La expectativa creada por la posibilidad de elecciones universitarias el pasado mes de Noviembre, suspendidas por el TSJ a raíz de una solicitud hecha por dos dirigentes gremiales oficialistas, dejó caer sobre el tapete lo que parecía una discusión congelada e ingrávida de la vida universitaria.

La pasión política habría de poner el resto para que se produjese una necesaria confrontación sobre el destino del país y la Universidad misma. Preguntas, respuestas, que la comunidad universitaria y la sociedad venezolana elevan a la máxima institución de las ideas políticas, científico-técnicas, de la cultura, del estudio y conocimiento de la sociedad venezolana.

Los candidatos fueron interpelados no solo sobre la destrucción y desastre universitarios sino también sobre el desmantelamiento perpetrado por el régimen contra la nación venezolana.

Así se fueron precisando y aclarando, papeles y responsabilidades que tenemos ante la Universidad y el País.

Se evidenció la existencia de un poder interior, ávido de perpetuarse en el gobierno universitario, hundido en una relación cómplice y escandalosa con el gobierno regional y nacional; relación tejida por la connivencia, el silencio y el colaboracionismo, aderezada por el discurso ambiguo de eminentes personajes que en la calle lucen radicales y profusos, y en la universidad callan y se congracian con el poder interno, que intimida e intenta aplazar los legítimos derechos constitucionales e históricos de la comunidad universitaria. Esos mismos personajes que consideran tonto e innecesario la pertinencia de destacar, y fortalecer, el papel y liderazgo de la Universidad en este momento trágico de Venezuela; la misma que ha escrito páginas oportunas y heroicas de nuestra historia. Necios que lo deben todo a la universidad y hoy hay que explicarles que sí es pertinente, y necesario, un debate que clarifique, y precise, el papel de la Universidad y los universitarios, en la conducción de la lucha y la hilvanación de soluciones para nuestra gran tragedia, que ha obligado a grandes contingentes de venezolanos a buscar alivio para sus males en otras realidades, en muchos casos xenófobas y malagradecidas.

Felizmente una parte importante de la universidad, expresada en un liderazgo sensible y preocupado, ha terciado hacia la pertinencia y la necesidad de asumir el debate y el estudio, para un RENACER, inspirado en las fuentes de la Autonomía Universitaria y la Libertad de Cátedra, que abone y favorezca el cambio político de Venezuela, donde esté presente el liderazgo universitario, como ha ocurrido históricamente.

 




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