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Las metáforas son el refugio del dolor de Neyls Alexander Queliz. Él se siente surfeando una ola difícil. De esas que lo lanzan de un lado a otro con fuerza. Trata de salir y no puede, vuelve al fondo del mar, lo intenta otra vez, busca bocanadas de aire que no consigue y de pronto, solo por momentos, siente que está en la costa y la ola se debilita. Pero no. Rápidamente la marea se hace rebelde, toma fuerza y él comienza a luchar por respirar nuevamente. Así ha vivido desde el 10 de abril, cuando asesinaron a su único hijo.

Era lunes santo, inicio de una semana de asueto que se convirtió en la instalación de la tristeza en casa de Neyls y su esposa Glenys Araca. La pareja se despidió de Daniel en la mañana. Esa fue la última vez que vieron con vida al joven, que tenía cinco días de haber cumplido 20 años. “Nos fuimos a la casa de la playa en Chichiriviche y Daniel llegaría allá el miércoles en la tarde o el jueves en la mañana. Eso habíamos acordado”.

Se preparaban para dormir cuando recibieron la llamada de un vecino muy cercano. “Me dijo que debíamos devolvernos a Valencia porque mi hijo había tenido un accidente”. En ese momento no le dieron mayores detalles, pero mientras manejaba exigió que le dijeran lo que había pasado. Lo siguiente fueron los 90 kilómetros más largos que les ha tocado transitar hasta la morgue de Valencia.

Ahí, con el cuerpo de su hijo en una camilla esperando los estudios correspondientes, le relataron que Daniel se convirtió en el primer asesinado en Carabobo y el segundo en Venezuela, como consecuencia de la represión de cuerpos de seguridad en protestas pacíficas.

No hay experiencia más dolorosa para un padre. Neyls trata de no mostrar su pesar, e insiste con las metáforas: “Ha sido muy duro porque la vida te cambia de manera drástica sin ton ni son.  Es una realidad que se debe afrontar, pero a veces parece un sueño que no termina”.

OTRA CASA SIN DANIEL

El cuarto de Daniel está exactamente como lo dejó la noche del 10 de abril. En su escritorio hay libros que lo acompañaban en su tercer año de la carrera de derecho, una carpeta de la Universidad Arturo Michelena en la que estudiaba, cuadernos y un bate de béisbol. En las paredes hay gorras de los equipos de ese deporte a los que había pertenecido y afiches de Pablo Sandoval, Félix Hernández y Miguel Cabrera.

En la sala de la vivienda, en el conjunto residencial Los Parques, al sur de Valencia, hay una mesa con fotos del joven en diferentes etapas de su vida. Entre las imágenes enmarcadas resalta un teléfono de juguete que su primo de cinco años quiso colocar ahí “para hablar con Daniel”.

La casa de los Queliz Araca parece otra desde ese lunes. “Es un cajón vacío. Es muy duro llegar y no encontrarlo, no verlo, ver su cama vacía, su cuarto, su escritorio, sus libros. Es una tragedia y es difícil de expresar lo que se siente”, cuenta en calma Neyls. Su esposa, que no detiene sus labores cotidianas en las que se ha refugiado, lo escucha mientras camina hacia la cocina y se seca las lágrimas. Ella casi no habla del tema. No se ha involucrado en la investigación del caso. El sufrimiento no se lo ha permitido.

LA EJECUCIÓN

Neyls Alexander sabe que el término empleado para el asesinato es homicidio, pero él prefiere calificarlo como una ejecución. Esa noche los vecinos de Los Parques salieron a protestar con pitos y cacerolas. Lo hicieron desde la parte interna del urbanismo privado, dentro del portón principal.

En principio solo eran mujeres y niños gritando consignas. Después se le sumaron jóvenes y hombres. A pocos metros de la entrada principal de las residencias había un módulo de la Policía de Carabobo, que no estaba amenazado por la manifestación. Tampoco lo estaban los funcionarios, ni vecinos, e incluso no estaba obstaculizado el paso.

Pero eso no importó. Cerca de la medianoche un grupo de cinco uniformados llegó en una unidad del cuerpo de seguridad, y en medio de la oscuridad comenzaron a disparar sus armas de reglamento hacía la protesta. Todos corrieron. Pero una bala impactó al cuello de Daniel y lo mató.

Para el padre de la víctima es evidente que al momento en que suceden los hechos, los funcionarios arremeten de manera despiadada contra todos los vecinos que estaban de forma pacífica en el lugar. “Solo tenían pitos y cacerolas, no tenían nada en las manos que pudiera hacerles pensar, en la oscuridad de la noche, que tenían armas. En las investigaciones eso quedó claro, la verdad tiene que salir a la luz pública”.

La abogada de la familia actúo rápido. Aún no habían entregado el cuerpo en la morgue y las investigaciones comenzaron. Fiscales del Ministerio Público y comisiones especiales del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc) hicieron el trabajo y se logró la captura y privativa de libertad de dos uniformados de la Policía de Carabobo. Pero eso no es suficiente. La familia de Queliz espera la imputación de otro grupo de funcionarios. “No solo se trata del delito de homicidio en el que incurrieron, sino en otros agravantes durante ese procedimiento policial”.

Queliz calificó el hecho como “halado por los pelos”. Recuerda con impotencia que a menos de 24 horas del asesinato, el gobernador Francisco Ameliach señaló a Daniel como terrorista a través de cuenta en Twitter. “Mi hijo solo se enfrentaba a sus libros y sus cuadernos”.

LA PROTESTA: UN DERECHO

Daniel manifestaba su malestar contra las políticas del Gobierno. En una oportunidad salió de la universidad con algunos compañeros a protestar en el Distribuidor El Trigal. Pero no era tan activo en las calles. “Ese día, cuando lo mataron, sintió la necesidad de apoyar a sus vecinos. Eran solo mujeres y niños en su mayoría, no ocurrió una tragedia más grande porque Dios metió su mano”.

Aunque perdió a su hijo durante una manifestación, Neyls está consciente que es un derecho consagrado a la Constitución. “Controlar el ímpetu de los muchachos resulta difícil. Pero no deben permitir que los invisibilicen, ellos tienen esa fuerza y es un derecho que nadie les puede arrebatar. Es una condición natural de los seres humanos y más en una situación en la que los muchachos ven que es un país que se les escapa de las manos y que de pronto no les ofrece las oportunidades que desean”.

Para él es ilógico que se diga que muchachos de 20 años no deben estar en las calles manifestando. “El de 70, 80 o 50 años padece lo mismo que uno de 20, y ellos ven el sacrificio de sus padres para conseguir un plato de comida, y quizás los ven desempleados, eso los afecta, no se les puede pedir que no salgan a protestar”.

Daniel fue el primero de una lista de 13 asesinados en Carabobo durante las manifestaciones que comenzaron en abril. Su padre solo pide que se respete la vida de las personas y vuelve a usar una metáfora: “No estamos hablando de racimos de plátanos o huacales de tomates, estamos hablando de vidas humanas, sin importar color político ni condición social, todos merecían respeto”, dijo en un nuevo intento por surfear la ola que lo sigue golpeando de un lado a otro, y llegar a la costa.

 




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