El lenguaje humano tiene mucho de poder y algo de mágico. Aunque parezca trivial, esa magia es uno de los más complejos fenómenos del universo. ¿De dónde viene ese superpoder, que no posee otro animal del planeta? ¿De dónde nos vienen las palabras? Sabemos que las palabras permiten que los conceptos, las ideas, todos activos en nuestro cerebro, puedan ser expresados y transmitidos a otros cerebros (personas), y así damos a conocer nuestros pensamientos, y conocemos otros, en ese poderoso intercambio informativo que conocemos como lenguaje humano.

Los elementos estructurales y funcionales que facultan el aprendizaje de cualquier lenguaje, están ya presentes y listos en el cerebro humano, cuando nacemos. Esta información es trascendente, porque ubicó a la lingüística en el ámbito distinguido, propio de las ciencias físicas, naturales y psicosociales. Sería suficiente pensar, entonces, que basta con que desde la primera infancia se ponga al niño en contacto sostenido con cualquier lengua humana hablada, para que la adquiera, gradualmente, con facilidad y naturalidad. Seria pensar, también, que para saber hablar bien una lengua, es necesario escucharla bien y emplearla bien. La “facultad del lenguaje” aparece como un gran facilitador de otras potencialidades propiamente humanas: ¡Nos permitió desarrollar el pensamiento abstracto, la capacidad de prever, de analizar y sintetizar, de planificar, convertir al mundo en imágenes y símbolos, de transformarlo en nuestro provecho!

Y para que todas estas ideas sobre el lenguaje queden aún más claras, digamos como el filósofo inglés Karl Popper (1902-1994), que: “Quien sea incapaz de hablar claro, debe callar hasta poder hacerlo”. Este pensamiento nos ilustra sobre el poder mágico que tienen nuestros momentos de calma y silencio, cuando, al callar, nos permitimos un espacio de trabajo creativo, un instante para organizar las ideas sobre las cuales vamos a hablar…




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