“La democracia en el mundo vive horas menguadas. Pareciera que una demencia contagiosa lleva a los electores a decidirse por gobernantes demagogos, corruptos y autoritarios”. Paulina Gamus.

Creo que a partir de este nuevo período político hay unos elementos que necesariamente deben buscar el camino de la fusión. Me refiero a la unidad, pero escudriñando la unidad en una dirección diferente. Digamos que a través de otra acepción del término. Cambiando lo que se debe cambiar. La unidad para esta ocasión no necesariamente debe girar alrededor de una estrategia única, acerada, irreversible, porque terminará siendo un esfuerzo vano, tan utópico como la igualdad económica. No porque esta sea mala en sí misma, nada más lejos de la verdad, sino, sencillamente, porque el esfuerzo para lograrla es desmedido, se gasta mucho tiempo y energía; los mismo que se consumen… para mantenerla.

Mientras tanto, se descuida el trabajo proselitista que hay que hacer hacia afuera. Convencer a la sociedad civil de la importancia de su participación y la responsabilidad que tiene para encaminar y conseguir el cambio hacia un gobierno democrático y lo que ello significa para la transformación y evolución del país. Los ciudadanos tienen una cuota parte importante de responsabilidad en todo esto, no solo es de los políticos. Aquellos son cuantitativamente un poder decisorio, no las organizaciones partidistas esmirriadas, raquíticas. Ninguno de los partidos políticos, entiéndase bien, ninguno, tiene la militancia necesaria, la fuerza, para salir airoso frente a un régimen que hay que derrotar con una diferencia holgada que no les permita alterar los números tal y como se logró por la alternativa democrática en el mes de enero en las elecciones de gobernador en el estado Barinas. En sus manos y en sus conciencias queda en votar por el candidato que considere el más idóneo, el más preparado para representarlo como presidente de la república. La otra alternativa sería que el régimen de Nicolás Maduro se mantuviese en el poder por muchos años más. Aquellos dirigentes que desde ya están pensando en ser gobernadores, alcaldes o diputados no tendrán ninguna posibilidad de éxito si llegara a perderse las elecciones de 2024; todo dependerá del resultado de este proceso electoral.

Ciertamente, en otras ocasiones se logró la unanimidad de la oposición. Por ejemplo, en las elecciones parlamentarias del año 2015, el tan celebrado 2015. Pero la situación de hoy es otra, muy distante de aquellos tiempos. En resumidas cuentas, esa oportunidad de afianzarse en los nervios parlamentarios para seguir avanzando, ir ganado terreno, se tiró por la borda y hoy nos encontramos a la deriva, haciendo agua. A partir de entonces, comenzó la dispersión de la oposición. Se intentó su rescate, me refiero a la unidad, pero sin ningún interés mayor y esto originó mayúsculos contratiempos. La caza de la unidad se ha convertido más bien en un factor de dispersión, de diferencias, de discusiones interminables, en un foco de choques, de combates, de guerras, de perturbaciones.

Por otra parte, son más de treinta organizaciones políticas a las que se les pide transitar por un camino estrecho y accidentado. Esta unidad debe estar más bien sembrada en acuerdos, en negociaciones, en pactos, en cuota parte de poder. Allí tenemos, como buenos ejemplos: el Pacto de Punto Fijo y la Amplia Base (AB). Con este nombre se constituyó en 1964 el llamado gobierno formado por la coalición de los partidos Acción Democrática, Unión Republicana Democrática (URD) y Frente Nacional Democrático (FND). Este amplio acuerdo condujo a un gobierno conformado por ministros, directores, gobernadores, senadores y diputados de los diversos partidos de ese entonces; todo esto como producto de esas negociaciones, de la distribución de cuotas de poder. El pragmatismo político es la forma de entender y comprender que la política no ha de adherirse a ideologías y categorías vacías que puedan entorpecer la consecución de objetivos, se triunfa cuando se logran los objetivos, es un axioma.

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