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“Epa compadre. ¿Cómo anda todo? ¿Y la familia?” El saludo fue en verdad amistoso, por el tiempo pasado sin verse. Angel y Tomás habían sido compañeros de estudio en la universidad y luego cada uno tomó un derrotero diferente. Pero ambos se vinieron a vivir a Valencia y de vez en cuando se conseguían para recordar los viejos tiempos. Casi siempre hablaban del allanamiento de la UCV en el primer gobierno de Caldera, pues juntos estuvieron ahí. De cómo se había montado aquella plomamentazón al borde de la autopista por los lados de la Plaza Venezuela. Los policías y guardia nacionales estaban del lado allá de la vía, atrincherados, echando tiros. Y desde el gimnasio, conocido como “la gorra de Pérez Jiménez”, los universitarios no se quedaban atrás contestándole igualmente a bala. Luego de una noche y medio día de tiros, Caldera ordenó el allanamiento, y los dos amigos salieron por una entrada poco conocida que daba a la avenida Victoria. Eso fue en el 69.
Angel contestó como siempre. “Todos bien compañero. Intentado mirar para adelante y lamentando todo este desastre de gobierno. Ellos se dicen revolucionarios, socialistas y demás yerbas. Pero dime algo Tomás ¿El socialismo no era una teoría para llevar la máxima felicidad al pueblo? Mira lo que sucede. ¿Eso de que la gente que no tiene real para la comida esté escarbando en la basura es felicidad? Yo estuve en Nicaragua en el 83 y era verdad que había escasez, pero no se padecía de hambre, ni mucho menos compas buscando que comer en la basura”.
Tomás se quedó viendo a su viejo amigo. Ya estaba por los sesenta y dele, pero no había cambiado mucho. Recordaba la euforia en la universidad cuando lo de Allende. El socialismo ganaba un gobierno por la vía electoral. Allende, un médico de la izquierda chilena, sería el primer presidente socialista electo en Latinoamérica. Casi todos los izquierdistas de la universidad celebraron aquella victoria. Pero en 1973 el fracaso era evidente. “Ah compadre ¿Sabe? Esto se me parece al gobierno de Allende pero peor. Allá por lo menos se creía en el socialismo. Aquí todo es puro disfraz para cogerse los reales. Allá crearon las JAP, Juntas de Abastecimiento y Precios, y aquí los CLAP, controlados por un ex policía. Allá tenían el canasto familiar y aquí la cajita de cartón, importada por la empresa de un tipo buscado en los Estados Unidos por hechos criminales. Y ahora vienen las panaderías. ¿Ya supiste cómo están metiéndose? En Caracas se agarraron dos o tres. Pusieron a tres muchachos a despachar el pan por combos. Seis franceses, dos canillas. Les bajaron el precio un poco y regularon el peso a cada pan. Y hasta ahí cualquiera diría que no hay diferencia, sino en la plata. Pero ahora resulta que el CLAP que controla cada panadería decide a quien se lo venderán. Tienen una lista de los vecinos y a ellos les entregan el pan. No pasaran muchos días antes de que para comprar el pan exijan el carnet de la patria. Es el mismo que tenían las JAP chilenas. Se llamaba “Tarjeta de Compras”, con encabezado del ministerio de Economía, Fomento y Reconstrucción. Dirección de industria y comercio”.
Angel contestó de inmediato: “Esto de la intervención de las panaderías no tardará en llegar a otras ciudades. Estos improvisados son capaces de cogerse las panaderías. Y todo se acabará. Mire compadre, un panadero no se hace de la noche a la mañana. Ese es un oficio delicado que se aprende con años de práctica. En mi tierra, en la panadería La Concordia vendían el mejor pan de todo el Táchira. Y esa panadería era familiar. Los padres enseñaban a los hijos como hacer el pan y así pasaba por generaciones. Ahora, si el gobierno pretende tomar las panaderías, habrá más escasez. El problema real en Chile era que el control de la harina de trigo lo tenía el gobierno. Y aquí es lo mismo. El tema es que no hay trigo. Porque molinos tenemos, y buenos. Panaderías y panaderos tenemos. Lo que no hay es harina. Y como siempre el gobierno busca un culpable para sus errores. ¿Por qué no deja de mandar millones de dólares a Cuba, a Nicaragua, y destinan parte de eso a importar el trigo? Y lo mismo podríamos decir de las medicinas, y de la comida, que ya muchos no pueden comprar. Si estos se empeñan en controlar las panaderías, será peor. Ahorita no hay harina para arepas. Cualquier bachaquero vende la harina Pan en cuatro mil bolívares. Y como la gente no consigue para hacer arepas, recurre al pan. Más caro pero cubre la necesidad. Si los CLAP se cogen las panaderías, a vuelta de tres meses, no habrá nada. Nos quedaremos sin pan ni arepas. Que se miren en el espejo del gobierno de Allende”.
@fabiosolano




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