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En política abundan las incongruencias. No se hace todo lo que se dice. Es un hecho. Las promesas incumplidas tienen, en esa práctica ancestral, su nicho y descanso. Pero muchas veces sí se piensa todo lo que se dice. El lenguaje es conducta.

El comunicado conjunto que la Mesa de la Unidad Democrática y el Gobierno firmaron el 12 de noviembre, en medio del fracasado diálogo, tiene un título que para nada refleja lo que ha sido la actitud de ambas facciones en 2016: “Convivir en Paz”. Fueron 310 palabras y 94 oraciones. Una densidad léxica de 69%. “Comprometemos”, “Nuestra” y “Venezuela” están entre las 10 palabras más repetidas.

Luis Alfonso Herrera es filósofo, profesor de derecho administrativo en la Universidad Central de Venezuela (UCV) e investigador del Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad. Es coautor de “La Neolengua del Poder en Venezuela”, publicado en colaboración por la asociación civil Un Estado de Derecho, de la cual también es parte. El libro publicado en 2015 es un análisis que recoge una compilación de trabajos sobre la política de manipulación del lenguaje por parte del Gobierno.

Herrera plantea dos hipótesis para explicar por qué la oposición firmó aquel acuerdo de “Convivir en Paz”. La primera es que en efecto la MUD tenga una visión muy parecida a la del oficialismo. Que crea que esa, al menos en una parte, es la realidad del país. Que existe una guerra económica, que no hay presos políticos. Que hay circunstancias ciertas que han mantenido el discurso oficial en los últimos años. El analista, honestamente, no piensa que esa conjetura sea la real.

Se inclina más por la segunda hipótesis. La oposición está clara en que todo es falso. Que el vocabulario forma parte de un aparato de propaganda. Pero hay un cálculo coyuntural, estratégico: un fin mayor. Deciden aceptar la terminología pensando que es algo secundario y que el objetivo real es lograr un Consejo Nacional Electoral (CNE) imparcial. Que se van a repetir las elecciones en Amazonas (lo que dejaría a los diputados opositores legalmente incorporados) y que se eliminará la situación de desacato de la Asamblea Nacional dictada por el Tribunal Supremo de Justicia. Que el fin, después de todo, justifica los medios.

Pareciera que los partidos, sus asesores y voceros menosprecian el lenguaje

¿Es correcto sacrificar el lenguaje? ¿A qué puede estar jugando la oposición? Para el profesor lo que se revela es una falla estratégica en el discurso. Su narrativa está torcida. O peor: es torcida como plastilina según el objetivo. Pareciera que los partidos, sus asesores y voceros menosprecian el lenguaje, pues no creen que condiciona la conducta de las personas, sus creencias y motivaciones. Pero las emociones políticas son eso: lenguaje, emociones y motivaciones. De las que nacen, por ejemplo, las ganas de ir a una marcha, tocar una cacerola, o ir convencido a una urna electoral.

-He escuchado a dirigentes políticos decir que esas cosas se le olvidan a la gente. La verdad es que es una ignorancia muy grande y que se va a pagar muy caro.

En función de la narrativa se orienta el comportamiento de masas. Si lo que percibe la gente es que la MUD reconoció -aunque luego vinieron aclaratorias- las visiones del Gobierno; puede percibirse también que la coalición asumió una conducta de sumisión en la mesa de diálogo. Así lo verá el que no tiene tiempo para estar todo el día pegado a las noticias. El que no tiene chance de leerse la prensa con las aclaraciones. El que utiliza Twitter solo para seguir deporte, farándula y amigos. Así también se percibe internacionalmente. Es un riesgo que no se midió con la vara correcta, apunta Herrera.

El ORIGEN: LA IGNORANCIA

La oposición y el Gobierno se parecen. Tienen cercanía en los términos, expresiones e ideas. Es lamentable, pero frecuente, analiza. Se escucha en los altos voceros de ambas dirigencias expresiones como ‘cuarta república’, ‘precio justo’ y ‘expropiaciones’. Otras calificaciones como ‘poder popular’, ‘contraloría social’ y ‘el pueblo’ son utilizadas de manera compulsiva, añade. Son términos naturalmente usados por el oficialismo, pero que han sido adoptados por la coalición opositora. Todas son expresiones que remiten a ideas e interpretaciones políticas de una realidad: una impuesta por los inquilinos del Poder. “La utilización de este lenguaje acera a facciones que son en teoría antagónicas”.

Lo que caracteriza a los totalitarismos en el siglo XXI es que se manejan en el plano de la simbología y representación

Se sigue cometiendo un error muy grave. Se está luchando contra comunistas y eso no se termina de entender. Lo que caracteriza a los totalitarismos en el siglo XXI es que se manejan en el plano de la simbología y representación. La propaganda es el combustible de sus propuestas. Poco importa la realidad, dice el profesor: que cada día haya más crisis económica. “Eso al régimen no le importa porque se mueve en un plano simbólico”. Que la gente cada día les crea menos, o que ya no les crean en absoluto, poco importa.

Ese es un riesgo que ahora enfrenta la MUD. Sus constantes desaciertos comunicacionales. Sus convocatorias y des-convocatorias públicas hacia Miraflores. Sus promesas de contundencias como la declaratoria de ruptura del hilo constitucional, la instauración de una dictadura pero luego la firma del comunicado sumiso le hacen un daño que poco se midió.  La oposición está legitimando el lenguaje de su adversario. Y con ello, su conducta.




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