro, simple procónsul y recibe del Che, sentenciando la terminación de las relaciones diplomáticas bilaterales: “Nosotros no podemos decir aquí que el presidente Betancourt sea el culpable de la muerte de nuestro compatriota…; es simplemente prisionero de un régimen que se dice democrático… está a merced de que su propia tropa lo asesine… el día en que el presidente Betancourt, elegido por su pueblo, se sienta tan prisionero que no pueda seguir adelante, y decida pedir ayuda a algún pueblo hermano, aquí está Cuba, para mostrarle a Venezuela algunas de sus experiencias en el campo revolucionario”.

No cayó Betancourt en las redes de la provocación y al abandonar el poder, en 1964, previene sobre esa amenaza latente sin ser escuchado: “Fácil resulta explicar y comprender por qué Venezuela ha sido escogida como objetivo primordial por los gobernantes de La Habana para la experimentación de su política de crimen exportado… su primero y más preciado botín era Venezuela, para establecer aquí otra cabecera de puente comunista en el primer país exportador de petróleo del mundo.”

Cuba ahora posee con ánimo de dominio a Venezuela. No queremos percatamos, ni adentro ni afuera. En buena lid, antes que negociar la oposición nuestra libertad con ese invasor y como corresponde, lo hace con sus recaderos sin siquiera exigirles “adecuados plenos poderes”, suscritos, necesariamente, por Miguel Díaz-Canel.

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Jurista, político y escritor venezolano. Abogado de la UCV, (1970) donde cursó una Maestría en Derecho de la Integración Económica. Especialista en Comercio Internacional por la Libera Universitá Internazionale degli Studi Sociali (LUISS) en Roma y doctor en Derecho, mención Summa cum laude en la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, donde es Profesor Titular (Catedrático) por ascenso, enseñando Derecho internacional y Derechos Humanos. Es también Profesor Titular Extraordinario y Doctor Honoris Causa de la Universidad del Salvador de Buenos Aires. Miembro de la Real Academia de Ciencias Artes y Letras de España y de la Academia Internacional de Derecho Comparado de La Haya, ha escrito 26 libros. Ejerció como Embajador, Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Gobernador de Caracas, Ministro de la Presidencia, y en 1998 como Ministro de Relaciones Interiores y Presidente Encargado de la República de Venezuela.
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