Valencia (Foto cortesía: Elliterse Hernández)

Cuando cae la tarde Valencia se sume en el silencio. La tranquilidad de las primeras horas del día pasa a ser un silencio casi absoluto cuando se acerca la noche y se acata la instrucción de no circular por las vías de la ciudad, con la excepción de quienes trabajan en sectores priorizados.

La ciudadanía ha demostrado acatamiento a las normas que buscan resguardar la salud y evitar el contagio de coronavirus. Los tapabocas han pasado a ser acompañantes permanentes de quienes recorren las calles, a pie o en carro.  De tela, de papel, algunos más coloridos, otros hechos con franelas u otros implementos, la mayoría porta esa protección que puede hacer la diferencia entre la salud o un mal rato que podría llegar a ser mortal.

La circulación de vehículos está restringida al mínimo, aunque no por decreto. Así lo advierten funcionarios de los cuerpos de seguridad dispuestos en las calles para impedir el desplazamiento, en especial por la Autopista del Este, por donde transitar es casi imposible desde el pasado martes, cuando se decretó la cuarentena nacional.

Las calles lucen solas. Las más concurridas son las adyacentes a las estaciones de servicio, donde la mayoría de los sectores priorizados, con excepción de los cuerpos de seguridad, y algún optimista conductor sin salvoconducto, hacen cuantiosos esfuerzos por lograr un poco de gasolina para su movilización. La tarea no es fácil, las horas se acumulan a la espera de un combustible cada día más escaso.

Tan escaso como el agua, indispensable para protegerse contra el coronavirus, cuya ausencia en estos tiempos de pandemia incrementa no solo los temores, también los riesgos. Y son las áreas cercanas a los expendios del líquido donde también se aprecia un poco más de gente.

De resto, son las ventas de alimentos las que reúnen a más cantidad de personas. Es esta búsqueda diaria la que aleja a los ciudadanos de la protección de sus hogares. Es inevitable. En un país tan maltratado por la hiperinflación, con unos sueldos tan ridículamente bajos, es imposible poder abastecerse para largos períodos. Son muchos los que deben salir cada día a intentar rendir los pocos bolívares que aún conservan y que, por lo general, no duran mucho.

Así se acumulan los días en estos tiempos de pandemia y de medidas, la mayoría coercitivas, que mantienen las calles valencianas en una abrumadora soledad.

 

 

 

 




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