Pienso en mi modesto y precario conocimiento, que estos horrores forman la parte notoria de la esencia de la Pasión de Jesús, que ahora se recuerda en la Semana Santa. Horrores que, como tales, son repudiados por creyentes o no.

La Pasión no se limita a la muerte en Cruz. La Cruz es la consagración de la Pasión. Pero ésta empieza, por así decirlo, con la traición del apóstol Judas Iscariote.

La triple negación del apóstol Pedro, ya establecido como Piedra de la Iglesia, es una herida que va más allá de los tres clavos del madero.

El abandono de los demás apóstoles, salvo Juan, es otra herida en el corazón de Jesús, Dios y Hombre verdadero.

Su asesinato cruento y barbarico culmina, en apariencia, la Pasión del Hijo de Dios que se hizo Hombre para la salvación del hombre.

Y me pregunto: ¿Acaso nosotros no hemos traicionado o no hemos padecido de traición? ¿Acaso no hemos negado a otros por cobardía, o hemos sufrido la negación de gente cercana?

¿Acaso no hemos abandonado a quien nos necesitaba y hemos sido también abandonados? ¿Acaso no hemos «asesinado» moralmente a otros, en especial a los que consideramos nuestros enemigos, y estos, afirmamos, lo han hecho con nosotros?

Sí, la traición, la negación, el abandono y el asesinato, son la parte más notoria de la Pasión de Jesús. Pero lo definitivo es el perdón. Repito: el perdón.

Siendo traicionado por Judas Iscariote, Jesús le llama amigo… Judas no le hizo más daño a Jesús que Pedro con su triple negación. Judas no creyó que Jesús lo podía perdonar y ya sabemos su destino.

Pedro se sintió perdonado en la mirada dulce de Jesús. Se arrepintió y siguió adelante. Los apóstoles que le abandonaron fueron perdonados por Jesús. Y quienes lo torturaron y crucificaron también fueron perdonados, en súplica a Dios Padre: perdonalos por qué no saben lo que hacen…

¿Y nosotros, queremos perdonar?

De la Pasión de Jesús nace la Resurrección de Jesús. La salvación del hombre para su camino a la vida eterna. Y el perdón está siempre presente en esta Santa Gloria.

Estos días de la Pasión y Resurrección de Jesús, nos deben llevar a perdonar y pedir perdón. La gracia necesaria para ello está en la Cruz del Calvario y en la presencia verdadera de Jesús resucitado.




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