(Foto AFP).
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Venezuela está semiparalizada. Disturbios que dejan al menos 85 muertos, vías cerradas, estudiantes sin clases, comercios vacíos y ladrones que aprovechan el caos; marcan la cotidianidad en tres meses de protestas contra el presidente Nicolás Maduro.

El Observatorio de Conflictividad Social (OVCS) contabiliza unas dos mil 700 manifestaciones desde el primero de abril, lo que complica aún más a una población que ya lidia con la falta de alimentos y medicinas, la inflación y la criminalidad.

Cinco testimonios

En la ruina

Se llevaron absolutamente todo, cuenta con desazón Ricardo Rivas, dueño de una carnicería asaltada la noche del 16 de mayo en San Cristóbal, estado Táchira, junto con otros 20 comercios.

Visitaba a su madre cuando lo telefonearon para decirle que hombres armados destrozaron, en hora y media, el esfuerzo de años. Se llevaron toda la carne y también cuchillos, molinos, cámaras, computadoras. Solo quedaron las neveras.

“Me provocó cerrar e irme, pero soy de los que cree que uno debe quedarse y luchar”, dijo el comerciante de 29 años, quien puso en venta su camioneta y despidió a la mitad de los empleados para mantenerse a flote.

En los dos primeros meses de manifestaciones se registraron 157 asaltos o intentos de asaltos, según el OVCS. La cifra sigue aumentando y agrava la escasez.

Venezuela perdió el 70 por ciento de sus empresas en la última década y las que quedan funcionan al 30 por ciento de su capacidad, según Fedecámaras.

Menos clientes, menos pan

Desde su panadería, Daniel Dacosta ve a encapuchados listos para una nueva batalla campal con policías y militares en Altamira, sector acomodado de Caracas con constantes disturbios. Cerró una vez más.

Las protestas empeoraron el desabastecimiento de harina, obligando a este portugués de 64 años a despedir a dos trabajadores y reducir horarios. El negocio funciona al 50 por ciento.

“Los clientes no llegan, la situación es explosiva”, sostiene. La “gente tiene miedo a salir por las bombas lacrimógenas y los malandros” que pescan en río revuelto.

María Carolina Uzcátegui, presidenta de la gremial Consecomercio, dijo a la AFP que las pérdidas son cuantiosas, pues las manifestaciones afectan a los principales centros empresariales y financieros.

Si la tensión se mantiene hasta el último trimestre, el producto interno bruto (PIB) se contraería 9 por ciento en 2017 frente a una previsión original de -4,3 por ciento, indicó Asdrúbal Oliverosa a la AFP , director de la consultora Ecoanalítica.

Frenazo en seco

Jean Carlo Ponce debe ingeniárselas para esquivar trancas y barricadas con su taxi. Los días de manifestaciones la clientela disminuye y queda hasta dos horas parado.

“Cuando termina la protesta, todo el mundo se va y uno queda a la deriva, entonces es mejor no seguir aquí a riesgo de que le roben a uno el carro o la plata”, cuenta.

“Tratamos de irnos a zonas donde no haya riesgo de que nos quemen el taxi”, sostiene Jean Carlo. Solo una llanta cuesta lo que gana en un mes.

Durante las movilizaciones cierran hasta 30 estaciones del metro, pero no se beneficia. El servicio, lamenta, es impagable para la mayoría por la inflación, que el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta en 720 por ciento para 2017.

Según la ONG Cenda, una familia necesita siete ingresos mínimos para cubrir la canasta básica. El gobierno atribuye la debacle a una guerra económica para derrocarlo.

Aulas vacías

Estudiante de idiomas en una de las principales universidades privadas, Laura Doffiny pierde semanalmente hasta tres días de clases ante la imposibilidad de movilizarse. Algunos profesores optaron por sesiones virtuales y sabatinas.

“Debería tener 10 clases presenciales a la semana y termino teniendo tres o cuatro”, dice la joven de 21 años.

Además, la universidad declaró tres días de duelo tras la muerte de su estudiante Juan Pernalete en abril en una protesta, y los exámenes se retrasaron.

“Hay una materia, de cinco, en la que no he tenido ni una clase”, comenta Laura, quien admite que la calidad desmejora.

Si no tiene clase, va a manifestar. A veces las evaluaciones coinciden con las protestas y, a regañadientes, cumple el deber académico.

Algunos alumnos discuten con los profesores y entre sí. “Venezuela necesita profesionales, no mártires”, señala una pancarta en su universidad.

Triple calvario

Karelis Rojas recibe el impacto de las protestas por partida triple: como ama de casa, trabajadora y manifestante.

Sus hijos, una niña de doce y un niño de cinco años, dejaron de estudiar durante tres semanas por disturbios en el oeste de Caracas. Aunque dos cuadras separan su casa de los colegios, hay riesgos.

“La gente que vive cerca de las escuelas avisa por whatsApp si hay tanquetas o no, si están cerrando las calles. Y así decidimos si los llevamos”, dijo esta madre soltera de 37 años.

Los gases han penetrado su apartamento, debiendo encerrar a los niños en un cuarto. Los vecinos hacen vigilias por temor a partidarios del gobierno supuestamente armados que marcaron el edificio como refugio de manifestantes violentos.

Esto deja secuelas en el menor, a quien debió llevar al psicólogo. “El miedo, la zozobra que uno tiene, lo afectó”, relata.

Karelis vio desplomarse a la mitad, las ventas de prendas de mujer que diseña. “La gente lo menos que quiere en este momento es comprar ropa, busca tener su plan de contingencia por si pasa algo”, dice.

Pese a las desdichas, se niega a quedarse en casa llorando: La forma de mostrar el descontento es salir a la calle.




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