La tendencia a acumular y guardar cosas, para usarlas “después”, puede convertirse rápidamente en una conducta ansiosa y compulsiva. Si no lo sabíamos, esta manera de ver y entender la vida es abundante en todas las sociedades del mundo. La razón de fondo, para que una conducta de ese tipo se haga costumbre, es el deseo –inconsciente o consciente- de dejarnos constancias o “rastros” propios, que luego nos permitan saber qué fuimos y qué es lo que hacíamos en otros tiempos, en pasadas épocas no superadas, en instancias felices o infelices, agradables o desagradables. Guardar cosas sin uso, de poco uso, o remandadas, se observa en personas que amontonan cosas, pero que, al así hacerlo, también acumulan (guardan) trozos de su existencia, de sus penurias y privaciones angustiosas. Para otros, sin dudas, algo “enfermitos”, por cierto, es simplemente una manía que nos remonta a los abuelos de otros tiempos de carencias, aunque no tan parecidas (las carencias) a las que ahora tenemos.  Pegados a estas cosas guardadas también quedan emociones y sentimientos, que dejan huellas psíquicas, todavía frescas, de esas vivencias perdidas en el tiempo. Son elementos psicológicamente cargados, para usarlos “después”; como si fueran “anclas” que nos apegan al pasado de nuestra historia personal.

Cualquier objeto referencial, una melodía golosa, un aroma extraño, hojear las páginas de un libro viejo, archivos de amores, fotos del viaje a un bello lugar, puede transportarnos a algún espacio emocional que en otra ocasión elevó nuestra autoestima. Ese persistente guardar, acumular cosas o eventos, de una repetitividad compulsiva, puede generar en nosotros el conocido “síndrome de la hormiguita”, que, en palabras, se describe como: ¡Guardar, guardar y guardar!…

La actitud posesiva de guardar cosas útiles o inútiles encadena nuestras vidas a momentos, hechos y cosas. Una consecuencia es que “mientras más tenemos, menos somos”. ¿Por qué esto es una gran verdad? Lo es porque mientras más abarcamos objetos y hechos poseídos, (a veces hasta a personas), más se nos reducen las oportunidades de alcanzar instantes, aun fugaces, de bienestar y felicidad… Se nos puede ir el tiempo limitado de vida en proteger lo que guardamos; en vigilar lo que hemos guardado.

Pero, no es lo guardado lo que estanca nuestra vida… sino lo que significa la actitud de guardar… Son los sentimientos posesivos, las ideas de avaricia, de desear lo que otros tienen, lo que revienta en nosotros la necesidad de tener más y más, aunque la necesidad incluya tener y retener a otras personas (en el amor).

Cuando guardamos algo, es porque consideramos la posibilidad de la falta, de la ausencia, y la carencia de ese algo… Luego, ante tanta repetición del hecho, se convierte en vicio. Cuando, con egoísmo, nos guardamos el amor para nosotros, sin compartirlo con la pareja, ni con nuestros padres hijos o amigos, es porque estamos vacíos de amor y nos hemos quedado sin su textura y contenidos, sin sus beneficios emocionales y sentimentales. Nos aferramos a guardar por creer que mañana podrá faltar, y no sabremos cómo alcanzarlo. Observemos maduramente lo que tenemos. Pregúntenos por qué lo tenemos. Aclaremos otra situación: Nos poseemos de verdad, cuando desde la interioridad del grupo humano, desde adentro de nosotros, de nuestra familia o pareja, sentimos el calor de compartir y vivir en plenitud, sin cosas extras que interfieran las posibilidades de vivir. Botemos todo el lastre psíquico, las emociones oxidadas guardadas, adheridas a nuestras memorias, residenciadas en nosotros desde hace mucho tiempo, para así limpiar nuestros espacios emocionales…

La acumulación compulsiva de cosas y eventos es nociva para la salud mental. Mientras más tenemos menos somos y más dejamos de ser nosotros mismos, porque nos convertimos en guardias de lo que conseguimos en el pasado. ¡Al aferramos a guardar, coleccionamos ausencias y amasamos inseguridades! ¡Cuidado con eso, apreciados lectores! …




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