Foto EFE/Jorge Torres

Francisco Javier Reyes no tenía que haber ido a la manifestación de “La Madre de las Madres”. Estaba en el lugar inadecuado en el momento equivocado. El tiroteo lo cogió por sorpresa. Miles de personas estaban allí esa tarde y él fue una de las víctimas. Una bala que entró por su ojo le perforó el cráneo.

“La Policía de este país tira a matar. Es una cacería todos los días”. José Antonio está roto de dolor. Un dolor negro y desgarrador como su camiseta. Sus ojos rojizos y llenos de lágrimas miran el ataúd, mientras agita su cabeza de un lado a otro. Aún no puede entender que su hermano pequeño esté muerto.

Francisco, de 34 años, estaba la tarde del miércoles en su casa y decidió ir sólo a la protesta. Quería apoyar a todas esas madres que demandan justicia para sus hijos, a los que la violencia les cortó sus alas. Al escuchar los disparos se acercó a las inmediaciones de las universidades a prestar ayuda. Ahí dio su último suspiro.

Cuando llegó la ambulancia ya no pudieron hacer nada por su vida. Un motorista lo sacó de la zona cero y lo acercó a la Universidad Nacional de Ingeniería. Pero Francisco, un joven trabajador que acompañaba a su madre a vender ropa en diferentes departamentos del país y que amaba la música, ya había dejado de respirar.

“Un francotirador le disparó”, asegura su hermano a Efe en el velatorio. Todos los del barrio acompañarán sus restos hasta el viernes a mediodía, cuando será enterrado en el cementerio Milagro de Dios, donde su padre, un policía con casi 40 años de servicio, está haciendo los arreglos. Él tampoco se lo cree.

Pero es José Antonio el que habla. Su familia está sufriendo en carne propia el dolor que denuncian muchos. Las secuelas de la violencia: “Nos cuesta creer que está muerto. No era ningún vago y murió como un perro. No es justo. Es uno de tantos que muere a manos de este Gobierno asesino y represivo”.

Y acusa al Ejecutivo de Daniel Ortega y de la vicepresidenta y primera dama Rosario Murillo de utilizar a la Policía y a las fuerzas paramilitares para causar más daño. Los agentes, asegura, “hacen su agosto y su septiembre” cada día. Es una “cacería”.

Su abuela paterna agacha la cabeza. Deja perdida su mirada mientras respira con fuerza. Los ha criado casi desde que eran niños. A los cuatro. Y ahora le falta uno. Tampoco lo entiende. No lo cree.

Ni su madre, Mercedes Guillermina. Sus llantos son tan agudos que traspasan esa puerta de madera de un color azul que no trae ni paz ni tranquilidad. Guarda desasosiego y desazón. Tristeza e impotencia.

“Me han arrancado la vida”, grita desesperada. Ya no podrá repetir una fotografía que pende de la pared del salón, donde está acompañada de sus cuatro hijos cuando aún eran unos niños. No podrá ver el paso del tiempo y por delante le queda lo más difícil: Vivir sabiendo que ha sobrevivido a un hijo.

Francisco Javier era un joven trabajador. Le gustaba oír música y era un fan de las redes sociales. También era un hombre de familia. De esos que se sientan en casa de su abuela a solo ver pasar el tiempo.

Los suyos aseguran que su muerte “no se va a quedar así”. No es justo. Lo que han hecho con su hijo, con el pueblo, “no tiene nombre”. Solo el miércoles quince personas perdieron la vida en todo el país, que vive una crisis que ya ha dejado casi un centenar de muertos y más de un millar de heridos. Y esto solo suma y sigue. 




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