Para nadie es un secreto que las enfermedades cardiovasculares siguen siendo una de las primeras causas de fallecimiento mundial. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y su última data publicada en el año 2015, alrededor de 17,7 millones de personas murieron por causas asociadas a problemas cardiovasculares como cardiopatías coronarias, insuficiencias cardíacas, infartos de miocardio, accidentes cardiovasculares, ateroesclerosis, entre otras afecciones.

Incluso, entendiendo el contexto actual de la pandemia en el mundo, los especialistas cardiovasculares siguen haciendo llamados de atención a médicos y a la población en general, sobre no perder de vista los riesgos cardiovasculares porque solo en el 2019 -por cardiopatía isquémica- la misma OMS reportó 8,9 millones de muertes mientras que la enfermedad por coronavirus (COVID-19) provocó 2.8 millones en un año.

“El riesgo cardiovascular es la probabilidad de que una persona pueda tener un evento cardiovascular en un plazo determinado de tiempo. Los factores de riesgo cardiovascular son los que se asocian a una mayor probabilidad de sufrir una enfermedad cardiovascular como consecuencia de niveles elevados de grasas en la sangre (dislipidemias), diabetes (valores de azúcar elevado), hipertensión (altos valores de presión arterial), tabaquismo, herencia genética, estrés, obesidad, la edad, entre otros”, comenta la Dra. María Esperanza Velázquez, endocrinólogo pediatra, asesora médica de Laboratorios Vincenti.

Control adecuado de las dislipidemias

La dislipidemias o hiperlipidemia es cuando una persona tiene valores elevados de colesterol o triglicéridos  en la sangre. Cuando las células son incapaces de absorber todo el colesterol que circula por la sangre, el sobrante se va depositando en la pared de la arteria y contribuye a su progresivo estrechamiento originando lo que se conoce como Aterosclerosis, y aumentando el riesgo de padecer  infartos de miocardio, accidentes cerebro-vasculares (ACV) u otras complicaciones del sistema cardiovascular. Muchos factores de riesgo son modificables introduciendo cambios en el estilo de vida, que incluyan una dieta saludable, actividad física regular, pérdida de peso y evitando el tabaquismo.

Sin embargo, en algunos casos, los profesionales de la salud deben recurrir a fármacos para ayudar a reducir estos niveles y así, minimizar las complicaciones.

Comenta la Dra. Velázquez: “Los lípidos sanguíneos tiene diferentes orígenes: entre un 70% provienen del hígado y el 30% restante tiene su origen en los alimentos ingeridos que llegan al torrente sanguíneo y luego son absorbidos en el tracto gastrointestinal”. Así como la hipertensión arterial es conocida como el “enemigo silencioso”, la dislipidemia usualmente es asintomática y, la mayoría de los pacientes son identificados luego de un laboratorio de rutina o un posterior control luego de haber presentado ya un evento cardiovascular.

“Para el logro de las metas de reducción de nivel de lípidos, además de los cambios en el estilo de vida que deben hacer los pacientes, nosotros hacemos uso de las herramientas terapéuticas disponibles para tal fin. Las estatinas, son un grupo de medicamentos utilizados para disminuir el colesterol y los triglicéridos en sus distintas formas impiden su biosíntesis a través de la inhibición enzimática y, por otro lado, la ezetimiba es una molécula que impide la absorción del colesterol a nivel del tubo digestivo, y esto es beneficioso para muchos de nuestros pacientes al poder usarlas de manera combinada”, explica la Dra. María Esperanza Velázquez.

El llamado es llevar un estilo de vida saludable constituido por una alimentación saludable, actividad física regular, evitar el tabaquismo, realizar chequeos médicos de rutina y  sobre todo, adaptar esta realidad a la situación de pandemia por la COVID-19, que mantiene a la mayoría en cuarentena razón por la cual, es todavía más necesario evitar el sedentarismo para promover el disfrute de la salud, a través del autocuidado y prevención.

Nota de prensa




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