Decenas de mujeres protestan en Kabul contra la opresión de los talibanes
/ Foto. Agencias

La líder afgana Mursal Nabizada, ex miembro del Parlamento durante del Gobierno previo a la llegada al poder de los talibanes, murió tiroteada junto a su guardaespaldas este domingo en un ataque cometido por individuos no identificados.

“Nabizadeh y uno de sus guardaespaldas fueron asesinados a tiros por personas desconocidas en su casa en el área de Ahmad Shah Baba, en Kabul. Su hermano resultó herido”, dijo a EFE el portavoz de policía Khalid Zadran.

Las fuerzas de seguridad han iniciado “serios esfuerzos para encontrar a los criminales y entregarlos a la justicia”, agregó Zadran sin precisar información sobre la naturaleza del crimen.

Los asesinatos selectivos son frecuentes en el país, lo eran incluso antes de la llegada al poder de los talibanes, generalmente atribuidos a los grupos armados que operan en Afganistán.

Hasta ahora nadie ha reivindicado la responsabilidad del ataque de hoy.

El antiguo gobierno acusó en reiteradas ocasiones a los talibanes de estos ataques, dirigidos principalmente a líderes políticos, religiosos, periodistas, y destacados miembros de la sociedad civil.

Sin embargo la autoría de los últimos ataques contra personas relevante de la sociedad afgana ha sido reclamada por el grupo yihadista Estado Islámico.

Nabizada fue una de las líderes políticas que decidió quedarse en Afganistán tras la caída de la antigua administración y la llegada al poder de los talibanes, pese a que cientos de funcionaros del gobierno decidieron dejar el país en la evacuación de las fuerzas internacionales.

Nabizada era “una mujer fuerte y franca que defendió lo que creía, incluso frente al peligro. A pesar de que le ofrecieron la oportunidad de irse de Afganistán, decidió quedarse y luchar por su pueblo. Hemos perdido un diamante, pero su legado vivirá. Que descanse en paz”, publicó en Twiter la exparlamentaria afgana Mariam Solaimankhil.

Desde la caída de Kabul en agosto de 2021 las mujeres han experimentado un deterioro en sus derechos con restricciones como el veto a las universidades y escuelas secundarias, la segregación por sexos en lugares públicos, la imposición del velo o la obligación de ir acompañadas por un familiar masculino en trayectos largos.

Los fundamentalistas además excluyeron a todas las mujeres de las posiciones de poder dentro del Gobierno, poniendo fin a uno de los mayores logros de estas que llegaron a altos puestos dentro del Gabinete y a representar el país en organismos internacionales.

Una realidad que se asemeja cada vez más a la época del primer régimen fundamentalista entre 1996 y 2001, cuando, según una rígida interpretación del islam y su estricto código social conocido como pastunwali, prohibieron la asistencia femenina a las escuelas y recluyeron a las mujeres en el hogar.




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