Exif_JPEG_PICTURE
COMPARTE

Vanessa Bárbara / The New York Times 

El punto donde se encuentran las aguas oscuras del río Negro con las de color café del río Solimões es impresionante. No es de extrañar que sea una de las principales atracciones turísticas de la ciudad de Manaos, capital del estado Amazonas.

A lo largo de varios kilómetros, los ríos fluyen uno al lado del otro sin mezclarse debido a la diferencia en la composición de sus aguas, velocidad de flujo y densidad (puedes sentir la variación de temperatura si sumerges la mano cuando la lancha cruza la línea entre los dos). Cuando los ríos Negro y Solimões finalmente se unen, forman el Amazonas, el río más grande en cuanto a caudal y uno de los más largos de todo el mundo.

Hace poco fui en un paseo en lancha a la Reserva Ecológica Janauari, cerca de donde se encuentran los dos ríos, y el lanchero me preguntó si también me gustaría visitar a una familia que tiene un caimán, un oso perezoso y una víbora. “Puede tomarse selfiEs con los animales, y luego darles una gratificación”, me dijo. Me negué a gritos.

Retomamos nuestra navegación en la pequeña lancha a motor a través de los igarapés (arroyos del bosque) frescos que llevan a los igapós (bosques pantanosos o inundados). Parecía como si una presa se hubiera roto en algún lugar y todo estuviera a punto de sumergirse. El nivel del río estaba a la mitad de árboles tan altos como edificios. El lanchero dejó de hablar tanto, como si estuviera ofendido por mi rechazo a su oferta. Yo disfrutaba el panorama; no había necesidad de abrazar a animales ilegalmente domesticados.

Brasil tiene mucho que aprender en cuanto al ecoturismo. Mientras que en algunos lugares, como la isla noroeste de Fernando de Noronha, las normas concernientes a la conservación de la vida silvestre son estrictas, en otros se pone menos atención a la conservación a largo plazo, así como al impacto ecológico y social del turismo, que a menudo resulta en la mera y simple explotación tanto de animales como de los lugareños y de su cultura.

Una de las actividades turísticas más redituables en el Amazonas es nadar junto a delfines rosados, o alimentarlos desde una plataforma flotante privada, a menudo situada dentro de un parque nacional. Por lo general los turistas montan, sujetan y hostigan a los delfines. Algunos incluso los sacan del agua para tomarles fotografías (a veces alentados por un guía turístico). Hay relatos de personas que fueron mordidas accidentalmente y, en una ocasión, un hombre se desquitó golpeando al delfín.

Hace unos años, una comisión compuesta por agencias federales e institutos de investigación emitieron lineamientos para la actividad, incluyendo la cantidad de comida que se les ofrecía y el requisito de que solo los guías de turistas podían alimentar a los delfines. Pero poca gente los obedece. Según el propietario de una plataforma, los turistas solo deben evitar tocar el espiráculo de los delfines, es decir, el orificio por donde respiran (¡háganme el favor!).

No hay ninguna legislación federal que prohíba alimentar o tocar a los delfines. En consecuencia, su comportamiento ha cambiado: ahora muchos sobreviven gracias al pescado congelado que les dan los grupos de turistas. También están condicionados a quedarse cerca de las plataformas flotantes y de los humanos. Según los investigadores, ahora es común que los delfines sean agresivos.

Otra actividad popular en el Amazonas brasileño es la observación de caimanes. En la noche, grupos de personas patrullan las riberas, buscando a esos grandes lagartos nocturnos parecidos a los cocodrilos. No sería tan invasivo si no hubiera tantos guías interesados en lanzarse al agua para tomar a los caimanes y sujetarlos para que les saquen fotos.

Los operadores de paseos por el Amazonas también ofrecen la pesca recreacional de pirañas, los peces omnívoros con dientes filosos y una reputación feroz, así como la pesca fingida de pirarucu, un antiguo pez gigante que está en peligro de extinción. Esto último se realiza en tanques de agua. De alguna manera es mejor porque a los pirarucus no los dañan los ganchos, sino que solo los molestan los turistas que tratan de sacarlos por un momento del agua.

Alter do Chao se ha vuelto famoso entre los turistas brasileños y extranjeros en los últimos años, ganándose el apodo de “el Caribe del Amazonas”, lo cual ha llevado a que algunas personas se preocupen por un desarrollo excesivo y su impacto ambiental en ese frágil ecosistema Credit Bryan Denton para The New York Times

Todas estas actividades se aprovechan de la falta de leyes claras que administren el ecoturismo y el uso de recursos naturales. Los operadores de los paseos promueven paquetes mientras usan frases ambientalistas cuestionables. Uno anuncia “pesca ecológica”; otro promete contar con la autorización de la agencia federal del medioambiente para llevar a los turistas a nadar con delfines. Eso le basta a la mayoría de la gente que visita el Amazonas, aunque no sea cierto. Los lugareños que tienen animales salvajes como mascotas para divertir a los turistas a menudo afirman que dejan a los animales libres durante la noche y los vuelven a capturar por la mañana.

No solo se abusa de los animales. Otra actividad popular en Manaos es la visita a una comunidad indígena formada por cinco distintos grupos étnicos (dessana, tukana, tuyuca, wanana y tatuia), a quienes algunos operadores de paseos describen engañosamente como una “tribu”. Desde comienzos del siglo pasado, los indígenas –que quizá son la población brasileña más marginada y empobrecida– emigraron (o fueron expulsados) de sus tierras nativas (y me refiero solo a los pocos que quedaron después de los genocidios sucedidos con la llegada de los portugueses). Tocan música tradicional y escenifican danzas para los huéspedes de costosos alojamientos en la selva.

A menudo sus patrones obligan a los indígenas a satisfacer los estereotipos de los turistas, entonces encarnan al noble y romántico salvaje mientras practican rituales que son atemorizantes. Eso no es lo peor. Los indígenas no sabían que algunos de sus jefes tienen sus propias prácticas “tradicionales”: durante cinco años, 34 tarianos trabajaron para un alojamiento en la selva a cambio de sobras de comida y un pago colectivo de 30 dólares por presentación.

A otros ni siquiera les pagan y dependen de la venta de artesanías y joyería a los visitantes. No hay un acuerdo estándar sobre una repartición justa de ganancias para los grupos indígenas ni ninguna regulación federal. Parece que nada cambiará hasta que los mismos indígenas cuenten con los medios para controlar todos los aspectos de la experiencia que ofrecen a los turistas y para quedarse con las ganancias.

Por otro lado, muchos alojamientos en la jungla y operadores de paseos están tomando mayor conciencia de estos problemas. Los turistas con conciencia ambientalista también presionan para que haya cambios. El Alojamiento Uakari en la Reserva Mamirauá, por ejemplo, es regentado por miembros de la comunidad local.

En otro alojamiento llamado Anavilhanas, más alineado con una conciencia ambientalista, disfruté el paseo que me dejó más boquiabierta en todo mi viaje: una simple expedición en kayak a través de igarapés e igapós, deteniéndonos por aquí y por allá para observar a los pájaros, monos y arañas a la distancia. En el Amazonas, no hay necesidad de hacer más que eso.




Estimado lector: El Diario El Carabobeño es defensor de los valores democráticos y de la comunicación libre y plural, por lo que los invitamos a emitir sus comentarios con respeto. No está permitida la publicación de mensajes violentos, ofensivos, difamatorios o que infrinjan lo estipulado en el artículo 27 de la Ley de Responsabilidad en Radio, TV y Medios Electrónicos. Nos reservamos el derecho a eliminar los mensajes que incumplan esta normativa y serán suprimidos del portal los contenidos que violen la Constitución y las leyes.