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Ser periodista en el municipio mexicano de Reynosa, en medio de balaceras, peleas entre cárteles y corrupción, es un peligroso ejercicio que implica calibrar muy bien los límites entre la libertad de expresión, el amor al periodismo y a la propia vida.

Miguel Turriza se hizo famoso hace casi una década cuando se encontró reporteando en medio de un intenso tiroteo.

Encima de un puente no dejó el directo televisivo, pese a las estruendosas detonaciones y ráfagas causadas por un enfrentamiento entre fuerzas federales y un grupo del crimen organizado.

Terminó estirado sobre el piso, micrófono en mano, en un escenario propio de una zona de guerra. Le valió la fama, y el vídeo se hizo viral, pero también marcó un antes y un después en su carrera.

“A los días me preguntaron (los criminales) si yo apreciaba la vida. (…) Y al año ya fue abierta la amenaza, si nos veían cerca de una calle, de un enfrentamiento o de un bloqueo, nos iban a quebrar. Así nos dijeron por radio”, cuenta Turriza, que hoy trabaja como presentador para Radiorama y de productor para prensa extranjera.

A sus 55 años, es un veterano de la información en la fronteriza Reynosa, una de las zonas más peligrosas de México, y describe un panorama en el que informar se convierte en un campo minado, en el que hay que avanzar con cuidado.

“Cuando te involucras en un suceso tienes que cuidarte, porque es una situación de riesgo. El periodista se ha vuelto vulnerable”, remarca.

Según la ONG Artículo 19, del 2000 al 2015 hubo 13 periodistas asesinados en este fronterizo estado.

Carlos Domínguez se convirtió en enero pasado en el primer periodista asesinado en 2018 a recibir 21 cuchilladas en Nuevo Laredo.

Doce comunicadores fueron asesinados en 2017 por su labor, lo que hizo que Reporteros Sin Fronteras lo definiera como el país en paz más peligroso del mundo para los reporteros, junto con Siria.

Pese a la difícil situación, los periodistas en Reynosa aseguran que recientemente se ha dado cierta apertura.

En las portadas de periódicos como El Mañana de Reynosa, ya se reportan detenciones o la muerte de capos como la de Betillo, presunto miembro del cártel del Golfo, en un choque con la Marina.

“Los cárteles son cada vez más feroces y quieren controlar muchos ramos de la ciudad (…) y quieren tener un pie al cuello a los periodistas. Aunque ahora la realidad es un poco diferente por el ataque frontal del Gobierno”, comentó a Efe Hildebrando Deándar, director de este diario con 70 años de historia.

Deándar recuerda que las agresiones a la prensa no son nuevas, su periódico tiene un gran historial, pero antes se hacía desde la política, y ahora desde la delincuencia organizada.

Denuncia también la existencia de los convenios que buscan las instituciones para facilitar publicaciones favorables, y enlaces, presuntos periodistas que trabajan para el crimen organizado actuando como voceros y controladores de publicaciones.

El Mañana de Reynosa vive los últimos tiempos en relativa calma, pero en 2010 secuestraron y mataron a un reportero de la sección policial, Guillermo Martínez.

Hoy tienen las puertas blindadas del periódico, pues en medios hermanos como El Mañana de Matamoros o el Mañana de Nuevo Laredo se dieron ataques.

Deándar reconoce que no cuentan con protocolos de seguridad. “Estamos vulnerables ante cualquier ataque”, afirma este empresario que define a sus reporteros como soldados.

Al factor peligro se debe sumar el de la precariedad. Y es que en la región el salario de un periodista va de los seis mil (322 dólares) a los 15 mil pesos (805 dólares).

Pareciera que en Reynosa hay ahora una relativa calma, pero esta está marcada por una especie de ley del silencio.

“Uno no quisiera autocensurarse y ejercer como mandan los cánones, pero antes de ellos está la vida, la familia, la institución para la que uno trabaja y en ocasiones la misma comunidad”, dice Magdiel Hernández, editor de la sección local del diario.

Hernández salió con vida de tres secuestros que se alargaron varias horas en los que los delincuentes lo presionaron para que dejara de publicar, alegando que estaba violando un pacto.

Padeció secuelas y recibió asistencia psicológica, y desde entonces comprendió que había que anteponer el factor vida y la familia, a la libertad de expresión.

Aunque es menos habitual, todavía se reciben mensajes de un grupo delictivo u otro, obligando a publicar ciertas informaciones o amenazando a un medio o reportero.

Por seguridad, ya no se realiza periodismo de investigación, y ante un suceso se evita a menudo cumplir con la premisa básica de preguntar.

“Esperamos a que haya un comunicado oficial de los hechos para no andar preguntando. Es prácticamente una ruleta rusa y no sabes si el testigo está involucrado”, señala.

A finales de 2017, el Congreso de Tamaulipas aprobó una Ley para la Protección de Periodistas y Defensores de los Derechos Humanos, y la creación de una Coordinación Estatal en la materia.

Aunque Deándar lo ve con buenos ojos, reconoce que es prematuro evaluar resultados, y Turriza considera que esta iniciativa es letra muerta y lamenta la falta de organización en el gremio.




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