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Cómo hacer más eficientes las nuevas tecnologías es un tema de discusión. Según cómo las usemos, esas tecnologías nos facilitan o dificultan la comunicación. Pongamos como ejemplo un equipo de video de alta definición, usado por gente enferma (pornografía); y al contrario, veamos su aplicación en una tertulia sobre civilización y valores humanos. ¡El equipo de video usado es el mismo, pero con objetivos diferentes! ¡Sin dudarlo, nos decidimos por la aplicación mejor adaptada a nuestro criterio!

La penetración distractora de los equipos “smartphone” en nuestras vidas, es alarmante

La penetración distractora de los equipos “smartphone” en nuestras vidas, es alarmante. Con frecuencia, interrumpimos nuestros momentos de disfrute, creatividad y realización espiritual, para atender a las llamadas o mensajes sobre asuntos que van a pasar horas después. Pero, cuánta información de valor llega por la misma vía. Los “smartphone” han significado un salto enorme en la evolución ciudadana, social, tecnológica y científica. Un efecto es que  nuestra vida sea más uniforme en muchos aspectos, aun con ciudades más diversificadas y recursos más exigentes. Pero, esta realidad conlleva un costo: Simplemente, nuestras vidas son, cada vez, menos administradas por nosotros mismos. Gran cantidad de interferencias inciden sobre nosotros, sólo por concepto de recibir y enviar mensajes celulares, y por las conexiones de conversaciones. La sumatoria de intervenciones determina que nuestras vidas personales se parezcan, cada vez más, a las de nuestras amigas y amigos más allegados. Hasta los hábitos lingüísticos periféricos propios de algunas zonas citadinas son ahora más parecidos. ¡Lo que enviamos y recibimos por vía celular se parece más, en continuidad, con contenidos colectivizados y masificados por los medios de comunicación! Quedan así menos oportunidades para que seamos más individuos, más auténticos, más personas.

Podremos ser accesibles a los demás, a grandes instancias sociales, a los amigos, familiares y colegas de trabajo; pero cuando no establecemos límites a estos accesos, abiertos a quien quiera, podríamos llegar a masificarnos en función de los demás. Cada vez seríamos más un grupo de comunicación, y menos nosotros como individuos, y casi nada como personas. Nos desprotegemos y quedamos expuestos en nuestros límites psicológicos. En las pantallitas de los celulares, por ejemplo, encargamos a decenas de muñequitos, figuritas, y variadas cosas diseñadas en serie (los emoticones), para que nos representen al “comunicarnos”. Decidimos que esas “cositas” indefinidas sean quienes “den gracias” por nosotros, en una forma masiva, fría y repetitiva. Les encomendamos que digan “de acuerdo”, que “aplaudan o que rían”, por nosotros. Los sentimientos auténticos, ésos maravillosos que podemos expresar o describir en profundidad al escribir (teclearlos), valiéndonos de la extensa riqueza de las palabras de nuestro idioma, se quedan en nuestra interioridad, reprimidos: ¡Nos los quedamos! Dejamos que cada quien “edite” sus sentimientos a su manera, o los reduzca a figuritas o muñequitos. Con estos procederes, permitimos que nos arrebaten las características claves que hacen de nosotros seres creativos, emocionales, sentimentales e inteligentes; y para mayor distorsión, dejamos que quien nos “lea” elabore y reelabore toda clase de suposiciones sobre nuestras ideas y sentimientos, y hasta los cambie a su antojo.

Sería razonable preguntarnos cómo nos ven los demás, a través de esas cositas (o figuritas) que usurpan nuestra esencia humana, nuestros gestos, emociones y sentimientos. A veces, por ejemplo, lejos de creer que dos personas que hablan se comunican, pensemos más bien, que son dos “mundos” desconectados, que al final terminan “coexistiendo” por una necesidad de contacto, de estar el uno junto al otro. Estas “coexistentes” personas se despiden con sus smartphone, mediante una manecita, un dedito, un corazoncito, una morisqueta o cualquiera de los emoticones que estén de moda. ¿Habremos ya aceptado que sean los demás quienes construyan nuestra identidad, nuestros valores y conocimientos? ¿Esas ideas y sentimientos que nos hacen ser auténticamente nosotros?

Con la telefonía celular logramos un poderoso dominio del espacio. Nos comunicarnos desde donde estemos, y esto es valioso, pero no significa comunicarnos, en el verdadero sentido de la palabra comunidad. No significa que transmitamos la idea esencial que queremos decir; y si lo hacemos (o creemos hacerlo), quizás dejamos de lado la impactante condición de estar junto a otra persona; cosa que se logra, únicamente, con una comunicación “cara-a-cara”…

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Hernani Zambrano Gimenez
Egresado de Universidad Central de Venezuela. Estudios de PostGrado en la Universidad de Stanford (USA). Profesor y Ex Director de Escuela de Educación (Universidad Carabobo, Valencia, Venezuela. Ex Director Escuela de Psicología (Universidad Arturo Michelena, Valencia, Venezuela). Asesor de Empresas y Productor Radial en Universitaria 104,5 FM (Universidad Carabobo, Venezuela). Correo Electronico: hernaniz@yahoo.com
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