Foto: Ángel Chacón
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Cercado por tiendas al aire libre se encuentra el Mercado Periférico de Valencia, donde se observan frutas y verduras de aspecto apetitoso y otras no tanto. Cada vendedor busca las mejores ganancias, los clientes rondan los negocios para ver quien les ofrece el precio ideal. Muchos caen en las garras de quienes trampean los pesos

Se ve a las personas con bolsas en las manos, muchos de ellos creen que pagaron el precio correcto por un kilo de tomates o setecientos gramos de caraotas, pero cuando llegan a sus casas y sacan sus rudimentarios pesos se encuentran con cantidades diferentes, por lo general inferiores a las que les vendieron. En esas compras fueron estafados, quizás no por grandes cantidades de dinero, pero es una acción recurrente de algunos vendedores que quieren llenarse los bolsillos.

El Periférico es un laberinto de pasillos con estructuras precarias. El techo de zinc está cubierto de telarañas y las paredes parecen manchadas por los jugos de las frutas que alguna vez llegaron hasta ese mismo sitio hace unos cinco años. Es una jungla de productos y personas que con bolsas y carruchas en las manos se pasean por angostos pasillos perfumados con ajo, cebolla, hierba buena y flores. Algunos locales lucen mejor que otros. En uno una señora mayor organiza su mercancía, está rodeada de calabazas del tamaño de una cabeza y por cebollas diminutas. Tiene 40 años en el mercado y conoce cuales son las mañas de los vendedores para sacar unas ganancias extra.

Foto: Ángel Chacón

“Aquí trabajamos legal, pero si se como trampean estas máquinas” comentó María Garzón que señaló su peso de color azul, marca CAZ. Es uno de tipo colgante y de los más tradicionales en mercados callejeros y municipales. Su compañera de puesto tiene uno de cocina, el cual se coloca sobre una superficie solida. El de ambas tienen etiquetas pegadas del Seniat. Afirmó que en el periférico no se hacen trampas porque hay una fiscalización intensiva y recurrente. Sin embargo una de las maquinas tiene una calcomanía del 2014 y otra del 2009 con el sello del antiguo Ministerio del Poder Popular para el Comercio, luego no hay más registros.

Foto: Ángel Chacón

La comerciante acusó de tramposos y estafadores a todos los que laboran en la calle porque ahí nadie controla lo que se hace y lo que se deja de hacer.

La Regencia

El mercado está compuesto de tres pisos, en el primero se venden verduras, en el segundo hay una mezcla de artículos de limpieza, floristerías y minibodegas, y en el más alto está la carnicería junto a un pasillo que lleva a la oficina de la regencia. Ahí hay una puerta verde de la que sale un hombre con una camisa de la Alcaldía de Valencia. Es la máxima autoridad del recinto, José Cierra.

La labor de este ciudadano es supervisar la higiene, la seguridad y que los pesos de los locales estén en orden para evitar que los consumidores paguen de más. Dentro de la oficina hay una balanza propiedad de la alcaldía, la cual esta calibrada y sin fallas y es utilizada por el equipo de fiscalización para asegurarse que ningún comercio haga trampas y gane más dinero del que se debe. “Con este aparato hacemos una comparación, pero desde hace mucho no se ve un caso de ese tipo”. El funcionario señala a los vendedores de calle como los principales infractores de la ley.

Foto: Ángel Chacón

Los operativos en el mercado se hacen cada dos meses, pero han sido pospuestos por las protestas que iniciaron en el mes de abril. Soto detalló que una vez se descubre un caso irregular se procede a levantar una amonestación y luego de superar las tres se toman acciones legales que derivan en cierres del local y multas.

La trampa

En las calles los vendedores pareciesen competir por quien grita más fuerte para atraer clientes. Los tarantines son improvisados e impiden el libre transito por las aceras. Es una fauna de productos que algunas veces yacen sobre mantas o tablas sostenidas por tubos o gaveras, cada quien resuelve.

“Mi máquina está legal” dicen los comerciantes que no van a delatar sus posibles actos ilegales. En las esquina un señor mayor atiende el negocio de su hermano. En cajas de cartón hay pimentones, papas y cambur y de un tubo está suspendido el peso. La plataforma es un aro de metal con una maya de cordel. La aguja color rojo marca el 0 y es de las máquinas que llaman doble cara, puesto que muestran el peso de un lado y de otro, en uno de los lados se observa que el aparato apunta 100 gramos menos.

El encargado sabe como sabotear la maquina de marca Precizzo “Tienes que desajustar la tuerca que sostiene la plataforma y eso hará que suba el peso, mientras más lo desajustes más pesará, pero si te excedes la rejilla se cae”. Afirmó que en este tipo de negocios hay que estar muy pendiente porque en muchas ocasiones está a la vista que el artefacto tiene una trampa, pero ellos pesan la mercancía y con rapidez la quitan para que los clientes no se percaten de nada.

Foto: Ángel Chacón

A unos puestos de distancia están tres jóvenes que venden granos y prefirieron no identificarse. Sobre su mesa reposa un peso electrónico marca American Boss. Ellos aseguraron que trabajan legal y que en la zona la mayoría lo hace, porque el matraqueo de los policías es de temer “Ellos vienen cada cierto tiempo y comparan pesos. Ponen una harina pan y si da más de un kilo te piden que les des su mercancía y si no te denuncian”. Uno de los tres jóvenes que vacía unas caraotas rojas en una bolsa plástica apunta a un quesero que está al otro lado de la calle “Ese de allá es uno de los que más roba”.

El muchacho no mentía. En el puesto con un toldo y unos carteles impresos a color informan los precios, mientras se pueden observar los quesos que derraman su jugo blanquecino en el asfalto. Un joven de franela amarilla atiende a un señor mayor que compra un poco más de dos kilos. El joven luce nervioso ante las preguntas, inclusive se quita sus audífonos y con un cuchillo en mano lo agita para que lo dejen trabajar. El cliente defiende al dueño del tarantín “El nunca me ha robado”. Cuando el queso es pesado en otro lugar la cantidad de kilos se desploma y aparece en la máquina la cantidad de un kilo ochocientos gramos. El hombre se devolvió enojado y sorprendido ante el hecho.

Los pesos digitales, dicen los vendedores, son un tanto difíciles de alterar porque hay que conocer los mecanismos electrónicos, pero Yunaski Chacón, quien también se considera limpia de toda manipulación, describe cual es la táctica usual para estafar. Coloca unas remolachas en la bandeja de metal y la pantallita muestra que el vegetal pesa 1,24 kilógramos, pero Yunaski presiona un botón en amarillo que dice “Kg/Lb” y el peso pasa a ser de 3,25 libras, pero los compradores no lo saben y es así como caen “La gente les cobra los 3,25 como si fueran en kilos y ahí se meten el doble del dinero.

Foto: Ángel Chacón

Plaza de Toros

En Plaza de Toros los vendedores no tienen miedo. Es fácil percatarse que ahí se es blanco de estafa. Los clientes están más atentos, pero aún así los jóvenes saben como darle la vuelta a la situación para continuar el engaño. Una invasión de negocios ocupa lo que alguna vez fueron los estacionamientos de la Monumental. Hay pescaderos, fruteros y bachaqueros.

El ambiente es precario y los pesos colgantes son la herramienta favorita. Están rotos, sucios y sin un vidrio que evite que la aguja sea manipulada de forma manual. Todos son de dos caras, pero en una de ellas no esta la manecilla roja, si no una tuerca en donde antes estuvo el indicador.

Los  vendedores tienen sus pesos preparados y muy visibles. El indicador se posiciona sobre los 300 gramos sin peso alguno, pero cuando se les pregunta cual es su estrategia responden entre risas: “Es información confidencial”. Afirmaron que su equipo está en mal estado y sin la aguja porque se les cayó de un bus y lo pisaron varios carros, pero sus risas constantes hacen pensar distinto. Pareciera que a todos les paso un evento desafortunado con sus instrumentos de trabajo.

Esta mafia no es nueva. La mayoría de los ciudadanos ha sido victima de este tipo de hurto, muchos prefieren comprar en supermercados porque a pesar de los elevados precios saben que no los engañan. Es un hecho que falta fiscalización de las maquinarias, sumado a que la mayoría de estos negocios se encuentra en las aceras y en zonas no permitidas para vender. En donde las moscas revolotean y se posan sobre la comida, mientras los comerciantes agitan varitas con bolsas que fallidamente logran su cometido. Al final el más afectado es el consumidor.




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