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Aun en momentos turbulentos, activamos en el cerebro nuestros propios eventos históricos. Esas anécdotas que revivimos y actualizamos, intensamente, a diario. Esos recuerdos de nuestra imaginación, precisos y con sentimientos profundos, que son esenciales para estar psíquicamente integrados. Son recuerdos que mantienen nuestra identidad, que nos hacen sentir que tenemos un nombre, un apellido, una familia, amigos, y una vida en sociedad. Esos eventos que nos llevan a un lugar, al recuerdo de un momento, y que nos “ubican” en una historia propia, personal. ¡Eventos que nos hacen sentir como personas diferentes a las demás! Así, al recordar, sostenemos el vínculo con los demás…

¿Cómo podemos enfrentar el futuro con seguridad, e incluso vivir el presente, sin una historia clara de nosotros mismos?

Nuestras historias y anécdotas nos permiten sentirnos como seres únicos, con historia propia. No podríamos tener idea de quienes somos como personas, sin un pasado, sin una historia en la que estén grabados muchos detalles y eventos de nuestras vidas. ¿Cómo podemos enfrentar el futuro con seguridad, e incluso vivir el presente, sin una historia clara de nosotros mismos? Si no tenemos esa reserva de experiencias pasadas -maravillosas algunas, dramáticas otras- nos veríamos perdidos, como un globo que flota empujado al antojo por las corrientes del aire. Sólo tendríamos de nuevo el control, cuando la voluntad decida hacia dónde deseamos ir. Nuestras historias, anécdotas e instantes vividos, nos dan identidad, un nombre, una posición en la familia, en los grupos, y en la sociedad. Así nos reconocemos, ante un espejo y ante los demás. ¿Cómo nos referimos a nosotros mismos al hablar sobre alguna anécdota o historia en la que fuimos sujetos activos?: ¿Nos alabamos, nos devaluamos, somos objetivos y equilibrados? ¿Nos apreciamos o despreciamos?

Cuando otros conocen nuestras historias, saben mucho acerca de nosotros. Bien o mal vividas, esas experiencias nos dan sentido e identidad personal. Recordemos que ¡es mejor haber vivido una mala experiencia, que no haber vivido!  Pero, así mismo, es mejor haber dejado de vivir una evidente mala experiencia, que vivirla según el argumento simplista, ingenuo, de creer que así maduramos y crecemos como personas. Una superioridad evidente en cualquier persona es saber aprovechar las lecciones de la experiencia, para convertir los fracasos en logros. Así, endurecemos la voluntad y hacemos más seguro el futuro. Dijo Aldous Huxley, que “la experiencia no es lo que nos sucede, sino lo que hacemos con lo que nos sucede”. Por todas estas razones, señaló Oscar Wilde (1854-1900), que “experiencia es el nombre que damos a lo que resulta de nuestras equivocaciones”. Una ventaja, lograda de nuestra experiencia del mundo, no se limita a saber cuántas y cuales cosas hayamos visto, sino aquellas sobre las cuales nos detuvimos para reflexionar, para analizar, y para  luego convertirlas en grandes logros…




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