Venezuela sigue experimentando una fuerte polarización político-social que nos aleja de una posible reconciliación como país. Encontrar puntos de encuentro entre quienes piensan distinto ideológicamente hablando, se torna complicado. Reinan los extremos, las dicotomías y cualquier planteamiento que cuestione a las fuerzas opositoras es visto con sospecha y basta para que te ubiquen como simpatizante de la revolución. Lo mismo ocurre del otro lado de la acera: atreverse a criticar al gobierno madurista representa la más vil traición. La autocrítica en ambos sectores es casi nula, inexistente.

Lo que se registra en las cúpulas obviamente se refleja en las calles. La polarización se evidencia cuando la postura de un grupo supone la referencia negativa al proyecto de país del otro, que es percibido como enemigo. La psicóloga Mireya Lozada explica que esta dinámica supone que el acercamiento a uno de los polos implica el alejamiento y rechazo activo del otro. En este sentido, la representación idealizada de unos, contrasta con la representación demoníaca del contrario, percibido como enemigo y sobre el cual, recae en parte la responsabilidad por las desgracias que padece Venezuela.

Estas posiciones llevan consigo una posición rígida e intolerante en dondeel diálogo se cambia por descalificaciones, discriminación y exclusión. En el contexto venezolano, los estereotipos vienen fundamentados por asuntos de filiación política, raciales, clase social y hasta religiosos. En esta diferenciación del otro solo hay dos opciones bien opuestas: “nosotros-ellos”, representaciones asociadas inicialmente a los grupos políticos con los que se simpatiza y que va a depender de la proximidad o distancia con la figura de Hugo Chávez.

Académicos venezolanos coinciden al afirmar, que esta diferenciación grupal refleja profundas diferencias socioeconómicas y culturales, mantenidas y reforzadas por una desigual distribución de la riqueza desde la llegada de la democracia. En medio de estos disensos y diferencias inter grupo, tomó forma política la polarización gestada en años de exclusión. No en vano, el padre Luis Ugalde ha afirmado que la gran división en Venezuela ha sido y es la socioeconómica, cuya polarización social resultante presenta -en términos de Lozada- “un estrechamiento del campo perceptivo por una visión estereotipada del “nosotros-ellos”; aceptación de personas del propio grupo, rechazo al contrario y la pérdida del sentido común ante posiciones rígidas e intolerantes que vienen a sustituir al diálogo”.

Esta polarización ha agudizado en gran magnitud el conflicto venezolano y es caldo de cultivo para la estructuración de una serie de discursos que naturalizan y legitiman la violencia en ambos sectores de la población. En este marco, veo con preocupación la articulación de discursos que buscan excluir y segregar la diferencia y disidencia política por parte de algunos funcionarios de gobierno.

Estas expresiones son utilizadas para acosar, perseguir, segregar, justificar la violencia o la privación del ejercicio de derechos humanos, en especial desde quienes pertenecen a las fuerzas de seguridad del Estado. Pero el ejercicio de la violencia no es exclusivo de los uniformados (Policía Nacional Bolivariana, Guardia Nacional). Hasta en las juntas de condominios salen a relucir los señalamientos por asuntos partidistas, dependiendo de quienes sean mayoría: si  se es chavista, lo invitan a abandonar el país por ser corresponsable; si se es opositor, lo acusan de venderse a Trump y todo lo que huela a imperio. Incluso, se han conocido casos sobre atentados contra la integridad física de personas sospechosas de pertenecer al grupo contrario.

Este tipo de actogenera un ambiente de intolerancia y prejuicios que incentivan la discriminación, la hostilidad y ataques violentos, a personas o grupos por motivos raciales, religiosos y en nuestro caso, por opiniones políticas.La otredad es conocida por las fantasías y temores que encarna. El “otro” es conocido a través de una presuposición, como un “objeto de creencia”, según Slavoj Zizek, encarnando miedos que se activan sobre todo en periodos de incertidumbre política y social como los que vive hoy día Venezuela.

Estos discursos de odio buscan imponer un estándar de comportamiento, cuyo único aval son sus propias concepciones político-ideológicas.Pero no todo está perdido. Conocemos de casos en algunas comunidades, en las que, independientemente de la afiliación política, se hacen grandes esfuerzos por la sana convivencia, se describe sin tapujos la crítica situación del país y se coincide en los grandes responsables. Estos semilleros deben multiplicarse y quizá salga, de alguno de ellos, el Mandela necesario para guiar el resurgimiento y reconciliación de este país.

 




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