Foto: Gaby Oráa | RMTF

Mariengracia Chirinos/Prodavinci

Alfredo no tenía ánimos para levantarse de la cama. Le confesó a Carolina que no quería vivir, pero apaciguaba ese pensamiento con su fe en la virgen del Socorro, la patrona de Valencia. Alfredo Fermín era el reportero más longevo de El Carabobeño, ejerció ahí por casi 50 años. Le diagnosticaron una depresión severa cuando dejó la reportería de calle y la redacción, a propósito del declive que vivió el periódico que se imprimió a diario durante 83 años. La versión impresa de El Carabobeño cerró como consecuencia de la crisis del papel prensa en Venezuela y se redujo al mínimo para subsistir en la esfera digital.

En las tardes, cuando batallaban por mantener el periódico en circulación, Alfredo cruzaba la redacción y se sentaba en la oficina de Carolina, mientras ella jerarquizaba las noticias de la primera página del impreso que circularía al día siguiente. Él le preguntaba con insistencia si por la escasez de papel prensa los obligarían a cerrar el periódico. Ella le contestaba que hacían todo lo posible para que no desapareciera este rotativo que era el referente informativo más importante del centro del país.

Cuando comenzó el confinamiento en Venezuela por la pandemia del coronavirus, Carolina González, la jefa de redacción de El Carabobeño, dejó de trabajar desde la sede del periódico por un tiempo, pero no dejó de atender a Alfredo. Aunque ella no era una de sus amistades más antiguas y de mayores confidencias, por tres años lo visitó todos los días y se encargó de su tratamiento médico.

Alfredo trabajó en las cuatro sedes que tuvo la empresa y eso le bastaba para autodefinirse como “una pieza arqueológica de El Carabobeño”. Se paseó por todas las fuentes y se destacó en la reportería de política y gobernación, los asuntos eclesiásticos y las coberturas culturales, en las que se valía de sus conocimientos de crítica de arte y otros estudios que había cursado en Francia. Su rutina transcurría en la redacción, realizaba todas las guardias de fin de semana y ya no se tomaba sus temporadas de vacaciones para irse a Europa. Alfredo ayudaba a los jefes a encontrar contactos y fuentes, apoyaba en la editorialización del periódico y aconsejaba a los redactores más jóvenes en sus coberturas.

Alfredo Fermín trabajó, de forma ininterrumpida, como reportero de El Carabobeño desde el 25 de marzo de 1971. Foto: El Carabobeño

Al reportero le angustiaba la incertidumbre sobre el abastecimiento del papel prensa y otros insumos para la producción de periódico, que comenzó en 2012 y se agudizó conforme avanzaban las decisiones gubernamentales. Entre abril de 2015 y marzo de 2016, El Carabobeño consumió sus inventarios de papel. En ese tiempo, Carolina perdió peso, se le descontroló la rutina, comía y dormía poco. No paraba en Valencia: sin descuidar sus tareas editoriales, saltaba de reuniones y protestas en Caracas a conferencias en otras ciudades.

El edificio de El Carabobeño, ubicado en Naguanagua en Valencia, fue inaugurado en 1997. El proyecto de arquitectura contemplaba un museo de la prensa. Foto: Gaby Oráa | RMTF

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El Carabobeño era uno de los seis periódicos de mayor tiraje en Venezuela desde los años 70 y 80, y hasta 2013 se mantenía como uno de los cinco de mayor circulación. La mitad de sus lectores eran mujeres; en su mayoría entre 35 y más de 60 años; y nueve de cada diez de quienes compraban el diario pertenecían a los estratos populares C, D y E.

El ecosistema de la prensa en Venezuela había logrado su mayor expansión histórica entre 2008 y 2013, cuando operaban entre 117 y 121 periódicos, según datos de Prodavinci. Solo 39 de ellos sumaban un tiraje diario de más de 2 millones de ejemplares. La prensa predominaba como uno de los principales medios en la torta publicitaria venezolana, y seis de cada diez venezolanos de todos los estratos sociales leían la prensa diariamente.

El papel que usan los periódicos en Venezuela depende de las compras internacionales, por eso este rubro estaba en la lista de prioridades del comercio exterior del país desde comienzos de la década del 2000, cuando el gobierno estableció el control de cambios.

La gestión de Hugo Chávez, a partir de mayo de 2012, obligó a los importadores a pedir una autorización a las instancias oficiales de comercio exterior. Con esta restricción, el gobierno alegó que los medios revendían ilegalmente el papel que adquirían a precios preferenciales. En mayo de 2013, Nicolás Maduro creó el Complejo Editorial Alfredo Maneiro S.A. (CEAM), como un monopolio estatal para la importación, venta y distribución de papel prensa. El inventario manejado por el gobierno era prioritario para medios impresos propiedad del Estado. En la segunda línea de despacho estaban los suscritos en el Cámara de Periódicos de Venezuela y, por último, quedaban los medios independientes.

La corporación Maneiro reportó, para su fundación, una capacidad de importación de 60 mil toneladas de papel prensa por año, un volumen similar al consumo aparente de 1965, que significaba solo un 10% del promedio de importación que se hizo entre 2003 y 2011.

Entre 2013 y 2014, las notas que Alfredo reporteaba en las calles de Valencia y los diarios que editorializaba Carolina se imprimían en lotes de 85 mil ejemplares los domingos, que eran los días de mayor circulación. De lunes a sábado mantenían 65 mil ejemplares. La escasez de papel prensa que se agudizó en 2015 los obligó a reducir a 25 mil ejemplares diarios, lo cual significó una disminución de 62% de su alcance en menos de dos años.

El Carabobeño, conocido como el diario del centro del país, se imprimía diariamente con 65 mil ejemplares. Foto: Gaby Oráa | RMTF

Los controles gubernamentales derivaron en la escasez de materia prima para la producción de los diarios en Venezuela. Luego vino el cese de circulación temporal de los periódicos regionales. Ocurrieron los cierres definitivos de ediciones impresas y la desaparición de empresas de periódicos que han dejado a más de 12 estados sin medios impresos, hasta 2021. Mientras tanto, en Venezuela el acceso digital no estaba garantizado ampliamente entre 2016 y 2018: 48% de la población no tenía servicio de internet y los usuarios digitales no pasaban de 16 millones. Una de cada dos personas reportaban tener desconexiones frecuentes de internet.

Carolina González, jefa de redacción de El Carabobeño, tiene más de dos décadas ejerciendo el periodismo en este medio. Foto: Gaby Oráa | RMTF

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Carolina comenzó en El Carabobeño en 1992. Era una joven reportera y su primera misión fue ser corresponsal en el estado Aragua y parte de Guárico. Ahí le correspondió cubrir intentos de golpes de Estado, conflictos de las elecciones regionales y locales, y la destitución del presidente de la república, Carlos Andrés Pérez. Le tocó dirimir los asuntos gremiales cuando se desempeñó como secretaria regional del Colegio Nacional de Periodistas. En 2001, la designaron periodista de la guardia nocturna y luego editora. En los primeros meses tuvo a su cargo la cobertura de conflictos entre la oposición y el gobierno de Hugo Chávez, paros cívicos, marchas e insurrecciones que marcaron los años 2001 y 2002.

La periodista ganó un ascenso en 2008 que la llevó a ser la primera mujer en la historia del diario en asumir la jefatura de redacción. Carolina enfrentó su mayor desafío cuando empezaron las dificultades para garantizar el papel prensa y otros insumos para la producción e impresión del diario.

El Carabobeño tenía 300 trabajadores y una redacción dividida por secciones, conformada por 60 periodistas y cinco corresponsalías. Foto: Gaby Oráa | RMTF

  El Carabobeño —el diario que Nicolás Maduro antes calificó como de “la oligarquía rancia de Valencia”, propiedad de unos “bandidos”— necesitaba 300 bobinas para imprimir y solo lograron comprar 72 al Complejo Alfredo Maneiro en marzo de 2015. Su primera medida de austeridad fue suprimir productos editoriales, cuerpos y paginación. Cambiaron de formato de pliego completo a medio pliego. Desde el complejo Maneiro y otras instancias regionales le manifestaban a la directiva de El Carabobeño que no había papel, hasta que los excluyeron de las listas que autorizaban la compra regulada. “Desde febrero de 2015, los despachos fueron cada vez más irregulares”, contaban en el periódico. Buscaron distintas alternativas y optaron por comprar insumos “a precio de bachaqueros”, reventa con sobreprecio, fuera del mercado oficial.

“Señor gobernador (Francisco Ameliach), no permita que usted sea recordado como el gobernador en cuyas manos se perdió la historia documental de su ciudad tan querida que es Valencia”, exigía Alfredo en un vídeo de la campaña #YoSoyCarabobeño.

El Carabobeño estaba entre los primeros cinco periódicos de mayor influencia en el país. Foto: Gaby Oráa | RMTF

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Desde su fundación en 1933, El Carabobeño no había cedido a las presiones. Sus periodistas no se dejaron intimidar por la persecución de Juan Vicente Gómez. Los funcionarios se enfadaron por un titular de ese rotativo —apenas naciente a cuatro páginas— que refirió el destrozo que hacían las langostas en la agricultura de la región. Las molestias del poder oficial obligaron a suspender la circulación por 25 días. El medio continuó operando y su fundador Eladio Alemán Sucre se exilió en Cuba, entre 1934 y 1936, hasta el cambio de gobierno en Venezuela.

El periódico tampoco se doblegó ante las amenazas que aparecieron en 1952 con la suspensión momentánea del rotativo, bajo la orden del entonces gobernador del estado Salvador Llobet, quien impuso una medida de censura contra el diario durante tres días luego de que el jefe de información de El Carabobeño criticara datos de la memoria y cuenta del mandatario regional, contó Alfredo en una de sus columnas semanales. Sesenta y tres años después, la suspensión del diario —gestionado como una empresa familiar— era inminente.

El periódico fue fundado el 1 de septiembre de 1933, por Eliadio Alemán Sucre. Foto: Mariengracia Chirinos

Carolina acompañó a los periodistas y trabajadores del periódico que no querían perder su trabajo. Salieron a manifestar, pidieron ante la fiscalía que cesara el ataque contra El Carabobeño, y estuvieron en vigilia, en modo de protesta, hasta que se agotó el inventario de papel. Por esos días, Alfredo dijo en una entrevista: “Cuando la gente se queda sin periódicos o sin medios de comunicación, (todo) es caos y angustia”.

“Nos quedan 9 días”, apareció en un cintillo de la portada que activó la cuenta regresiva hasta el día en que dejaron de circular. Carolina y algunos de sus compañeros del equipo técnico y de la redacción hicieron una vigilia hasta la impresión del último ejemplar de la edición diaria, que circuló el jueves 17 de marzo de 2016. Cuando pulsaron el botón rojo que detuvo la rotativa a media noche, Carolina lloró mientras apretaba en sus manos su última producción con la portada pintada de negro y con un único título: “Zarpazo a la libertad”. La jefa de redacción declaraba que, pese a esta pérdida, iban a seguir informando, que el periódico no estaba en venta y no iban a cambiar la línea editorial por las presiones del gobierno que pretendían hacer desaparecer al medio.

Los relatores de libertad de expresión de la Organización de Estados Americanos y Naciones Unidas exigieron una solución a las autoridades venezolanas con respecto a la escasez de papel, debido a las suspensiones temporales o definitivas que, al igual que El Carabobeño, afectaba a periódicos como El Siglo (Aragua), La Mañana (Falcón), Nueva Prensa (Bolívar) y El Mío (Anzoátegui).

A las 10:16 de la mañana del 31 de marzo de 2016, Carolina llegó al quinto piso del Tribunal Supremo de Justicia en Caracas, para presentar una demanda y un amparo cautelar, preparados por Espacio Público. Consideraban que este hecho constituía una violación a la libertad de expresión, afectaba los derechos colectivos de los venezolanos y era medida de “persecución y censura a los medios informativos no aliados con el gobierno”. Solicitaron a la Sala Constitucional que le ordenara, al Complejo Maneiro y a su director Hugo Cabezas, garantizar el papel prensa y “asegurar la circulación y el libre flujo informativo” de El Carabobeño.

Esperaron 21 meses por la sentencia que en su decisión final expresó que esta causa no revestía “relevancia nacional”. En esos meses, Carolina vio cómo la crisis obligó a El Carabobeño a cerrar oficinas, departamentos y sus cinco corresponsalías en Caracas, Maracay, Guacara, Puerto Cabello y Bejuma.

—Yo prendía las luces de la redacción porque toda esa oscuridad no me gustaba. Empecé a sentirme triste y me hacía preguntas. ¿Dios mío, qué será lo que me pasa, si yo sigo trabajando? Trabajaba, quizás, con más fuerza porque era más gente la que nos estaba leyendo en la web que la que compraba el periódico.

Seis meses después, el 1 de septiembre de 2016, El Carabobeño cumplió 83 años de fundación y su única ventana era la web. Con un remanente de papel que les quedó de la última impresión decidieron celebrar ese aniversario con una edición de colección que dedicaron a la libertad de expresión, y distribuyeron 1.000 ejemplares, un tercio del tiraje con el que el diario se estrenó en 1933. Carolina y los periodistas decidieron repartir este número especial, sin costo, en distintos puntos de Valencia.

—Todos nos fuimos a la calle para que la gente supiera que todavía estábamos luchando. La gente nos decía: “Queremos El Carabobeño otra vez”.

Aprovecharon esa energía e inventaron el regreso de El Carabobeño impreso en un nuevo formato: un semanario. La directiva compró bobinas de papel prensa a precios elevados, fuera del mercado oficial. Una de las primeras decisiones de la jefa de redacción fue llamar a Alfredo para decirle que le había reservado una página para que continuara con su columna.

—Él seguía escribiendo, se empezó a sentir vivo, recuperó el gusto de estar todos los días en la redacción.

La primera edición salió el 31 de septiembre de 2016. A la redacción volvió la adrenalina de trabajar para el producto impreso que circulaba los viernes: reuniones editoriales, pautas, montaje de la portada, edición de textos, revisión de las maquetas. Nada más satisfactorio para Carolina que irse de nuevo a casa con el primer ejemplar debajo del brazo.

—Cuando sacamos el primer semanario, fui a entregárselo personalmente a la gente que nos apoyó, en Valencia y en Caracas.

Alfredo disfrutó los 16 números que editaron semanalmente. El duelo reapareció el 10 de febrero de 2017, cuando se terminó el papel. Los altos costos fuera del mercado oficial, las restricciones gubernamentales y la caída de los ingresos por publicidad hicieron que se despidieran definitivamente de la versión impresa.

Un día antes de la clausura del semanario, Alfredo escribió en su columna: “La merma de la prensa impresa independiente está contribuyendo a que la historia de Venezuela sea contada y escrita de la manera como los gobiernos de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro lo planearon”. Sus palabras referían también la realidad de otros 17 periódicos que cesaron sus operaciones impresas entre 2013 y 2016. En 2017 se sumaron 17 periódicos más a la desaparición definitiva de los impresos en Venezuela, de acuerdo con los registros de Prodavinci.

El Carabobeño era un periódico que hasta marzo de 2016 estaba conformado por 300 trabajadores y una redacción de 60 periodistas, repartidos en secciones especializadas. Seis meses después quedaban 10 reporteros —cuatro de cobertura de calle, uno de guardia nocturna, y algunos editores—. En agosto de 2018 se redujeron a cinco periodistas, entre los que se contaba Carolina, quien definía la agenda editorial, editaba contenidos y salía a las calles a reportear.

 

El puesto de Alfredo Fermín estaba en una esquina de la redacción. Su cubículo lo convirtió en su biblioteca personal de periodismo Foto: Gaby Oráa | RMTF

—Todo el esfuerzo lo hemos hecho con el norte de mantener el medio, y si para eso tengo que tomar fotos, escribir, editar un vídeo, pues lo hago. Así es la historia de todos los que nos ha tocado enfrentar la pérdida de un periódico.

Varios premios de periodismo a escala local llevan el nombre de Alfredo Fermín. Uno de ellos es el galardón que, desde 2019, entrega el Colegio Nacional de Periodistas. Foto: Gaby Oráa | RMTF

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Carolina llegó a la casa de Alfredo luego de que varios compañeros le contaran sobre el deterioro de la salud del reportero. Era un apartamento lleno de obras de arte que reflejaba la pasión por la cultura que él cultivó desde sus inicios como periodista. La puerta de entrada estaba abierta, él estaba solo, acostado en su cuarto. Carolina se preocupó.

Algunos vecinos cuidaban de él. Desde ese momento, Carolina lo iba a ver todos los días. En una oportunidad lo consiguió más ansioso y desanimado de lo habitual porque se había tomado, compulsivamente, todas las medicinas y se había quedado sin reservas del tratamiento para la depresión, indicado por sus médicos.

Ella asumió la responsabilidad de la administración de los medicamentos que necesitaba Alfredo. Una de las decisiones que Carolina tomó para que su plan resultara efectivo fue inscribirse en un gimnasio que queda justo al lado del edificio donde vivía Alfredo. Así se obligaba a ir todos los días y, de una vez, le daba las medicinas y pasaba un rato con él.

Carolina logró hacer una tribu de protección —junto con uno de los ahijados de Alfredo y Claudet, una vecina del edificio— para que se sintiera acompañado. Se repartían las visitas a lo largo del día, se reunían con él en diciembre, trataban de llevarlo a los sitios de Valencia que solía frecuentar.

Pero Alfredo quería salir cada vez menos, ni siquiera le animaba ir a misa, que era parte de su rutina. Cuando sus compañeros de El Carabobeño querían alegrarlo, se organizaban y le llegaban de sorpresa a su casa. Conversaban sobre temas que le fascinaban: crítica de arte, cultura e historia de Valencia y París, donde vivió un tiempo.

—Le venía la alegría, empezaba a animarse, a recordar, pero cuando terminaba se afligía. Volvía a ser un lúcido triste —percibía Carolina, cuando él se cansaba de estar sentado y pedía permiso para irse a su cama.

Solo un par de veces Alfredo volvió a la sede de El Carabobeño cuando Carolina lo llevó de visita. En un rincón de la redacción seguía intacto su puesto de trabajo. Ahí estaba su biblioteca, cuadernos, esculturas, portarretratos, diplomas, premios y otros objetos que acumuló a lo largo del oficio que ejerció por casi medio siglo. En la sala con poca luz seguían las mesas de escritorios dispuestas en tres hileras, algunas sillas, gaveteros, dispensadores de papel, carteleras de corcho, documentos y sobres amarillos olvidados. No había computadoras. Tampoco redactores ni editores ni reporteros gráficos ni diagramadores.

Alfredo Fermín recibió, en 2014, el Doctorado Honoris Causa en Ciencias de la Educación de la Universidad de Carabobo. Foto: Daniel Pabón.

—Alfredo no recogió sus pertenencias porque nunca entendió que debía irse de El Carabobeño —concluyó Carolina.

Frente a las ventanas con vista a la urbanización La Granja en Naguanagua, Valencia, estaba un cubículo del que colgaban dos páginas centrales de la edición impresa del 23 de mayo de 2014. Los periodistas estamparon ahí la crónica del día cuando él vistió el traje académico y recibió el Doctorado Honoris Causa en Ciencias de la Educación de la Universidad de Carabobo. El día que se convirtió en doctor, Alfredo contó que migró de su natal Margarita, donde vivía cerca de un burdel y al frente de un basurero, a Valencia, donde médicos de la Universidad de Carabobo lo curaron de una aneurisma cerebral. Siendo niño, perdió a su mamá biológica. Con 26 años de edad saltó al ejercicio profesional. La decisión vino después de un sentido reclamo que le hizo Concepción Ordaz de Rojas, su madre adoptiva, quien lo emplazó a buscar trabajo como periodista, y le ordenó que dejara las andanzas de vender ropa, un negocio informal que apenas comenzaba con su hermano.

Alfredo Fermín niño escribió la prensa mural de su escuela y de estudiante de periodismo editó el periódico anónimo hecho a mano llamado “La Cosneta”. Foto: Gaby Oráa | RMTF

Consiguió una entrevista de trabajo en El Carabobeño, recomendado por Héctor Mujica, quien había sido director de la Escuela de Periodismo de la UCV. Le asignaron como prueba escribir una nota sobre el aniversario de la fundación de Valencia, cumplió su pauta y se fue a casa sin conocer el resultado. Al día siguiente vio que su texto destacaba en la portada del periódico. Ese mismo 25 de marzo de 1971 anunciaron que su primera misión era ser corresponsal de El Carabobeño en Maracay. Así se convirtió en el primer periodista con título universitario del estado. En 1976, fundó la secretaría regional del Colegio Nacional de Periodistas, y al año siguiente empezó a narrar noticias en Radio Latina.

En las páginas de El Carabobeño lanzó su columna semanal Hoy y después en Valencia, esfuerzo que sostuvo por 40 años para contar la valencianidad, la cultura y la historiografía local. Muchos lo respetaban por ser el cronista sentimental de Valencia. Su legado periodístico quedó sellado en varios premios que llevan el nombre de Alfredo Fermín. El Colegio Nacional de Periodistas honró a este reportero con la creación, en 2019, de una orden epónima. Carolina fue su compañera en estas celebraciones.

Falleció el periodista Alfredo Fermín González
Sus compañeros reporteros decían que el estilo, la esencia o el corazón redaccional de El Carabobeño lo encontraban leyendo a Alfredo Fermín. Foto: El Carabobeño

A comienzos de 2020, solo 6% de 2000 entrevistados reportó que utilizaba la prensa como medio para informarse, refirió una encuesta de Consultores 21, una empresa de investigación de mercado. Venezuela contaba con veinte periódicos menos, que dejaron de circular durante la pandemia por covid-19, de acuerdo con datos recopilados por Prodavinci entre junio y septiembre de 2020. Con ellos, suman 100 los medios impresos que desaparecieron en el país entre agosto de 2013 y mayo de 2021. De esta cifra, 41 cerraron sus puertas definitivamente; otros 57 subsisten en la web, como El Carabobeño.

Los días que Carolina no podía ir a casa de Alfredo, lo llamaba por teléfono. A sus 75 años, tuvo varios tropiezos y caídas en la casa. Se quejaba de que le dolía el cuerpo y se sentía enfermo, pero los médicos lo encontraban con buena salud física. Al amanecer del martes 16 de junio de 2020, el teléfono de Carolina repicó con el aviso de que había una emergencia. Se arregló y manejó hasta la casa de Alfredo. Cuando llegó, había muerto.

Carolina y sus compañeros de redacción honraron la vida de Alfredo desde la sede de El Carabobeño. Rezaron un rosario, organizaron una tertulia como las que él solía hacer desde su puesto de trabajo, y recordaron su anecdotario.

Carolina sigue su rutina en El Carabobeño. Mudó la redacción a la cabina, de menos de 30 metros cuadrados, donde antes existía la radio digital de este medio. Con 52 años de edad y 30 años de experiencia periodística, sigue como reportera de calle: en 2017, en la cobertura de una protesta, militares le lanzaron una bomba lacrimógena que le hirió un ojo, la mejilla y el cuello; en 2019 viajó en bus hasta Cúcuta para narrar lo que ocurrió con la ayuda humanitaria; en 2020 durmió en una cola por la escasez de gasolina y escribió una crónica durante la pandemia; en febrero de 2021 acompañó a un reportero de su equipo a una citación en tribunales por una causa judicial, bajo los presuntos delitos de difamación e injuria.

—Por ahora estamos tratando de resolver esta parte de la historia.

Especial factor.prodavinci




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