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Leonardo Padrón

Tengo que escribir este artículo y no consigo la primera frase. Me asomo a las palabras y todas están de espaldas, esquivas, agotadas. No quieren hablar del país. No desean repetir el mismo estribillo de cada jueves. Mis años me han enseñado que si me quedo suficiente tiempo ante la página en blanco, las palabras comenzarán a aparecer, una tras otra. Nada garantiza que sean las mejores. A fin de cuentas, a este país lo tiene consumido la tristeza. Y uno está adentro.

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Esta mañana me contaron la escena de un linchamiento perpetrado a un ladrón de motos. Los mototaxistas de una zona de Petare lo atraparon cuando intentaba, pistola en mano, quitarle a uno de ellos su herramienta de trabajo. Lo rodearon entre todos. Lo golpearon con rabia, con palos y bates, con inquina. Ya tenía un brazo desprendido. Ya era un amasijo de sangre. Le desprendieron el otro. Pedía clemencia y recibía patadas en las encías. Entonces uno de los motorizados agarró un peñasco grande, con las dos manos, y lo levantó hacia el cielo con la intención de dejarlo caer sobre el cráneo del delincuente. Los demás lo detuvieron: “¡Aquí no!”. Y se lo llevaron a rastras hacia el monte, fuera de las miradas curiosas y de los celulares. Hasta ahí me contaron.

Me quedé mudo.

¿En cuántos países de la tierra están linchando delincuentes en este momento? Solo me vinieron a la mente otras ciudades de Venezuela.

¿En qué nos estamos convirtiendo?

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También recordé los videos que circulan por las redes donde las bandas delictivas, armadas hasta el hígado, amenazan con nombre y apellido a un hombre que no ha pagado su peaje para seguir vivo. En otros videos simplemente se ufanan de su arsenal. Esos videos no solo los veo yo, también los organismos de seguridad. Y no pasa nada.

Estamos viviendo dentro de una película de Tarantino.

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En las pantallas de la televisión venezolana el humor fue dado de baja. Así como las historias de amor de factura nacional. Ya nadie hace rutina y entusiasmo a las nueve de la noche con los amores imposibles de dos actores del patio. Los estudios de televisión se han ido apagando como piezas de un domino derruido. Y si observas con atención los noticieros, sabrás que la realidad también fue dada de baja.

En la parrilla de programación de los canales solo persiste un programa: la revolución. La paradoja: en el rating pierde escandalosamente.

Toda sobredosis es un hartazgo.

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La política. ¡Ah!, la política. Esa telaraña que nos ha envuelto con su viscosidad. Esa intoxicación que hoy somos. El chavismo nos expulsó de nuestra cotidianidad y nos arrojó a otra donde todo rima con miseria. Buscamos antídotos contra la tragedia en curso, pero ya ni siquiera hay algo tan simple como un protector gástrico. Estamos en mitad de la intemperie mientras hace aguas la oposición en su expresión política. En su mea culpa debe encontrar la brújula con un norte que nos convoque a todos.

La gente, las personas, los ciudadanos, aquí estamos, maltrechos. Curarnos pasa por escucharnos. Por organizarnos. Pasa por dar un paso adelante. La metáfora de la tribu en la necesidad de sobrevivir. Mutar y conquistar.

Para ser de nuevo un sentido de existencia.

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Y volví a escribir quejumbre. Ofrezco disculpas.

Toda página blanca es un peligro, sobre todo cuando no deseas que el sufrimiento sea el plan de vida de tu país.

Mutar y conquistar.

Un método en la intemperie.




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