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Si tuviésemos que decidir cuál es el sentido más importante de nuestro cuerpo, la mayoría optaría por el sentido visual. El sabio y filósofo chino Confucio, reconocía el gran valor del mundo visual, así como el valor con que cada persona lo enriquece. Admiró el valor intrínseco de las cosas, cuando señaló que “cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla”, porque hay millones de millones de bellezas que son creación propia, subjetiva y personal, de quienes las observen. Emerson (1803-1882), poeta y pensador estadounidense, lo expresó en términos parecidos cuando comentó que, “aunque viajemos por todo el mundo para encontrar la belleza, debemos llevarla con nosotros para poder encontrarla”.

Sobran razones para preferir al sentido visual: Cuando cerramos los ojos o quedamos en la profunda oscuridad, “desaparece” por instantes el mundo visual; comienza a molestarnos la inseguridad y la incomodidad en que estemos. Nuestro pensamiento se concentra en averiguar cuán pronto florecería la luz, y cuándo tendríamos de regreso la insustituible visión coloreada del mundo. Cualquier trauma mediano o avanzado de nuestra visión nos pondría en una situación difícil, con un significado cruel y trascendente… Importante también, pero quizás menos privativo, sería el deterioro de algún otro de los sentidos físicos con que nos comunicamos con el mundo. Hablemos, ahora, de uno esos sentidos: El sentido del olfato, entendido éste como la acción explorativa e informativa de contactar, analizar y sentir olores: Una actividad sensorial también compleja…

¿Es olfatear una ciencia, un arte, o algo más? ¡La existencia de perfumerías, de los gourmets, y otros placeres, responde a esa pregunta! El olfato existe como beneficio, ciencia, arte y mucho más: ¡Existe, también, para facilitar la defensa y adaptación de nuestro organismo! ¿Podríamos vivir un mundo sin olores? Si apresuramos la respuesta, cualquiera diría que sin olfatear olores podríamos vivir, porque respiramos. Pero no es tan sencillo. Con dos ejemplos, comprendemos mejor la situación. El primero es el caso de quienes nacen sin poder oler, debido a carencias del sistema olfatorio. El segundo, es el caso de quienes pierden la capacidad olfatoria, luego de haber conocido el sentido y significado de los olores, y haber producido y guardado cientos de miles de recuerdos, asociados con los “buenos” y los “males” olores: Perdieron el olfato, pero pueden recordar a qué huelen (y saben) las cosas…

¿Cómo podemos crear olores y oler las cosas? Los soportes físicos del olfato, y la generación del olor, se encuentran en una pequeña concavidad de la región posterior de la nariz. El misterio no está bien aclarado, pero comienza con las “moléculas del olor”. Gran cantidad y diversidad de estas moléculas entran en las cavidades nasales, al respirar cerca de 23,000 veces (promedio) al día. Lo más increíble es que estas moléculas no tienen olor, en sí mismas, porque los olores existen como una grandiosa creación de nuestro cerebro. De hecho, no somos autónomos para decidir cuándo oler o cuando no. En la zona posterior de las narices, un tejido de células receptoras absorben las moléculas olorosas. En nuestro cerebro se originan asociaciones de los olores con emociones, con imágenes, con sensaciones de agrado o desagrado, con recuerdos y sentimientos: Así se llena de olor todo lo que nos rodea. Es el aporte del cerebro, desarrollado a lo largo de millones de años de evolución física, psíquica y social. Sin olor, las comidas no sabrían diferentes. Sin olor, la naturaleza perdería parte de su grandeza, y no existirían los cafecitos de las mañanas. ¡Sin olores -buenos o malos- el mundo sería incompleto!




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