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Maduro y sus secuaces se empeñan en la confrontación, pues el propósito del régimen no es otro que atemorizar para disipar el terror que ya les alcanza, a sabiendas que no les quedan muchas opciones para evitar su ineludible caída. La escalada represiva obedece al descontento popular. El gobierno  pretende desarticular a la oposición por todos los medios, pero es el miedo la herramienta preferida para atemorizar a la disidencia. Quieren una oposición presa, una sociedad y medios callados y con las universidades silenciadas.
 
La supervivencia de esta fracasada revolución exige mecanismos que, por la amenaza o el uso de la fuerza, consigan extender el temor entre quienes se quiere mantener bajo control. La extensión del temor busca paralizar las intenciones de cambiar la realidad que vivimos. 
  
Recientemente el profesor Benigno Alarcón nos recordaba el significativo mensaje que nos dejó un verdadero paladín en la lucha por rescatar su país del oprobioso sistema comunista, el poeta Vaclav Havel, líder de la Revolución de Terciopelo.
Al asumir la presidencia que transformaría a su país en lo que es hoy la República Checa con un discurso trasmitido el 1 de enero de 1990, en el que lejos de ser complaciente con el pueblo que le eligió, hacía un duro reclamo y llamado a la conciencia moral de sus conciudadanos al decir: “… Por miedo la gente se ha acostumbrado a ignorar la realidad para centrarse solo en la suya propia, como si su entorno no existiese. A callar o decir lo contrario a lo que se piensa por miedo. El miedo nos ha llevado a encerrarnos en nuestros asuntos y a ignorar las injusticias, las violaciones más flagrantes a nuestros derechos humanos, ciudadanos y políticos más elementales e incluso la desgracia del otro, para ver a quienes dedican su tiempo a la lucha por la justicia o la democracia como tontos, románticos… No fuimos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentábamos y manteníamos…”
 
De acuerdo a lo que afirman los psicólogos el sentimiento más dañino que puede experimentar el ser humano es el miedo. Uno de los peores enemigos de la democracia es el miedo y el síntoma más elocuente de su vitalidad es la libertad. Miedo y libertad no pueden convivir, puesto que sin libertad no hay democracia y cuando llega el miedo, se ha iniciado el camino que conduce al totalitarismo.
Si el sistema político no respeta y protege la libertad de la ciudadanía, deja de ser una verdadera democracia…               ¿Alguien aún cree que acá estamos en democracia?

Una sociedad que se fundamenta en el miedo no puede ser democrática. Además, el miedo es seguido de una acción social conformista que conlleva a la cobardía como comportamiento social que llega hasta inhibir la conciencia y la voluntad de participar en acciones propias de la democracia.
Este régimen, en su expresa ruindad, ha llevado a muchos venezolanos al envilecimiento por el miedo, por la necesidad de subsistir de unos, y por la posibilidad de trepar y hacer negocios de otros, lo que ha conllevado a desbaratar lo poco de capital social que se pudo haber acumulado, al aniquilarse la institucionalidad pública, mediante la fractura de las bases del imperio de la ley.
El país es la suma de individuos, y el ciudadano común tiene ya tanto caparazón de apatía, indiferencia o temor, que sólo se inmuta cuando las consecuencias del desaguisado le tocan directamente. Y así lo entendemos, hay personas que están beneficiándose del silencio generado por el miedo, del cual no podemos ser presas si no queremos que esta realidad se eternice.
 
En el ambiente que nos toca vivir, de temerosa incertidumbre y obscuridad, hay que conservar la luz que genera lucidez, que ilumina los caminos arriesgados que hay que recorrer, si no con certidumbre, al menos con dignidad. Conscientes que  nuestro temor es su victoria, no permitamos que el miedo, la resignación, la depresión y menos aún la desesperanza se instalen como componentes de la vida de los venezolanos. 



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