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En muchos países, de América y Europa, es común que las revistas semanales publiquen en sus portadas al personaje del año bien sea del país o del mundo. Es una práctica habitual en las últimas semanas del año que termina o en las primeras del nuevo año. En Venezuela hace mucho que perdieron fuerza y prácticamente presencia las revistas semanales.  Y a decir verdad no hubo mucha cultura en eso de escoger una figura que haya marcado el año.

No es un asunto fácil decir un solo nombre que haya marcado a un país, que como el nuestro está marcado por sucesos y hechos de toda índole. Vivimos en una suerte de carrusel informativo. En particular el 2016, como lo dijimos en un artículo anterior, estuvo definido para millones de venezolanos por la palabra hambre.

He revisado textos de “analistas” de hace doce meses. La declaración de guerra que hacía Henry Ramos Allup cuando asumió la presidencia de la Asamblea Nacional, sumado a la sonora victoria electoral de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) en las elecciones legislativas del 6D y teniendo como telón de fondo la agudización sin precedentes de la crisis económica y social, todo constituía una suerte de un kit, que algunos veían infalible, para poner fin anticipado al gobierno de Nicolás Maduro.

“Guste o no, Maduro es esa persona sobresaliente del año anterior”

Un año después Nicolás Maduro sigue siendo el presidente. Nos guste o no Maduro sigue atrincherado en Miraflores, controla a otros poderes públicos, las Fuerzas Armadas siguen plegadas a su régimen, no hubo invocación de la Carta Democrática Interamericana, no vinieron los marines, el hombre ni sus colaboradores más cercanos huyó en unos de sus viajes al exterior, en su ausencia nadie le dio un golpe de Estado, el chavismo no se dividió, hubo estallidos sociales que fueron reprimidos sin convertirse en la chispa que encendiera la pradera, y realmente el etcétera es largo.

Nicolás Maduro, nos guste o no, es el personaje del año 2016 en Venezuela. Una conversación con el buen amigo Gerardo Lombardi me ayudó a encajar las piezas que faltaban para llegar a esta conclusión. Dentro de 12 meses veremos quién habrá sido el personaje de 2017, pero en 2016 el vencedor político ha sido Maduro. Y posiblemente una enorme error de la oposición ha sido no tomárselo en serio.

Políticamente Maduro en 2016 logró que transcurrieran los 12 meses del año sin medirse electoralmente. Se postergaron las elecciones regionales para gobernadores y se abortó el proceso para convocar el referendo revocatorio del mandato presidencial. En cualquier votación el chavismo habría sido derrotado. El costo político de ambas acciones, que literalmente cerraron salidas electorales a la crisis, fue bajo.

La mesa de diálogo, aún con la presencia de El Vaticano, fue un bypass para que el gobierno de Maduro pudiera llegar –como de hecho lo hará- hasta el 10 de enero de 2017. Lo que vendrá luego será otra historia.

La condición de personaje del año que le damos a Maduro tiene que ver con su vocación de poder, y su capacidad para mantenerse en el cargo, especialmente en 2016 cuando tenía ante sí un año bastante adverso. Su presidencia ha sido (y seguirá siendo) nefasta para el país, pero aún así es muy posible que siga gobernando. El costo político de su desastroso mandato ha estado controlado. Al menos hasta ahora.

De acuerdo con cifras de encuestadoras como Datanálisis o Venebarómetro, menos del 20 por ciento de venezolanos se identifica con el chavismo y supera el 70 por ciento el número de encuestados que quiere un cambio político en el corto plazo. Los venezolanos de a pie tienen claro que dejar a Maduro más tiempo en el poder será muy negativo para Venezuela.

Si logra mantenerse en el poder otro año más, lamento anunciarles que por estos mismos días del año próximo no quedará otra opción que considerar a Nicolás Maduro también como personaje del año 2017.




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