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Ni el 24 ni el 31 ya los jóvenes de más de 5 mil hogares de Venezuela no estarán para el abrazo de la navidad  ni  para recibir el año 2018. Desde hace rato huyeron del hambre, el atraso, la delincuencia, la enfermedad y todos esos sinsabores que produce ver a la tierra que les vio nacer  hundirse económica y políticamente, así como a la madre que los parió o al  padre que los engendró quedar en el hueso para que sus hijos puedan comer, aunque sea una vez al día y no  morir desnutridos o por hambre, como les ha ocurrido a miles de venezolanos que la revolución bolivariana les ha negado alimentarse por haber acabado con la producción nacional e imponer la importación de productos alimenticios, cuyos precios son inaccesibles para la gran mayoría de los pobladores de este país, hoy huérfano de bienestar y repleto de esa tristeza amarga producida por la ausencia de quienes por años compartieron con la familia la nochebuena y el tronar de cohetes para despedir el expirar del año y dar la bienvenida al  nuevo que comienza cada primero de  enero.

La diáspora sufrida en cada familia venezolana deja sin aliento a los corazones que hoy sufren la falta de quienes ya no están en el hogar y cuyo regreso no sólo es incierto, sino lejano, porque el turismo no es lo que caracteriza esos viajes que hasta hace poco podían hacerse por aire, pero que hoy son imposibles realizarlos en avión, por sus altos costos y porque muchas aerolíneas han retirado sus vuelos desde Venezuela y hasta Venezuela por la grave crisis existente en el país.

Por tierra es también una calamidad. En autobús es difícil salir hacia otras latitudes, por las penurias vividas en el largo  trayecto a su destino y porque al llegar a los puntos de migración en la frontera del país, muchos funcionarios militares y de migración matraquean a quienes en estampida huyen de esta nación.  Los despojan de dólares, oro y otras pertenencias y los dejan sin aliento económico, como para que no escapen de la pobreza segura que en Venezuela tendrán si desisten de emigrar.  Se secan las lágrimas de la impotencia.  Torean esa miserable prueba y continúan el arduo peregrinar. Aunque los dejaron sin dinero para poder saciar el hambre, la sed y poder mantenerse en el país elegido para vivir, mientras consigan un oficio que hacer. Ese matraqueo es un abuso de poder del hombre de verde. Es  muestra del deterioro institucional y de la pérdida de valores de sus integrantes. Es la Venezuela emergida desde las raíces de la revolución y la que al parecer se establecerá si triunfa y consolida la revolución madurista, gestada y propulsada por el comandante Hugo Chávez Frías, el gran fecundador de este desastre llamado Socialismo del Siglo XXI.

Es la descomposición moral presente en la Venezuela actual. Su principal virtud es que amenaza con la hecatombe de esta sociedad,  hastiada de tanta manipulación política y de un supuesto diálogo entre representantes de la oposición y del gobierno que nunca llega a nada o simplemente es usado por los altos funcionarios de la gestión de Nicolás Maduro para garantizar su permanencia en el poder.

De allí la jugada de Jorge Rodríguez,  cuando advierte que no habrá elecciones presidenciales en 2018, sino se retiran las sanciones internacionales a los distintos funcionarios del  gobierno madurista impuestas por Estados Unidos y Europa. Esa estrategia demuestra claramente cuál es el verdadero interés de la gente del gobierno de sentar nuevamente a la oposición en una mesa de diálogo. Ese es su fin. No la apertura del canal humanitario ni la libertad de los presos políticos  ni de  las otras peticiones de hechas por quienes representan al sector opositor. Como  ministro de Comunicación e Información, el alcalde del municipio Libertador usa las técnicas persuasivas manejadas como profesional de siquiatría y desde ya da a conocer, de forma soterrada, las reales intenciones del oficialismo en ese conclave. Mientras el entendimiento no llega en el encuentro sostenido en República Dominicana entre los opositores y oficialistas, la navidad se mantiene presa en cada casa por la tristeza que deja la estampida de los familiares hacia suelos lejanos y por la imposibilidad de vivir dignamente en el lugar donde nacieron y echaron raíces.

Hijos, sobrinos y nietos huyen cuan manadas buscando el porvenir negado en su país natal.   Librarse de las garras del autoritarismo y de las atrocidades de la dictadura, así como del hambre, la muerte prematura por enfermedades coloniales que regresaron a los cuerpos del venezolano o de las nuevas patologías imposibles de tratar, como las milenarias, conforman algunas de las   principales  causas de esa  migración  que no cesa porque aquí no  para la subida de precios de los productos de primera necesidad ni el aumento de personas que pierden peso por la falta de pan.

Luego del supuesto triunfo del oficialismo en 18 gobernaciones, la huida se ha incrementado. Huyen de un gobierno con toques dictatoriales y totalitarios. De una dictadura del Siglo XXI que, al parecer, pernotará otros años más en el poder, gracias al desarrollo de medidas efectistas y electorales, además del ejecútese de proyectos populistas y demagógicos usados para hacer creer al más pobre que ellos son lo importante en su gestión y que en su gobierno manda el pueblo.

Les manipulan para convencerlos de quienes hoy gobiernan en el Poder Ejecutivo  trabajan en pro de su bienestar, convirtiéndolos  en objetos de su propia desgracia al servir como sujetos propagandísticos de un sistema político que quiebra hasta la dignidad humana y acaba con la diversidad de criterios y pensamientos. Quienes se han ido quieren sentirse libres de la opresión que reparten quienes no oyen las reales demandas de la población y de quienes disparan el arsenal bélico del Estado en contra de todo aquel que difiere de sus políticas públicas comunistas. La navidad llora sus hijos y este diciembre se cobija con el silencio de la soledad persistente en cada hogar.

Es diciembre, pero no se siente la navidad. El olor a las hallacas aún no se olfatea. El precio de  las aceitunas y las alcaparras sobrepasa el salario mínimo y la harina de maíz, además de su alto precio  no se consigue en los anaqueles de supermercados. Y las pasitas, son  prácticamente un lujo por lo inaccesible de comprar. No sólo la presencia de los muchachos faltara en esta navidad. El plato tradicional tampoco en muchos hogares no estará. Son ausencias que dan ganas de llorar y demuestran  la crítica situación vivida en este nación, donde en otrora la mayoría tenía hasta para regalar. El rojo, verde y dorado de la navidad se transformó en lúgubre y no se sabe cuándo esos colores volverán a la normalidad. Los muchachos ya no están. El plato navideño ni en sueños puede tenerse. Diciembre se llena de llanto por la soledad. No sólo de los hijos, nietos, bisnietos, hermanos, sino también porque en la cena nadie acompañara, pues los platos vacíos están.

 

 

 

 




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