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Los acontecimientos del último mes no han sido precisamente para celebrar. En las elecciones regionales la oposición perdió, contra todas las encuestas (no contra los pronósticos del CNE, por supuesto), 18 gobernaciones, que se convirtieron en 19 después que Juan Pablo Guanipa, con mucha decencia, se negó a profanar la legalidad, y en 23 si contamos a los adecos que doblaron el lomo ante la ANC.  El costo político de la última jornada electoral ha sido altísimo para la Unidad, y el chavismo, aprovechando el momento de shock, se lanza con unas elecciones municipales que ya se sabe cómo van a terminar. Como respuesta a la convocatoria oficial, la oposición cambia de nuevo su dirección y anuncia que no irá a sufragios fraudulentos, pero ya empiezan a salir personajes -escudados en el argumento de ocupar “espacios”- a inscribirse en una partida perdedora.

En este arroz con mango en que se ha convertido Venezuela, el doliente principal, la víctima de la tierra arrasada promovida por el régimen y del amateurismo de quienes se le oponen es, como siempre, el ciudadano de a pie. El que sufre la escasez, el hambre, las enfermedades y la violencia (tanto la oficial como la de los malandros, si es que hay alguna diferencia). La gente que hoy malvive en Venezuela tiene dos carencias fundamentales: una, la dificultad para sobrevivir; la otra, la desesperanza que aumenta de manera exponencial con cada derrota política. La decepción que se siente cada vez que llega el “parece que ahora sí pero siempre no”, como diría un mexicano.

La peor derrota, la más desmoralizante, se sufre cuando el que pierde anticipaba una victoria. El régimen lo sabe, y disfruta al hacerle creer a sus rivales que la victoria está a la vuelta de la esquina hasta que llega el momento de la verdad, cuando los rojos sacan sus cartas marcadas y le restriegan en la cara a quien quiera oírlos que los que mandan son ellos. Así es como ha jugado la dictadura desde hace al menos 15 años. Y ese es el juego perverso en el que ha participado la oposición, atada al tramojo de la agenda oficial y repitiendo los mismos errores.

¿Hay razones para ser optimista? No ¿Significa eso que hay que resignarse y tirar la toalla? Tampoco ¿Hay que buscar liderazgos nuevos, con mayor formación y consistencia política? Por supuesto ¿Se ve alguno en el horizonte? No por ahora, pero hay 24 millones de personas que quieren salir del chavismo. Y entre una multitud tan grande tiene que haber gente capaz de aglutinar la enorme fuerza del descontento e iniciar la recuperación del país.




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