(Foto EFE)
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La promesa del presidente de EE.UU. Donald Trump de que México pagará el 100 % del muro fronterizo, pese a la negativa mexicana, ha despertado las teorías sobre el modo del pago, que se prevé se centre en el alza de los aranceles aduaneros de un 20 % y una posible tasa sobre las remesas.

Aunque faltan detalles, este jueves los líderes republicanos pusieron cifra a esta factura: “entre 12.000 y 15.000 millones de dólares”, según el líder republicano del Senado, Mitch McConnell.

Consciente de que el gobierno mexicano jamás accederá a un pago directo por el muro, Trump ya ha dicho que será EE.UU. quien cargue en primer lugar con el coste de la “gran barrera física” en la frontera sur y posteriormente México reembolsará este coste.

La cuestión es cómo lograr que México asuma la factura.

Dos son los elementos básicos apuntados por Trump: el déficit comercial anual de más 60.000 millones de dólares de EE.UU. con México y los 27.000 millones de dólares en remesas anuales que se envían desde EE.UU. con destino al vecino del sur.

Por lo que se refiere a una tasa arancelaria para las importaciones procedentes de México, los cálculos de Trump, adelantados este jueves por el portavoz presidencial Sean Spicer, apuntan que dado que el déficit comercial anual es de 60.000 millones, aplicarle un arancel del 20 % generaría cerca de 12.000 millones de dólares al año.

En 2015, las exportaciones de México a EE.UU. fueron de 295.000 millones de dólares.

Sin embargo, esta proyección es simplista ya que deja de lado la creciente interrelación entre las economías mexicana y estadounidense avanzada en los últimos años tras la firma del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN) en 1994 entre México, Canadá y EE.UU., a juicio de Monica de Bolle, economista especializada en Latinoamérica del centro de estudios Peterson Institute de Washington en un reciente artículo.

Por un lado, esta estrecha integración ha generado enormes cadenas de valor y suministro entre los tres socios que hace difícil apuntar el origen exacto de un producto. ¿Los vehículos de marcas estadounidenses con tecnología canadiense que son ensamblados en México son considerados mexicanos?

Asimismo, no hay que olvidar que si un producto es tasado en la frontera mexicana el coste adicional (este 20 %) será en gran medida traspasado a los consumidores, con lo que los automóviles o aguacates que se vendan en EE.UU. verán notablemente encarecido su precio final.

Y esto, sin tener en cuenta las posibles represalias impositivas que pueda aplicar como respuesta México a las multimillonarias inversiones de empresas estadounidenses en el vecino del sur.

Respecto a las remesas, que suponen aproximadamente el 2 % del PIB mexicano, el plan de imponer una tasa es complejo por varios motivos, uno de ellos es que esa aplicación fuerce a los inmigrantes a reducir los envíos por transferencia y busquen canales alternativos.

“Expandir el tamaño del mercado negro no es el objetivo de una tasa sobre las remesas”, indicó Alex Nowrasteh, investigador en inmigración del conservador centro de estudios Cato en un estudio sobre las propuestas de Trump.

Menos obvio, pero algo que también lastrará la hipotética efectividad de la tasa desde el punto de vista macroeconómico es que si estos ingresos por remesas se reducen porque se envía menos o porque se le aplican impuestos, el consumo final caería en México, debido a la importancia de las remesas en las finanzas de los mexicanos que reciben dinero de sus familiares en EE.UU.

“Una caída en el consumo de los hogares mexicanos afectaría seguramente las exportaciones estadounidense, especialmente dado que México es el segundo destino principal de las exportaciones de EE.UU.”, explica De Bolle.

México es el destino del 16 % de las exportaciones estadounidenses, solo superado por Canadá, que supone el 18 %.

Como consecuencia, en palabras de la economista De Bolle, el rango de maniobra de Trump es mucho menor del que da a entender con su retórica beligerante, ya que “las políticas que optan por ignorar las conexiones intrincadas que vinculan a estas economías pueden acabar teniendo significativos efectos adversos para los propios EE.UU.”.

O, de modo más directo, según Nowrasteh: “Si este muro se construye alguna vez, entonces serán los contribuyentes estadounidense quienes carguen con la factura, como es habitual”.




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