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Sostenía Ortega y Gasset que sociedad, como de muchos es sabido, viene de “socius”, que significa, por supuesto, socio. Pero agregaba algo que pocas personas parecen saber: “socius”, a su vez, proviene de “sequor”, que significa “secuaz” en el sentido de “el que sigue”, por lo cual, concluía, no hay sociedad sin conductores y seguidores.

Al no haber quien lleve hacia adelante, tampoco hay quien realmente siga, pues no hay quien conduzca y, no habiendo quien conduzca, mucho menos puede haber alguien quien se haga responsable por las decisiones que, de una manera u otra, es necesario tomar…y pareciera que en estos críticos momentos, en el seno de la oposición no se vislumbran conductores.

Ahora bien, además de las adversidades que cotidianamente se nos presentan, aderezadas con esa lucha desordenada, envuelta en ese caos de hechos e ideas, ante lo provisional, que parece transformarse en definitivo, y lo definitivo, que no deja jamás de ser provisional, asistimos con cansancio, más que perplejidad, al sempiterno espectáculo de la confrontación política entre pares.

La sociedad civil no se siente ni quiere ser representada por los partidos tradicionales existentes; y no es una apreciación sacada del cotarro político cotidiano, sino que así lo refleja los resultados de serios estudios de opinión.

La desconfianza, la trayectoria y el descrédito de las organizaciones políticas provocan brechas y resistencias a actitudes de cooperación -no de cooptación- que contribuyan a fortalecer ese bloque que se requiere para sacar este irresponsable gobierno.

Cuando la sociedad percibe a los políticos como actores de un teatro -mucho flyer, mucha pose pero pocas propuestas- ajeno a sus intereses e inquietudes, pierde la confianza en ellos, refugiándose, lamentablemente, en el escepticismo y la apatía social. Su alejamiento de la participación política -incluyendo la electoral- es aprovechado con facilidad por esos portadores de propuestas demagógicas, que explotarán el sentimiento de inseguridad generado por el propio sistema.

Y a todas luces se hace impostergable recuperar la noción de partido como movimiento de organización de lucha para el rescate del país y no como simple administrador de “posibles escuálidos” cargos públicos (alimentado con aquello de “los espacios que se pueden perder”) o como simple maquinaria electoral. Resulta vital la noción de partido generador de sentido común, de proyecto nacional, de articulador de espacios de intermediación con el Estado, sin las sospechosas componendas tras bastidores, con diálogos sin más allá. Se presenta como apremiante que cambien su concepción de partido y la relación con las organizaciones de la sociedad.

Sin embargo, no son los políticos los únicos responsables de cuánto pasa en el ámbito político. Hannah Arent (¿Qué es la Política?) anotaba que ser libres comporta asumir en cada uno de nosotros la posibilidad de cambio, y que la mejora de la actividad pública tan sólo depende de nosotros, de lo que estamos dispuestos a construir.

Abandonar el espacio público por escepticismo, desaliento, apatía, resulta muy peligroso y supondría la entrega definitiva de una herramienta que -aunque ya maltrecha- es fundamental para la mejora de nuestra calidad. La búsqueda de una mejor representatividad, de mecanismos de control ciudadano más eficientes y de una mayor participación ciudadana resulta un pilar para la gobernabilidad de nuestro sistema político.

Por ende, contrario a cuantos enarbolan la bandera de la antipolítica, se requieren partidos y movimientos políticos fuertes, asambleas y cuerpos colegiados eficientes y una sociedad civil que exija, demande y actúe para lograr estos objetivos.

Contra el despotismo, la corrupción y el cinismo no valen sofismas ni pretextos. Cada vez se nos hará más difícil resistir a la mentira y la coacción. Mientras más demore la sociedad civil en regresar al entusiasmo por los partidos o al reconocimiento de su imperiosa necesidad, más tiempo tardará la reconstrucción de un sano tejido político.




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