Foto AFP

Neyla no lo sabía, pero llegó a Venezuela para despedirse. Y justo a tiempo, porque si salía de Holanda un día después, no hubiese podido entrar al país. Nicolás Maduro suspendió los vuelos a Europa el 12 de marzo por la pandemia de covid-19 y Neyla llegó el 11. Al aterrizar, aunque la apuntaron con un termómetro en la frente y una cámara de video la filmaba, no pensó en la pandemia. Su mamá había sido operada de emergencia.

Llegó a Puerto Ordaz, la ciudad sede de las empresas mineras e hidroeléctricas más importantes del país, a las diez de la noche. El aeropuerto más grande del estado Bolívar estaba vacío y oscuro. Javier, su hermano, la buscó. Desde la ventana del carro la ciudad era irreconocible. Un desierto ajeno. El país había cambiado. Pero mientras trataba de reconocer las esquinas que la orientaban a casa, entendió que ella había cambiado más.

Neyla Afonso se fue a los 26 años de Puerto Ordaz. Iba por seis meses a aprender inglés en Canadá, pero no regresó. Estando en Toronto, le rechazaron la solicitud para recibir dólares preferenciales por CADIVI. Entonces dejó los estudios y comenzó a trabajar para mantenerse. Primero limpió hoteles, residencias de estudiantes y apartamentos. Luego trabajó en construcción, tumbando paredes, moviendo escombros. Siete meses después de haber llegado, en julio de 2015, recibió un mensaje por Whatsapp de Javier que le sacó el aire de los pulmones: “Queridos hermanos, papá falleció anoche en la madrugada”. Neyla lo releyó varias veces. Buscó pasaje de avión pero no podía pagarlo. Tampoco le daba tiempo de llegar al funeral. Pensó en qué le diría su papá: “Quédate allá, yo ya me fui”.

A passenger walks at Simon Bolivar international airport in Caracas, on June 17, 2016. – German airline Lufthansa suspended flights to crisis-hit Venezuela for an indefinite period as of today owing to the economic crisis in the country. The service, three times a week, was Lufthansa’s only flight between Germany and Venezuela. Currency controls in Venezuela make it impossible for airlines to convert their earnings into dollars and send the money abroad. (Photo by FEDERICO PARRA / AFP)

Neyla mudó su luto de Canadá a Irlanda. Viviendo en Dublín, le pidió a su madre que le enviara el reloj de su padre. Con esa pulsera plateada que tantas veces marcó el compás de su adolescencia, tuvo un referente para llorarlo. Sin funeral, el reloj fue lápida. Cuando Javier le escribió en marzo de 2020 para explicarle que su mamá debía ser operada de emergencia, Neyla decidió que esta vez no se despediría a distancia. Tampoco dejaría a su hermano solo. Sus padres se separaron cuando tenía nueve años y creció con su papá. Tenía que reunirse con su madre después de tantos años separadas.

Un mes antes, el 14 de febrero, a su madre le dio fiebre y le costaba tragar. Tomó plantas medicinales para aliviar los síntomas. Había escasez de medicinas y las que encontraba eran muy caras. Días después sintió que se le cerraba la tráquea, no podía tragar. Adelgazó mucho. Javier la llevó a once médicos de distintas especialidades. Un ultrasonido reveló una calcificación y un tumor en el cuello. Días después desarrolló problemas para respirar. En tres semanas el tumor pasó de ser indetectable a casi asfixiarla.

En la casa, Neyla dejó sus maletas en la puerta y entró al cuarto de su madre. Estaba recostada en una mecedora. Tenía lentes de sol porque le molestaba la luz. Aunque tenía seis años sin verla, Neyla la saludó de lejos, manteniendo una distancia prudente en razón de la covid-19. Estuvo en tres aviones y cuatro aeropuertos. No se atrevió a darle un beso. Tampoco la abrazó. Su madre no podía hablar pero se vieron fijamente. “Estoy aquí mamá. Descansa. Nos vemos mañana”, le dijo. Ella asintió con la cabeza.

El diagnóstico era terminal y Neyla no sabía. Cáncer avanzado, etapa 4. Había comenzado en la tiroides e hizo metástasis en los pulmones. Javier no había podido contarle a nadie.

Su madre tenía un traqueostomo, una incisión en la tráquea que facilitaba el paso de oxígeno, pero se le acumulaba la flema y la asfixiaba. Neyla y Javier la llevaban a la clínica varias veces al día para drenarla. Solo el personal de cuidados intensivos estaba calificado para hacerlo, dijo el doctor. Pero llevarla representaba un riesgo de infección de covid-19. Entonces contrataron a una enfermera que fuera a la casa. Cuando la escasez de combustible se agravó en todo el país, una doctora le explicó a Neyla cómo hacerlo. Debía meter un tubo largo y delgado por la boca y, en un ángulo específico, deslizarlo por la tráquea hasta llegar cerca de los pulmones. Si se tardaba, su madre se asfixiaría porque el tubo tranca la vía respiratoria. Si lo hacía muy rápido, podía raspar la tráquea y provocar sangrado. Si hundía el tubo demasiado profundo, podía hacerle daño en los pulmones. Era cuestión de segundos, centímetros.

Esta es una historia de Helena Carpio en el marco del proyecto de Prodavinci y el Centro Pulitzer: COVID-19 llega a un país en crisis: Despachos desde Venezuela.

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