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Fabio Solano

“El general ya tiene el coroto en sus manos”. Esa era la frase que corría por las calles de Valencia. José Luis estaba cerca de la plaza y veía como la gente caminaba rápido, para luego detenerse, hablar algo, y luego volver a moverse. Parecían hormigas tocándose las antenitas. No necesitaba oír lo que los pequeños y agitados grupos hablaban. Como comerciante de víveres con serios problemas, como todos sus colegas de la ciudad, al igual que la mayoría de los venezolanos, estaba deseando que pasara “algo”. Ya se sabía que el general había entrado a Caracas, justo quince días después desde que lanzara en Valencia su proclama de rebelión. Y de primera tuvo el apoyo de casi todos los ciudadanos. El se sentía incluido en ese respaldo, aunque tenía reservas en cuanto a la capacidad del militar para asumir. Es que la situación de Venezuela no daba para más.

Caminando sin mucho esfuerzo llegó a la plaza y vio que el movimiento de los vecinos era más intenso. Sabían lo del general. Veía caras de todo tipo: Preocupadas, contentas, sonrientes, serias, y muchas de expectativas. Cada quien pensaba en cómo se reflejaría la nueva situación en su entorno más cercano. El sabía un poco más de lo que pasaba. Dos años antes comenzó la debacle. El Presidente perdió la visión de país. Es verdad que el flujo de dinero proveniente de las exportaciones había caído, pero eso no era excusa para la terrible escasez de alimentos y víveres, sobre todo en la provincia. Era evidente que ante el problema de la caída de los precios del café y cacao, Monagas no supo manejar el presupuesto. Ahora el comercio estaba caído, el trabajo para la gente era muy poco, y hasta los funcionarios públicos de provincia estaban en la mala: Les debían ocho meses de sueldo. Increíble como todo se venía abajo. El Presidente colocaba en las posiciones claves del gobierno a sus familiares. Puso de vicepresidente a su cuñado Oriach Matute. Ordenó la censura de prensa para que no lo criticaran. Y perseguía a muerte a los opositores a su gobierno. La gota que rebasó el vaso y levantó los ánimos contra Monagas fue la alteración de la Constitución, para alargar su periodo a seis años y el establecimiento de la reelección presidencial. Ahí fue cuando se unieron todos contra el Presidente. Los liberales, los conservadores, y hasta los de su propio entorno monaguista.

El veterano comerciante saludó aquí y allá, pero no se detuvo. Atravesó la plaza y entró a la iglesia. Buscó un rincón oscuro en una nave lateral y luego de rezar un Padre Nuestro y tres Ave María, decidió quedarse allí, sumido en sus pensamientos. “El general Julián Castro no era el hombre que iba a encabezar el movimiento. Al principio se habló con el general Juan José Flores y dijo que sí. Pero después, inesperadamente, el militar decidió irse de nuevo al sur y salió de Venezuela sin dar explicaciones. Entonces, ya con rumores de golpe, que afortunadamente Monagas no los quiso oír, los conspiradores se apuraron. Como comerciante con muchos años establecido en Valencia, me llamaron para consultarme. Y yo dije que la situación no se aguantaba más. Y cuando ya estaban al borde del fracaso, porque se conocía lo del alzamiento, acudieron al general Julián Castro. Era el gran jefe militar y civil de Carabobo. Fue un albur que decidieron correr. Yo tuve muchas dudas cuando me lo dijeron. Conocía al dedillo la historia de este militar y sabia de su pasado no tan brillante como lo pintaban sus amigos.

Pocos sabían que Julián Castro era de origen popular, nacido en Petare, quien muy joven había ingresado al Ejército Libertador con el grado de Alférez. A la muerte de Bolívar se quedó y en 1835 tuvo su primera exposición pública como militar, no muy honorable. Fue durante el estallido de la Revolución de las Reformas, cuando Carujo derrocó al primer Presidente civil de Venezuela, el doctor José María Vargas. Su carcelero fue precisamente el teniente Julián Castro. Salió indemne cuando Páez devolvió la constitucionalidad al país, gracias a su bajo rango. Despues fue a parar a la cárcel pero no por razones políticas, sino por una acusación de homicidio contra un ciudadano llamado Francisco Sucre. A los dos años fue liberado con la calificación de inocente. Castro reingresó al ejército y se vino a Carabobo, para casarse con una hija del general José Laurencio Silva. Le adjudicaron tierras en la hacienda La Mona de Bejuma, y pasó a ser parte del entorno de Fernando Bolívar, el sobrino del Libertador, quien vivía en la hacienda Cariaprima. Su sitio preferido era la población de Chirgua. Luego desarrolló su carrera militar y con los Monagas llegó a ser la máxima autoridad militar de Carabobo.

José Luis, en la penumbra de la catedral, recordaba todo. “Castro era un militar común y corriente, pero estaba apoyado por el circulo de Fernando Bolívar y por el general Silva. Sumiso al poder, nunca demostró discrepancia con Caracas. Pero en 1857 corrieron el rumor de su deslealtad, lo cual negó enfáticamente, haciendo fe de monaguista. Incluso el Presidente envió un emisario a Carabobo, un tal Arvelo, y a ese agente lo convenció de que no pasaba nada. No pasaba un año cuando el gobernador Julián Castro lanzó una proclama revolucionaria, desde el mismo centro del país, en Valencia. Salió hacia Caracas el primero de marzo de 1858, con cinco mil hombres mal armados. Era tal el desconcierto del gobierno y su falta de apoyo, que no sólo iban todos contra los Monagas, sino que al presentarse en las cercanías de Caracas se le unieron generales conservadores y liberales juntos. El 15 de marzo Monagas renunció por escrito a la presidencia y pidió asilo. Ahora José Luis se decía que sólo quedaba esperar a ver qué pasaría. Moviendo su grueso cuerpo se arrodilló. Iba a rezar por Venezuela y los venezolanos.
@fabiosolano




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