El ser humano es un ser de encuentros, de vincularidad, de interpretación, de entendimientos y confrontaciones; esto es lo que conlleva a la enorme diversidad de la conducta. Toda esta variación es, parcialmente, causa y efecto de la creación y utilización de las palabras. !Cada palabra es un símbolo que lleva contenidos asociados; que activa emociones y sentimientos! Al intervenir como procesos activos, las palabras mueven información, varían la existente y difunden la nueva, conformando así la base de la operatividad cerebral.

En la gramática tradicional, nos referimos a las palabras como cada uno de los segmentos limitados, existentes en las cadenas del habla, sean estas habladas, escritas o por señas, consideradas para la función básica y primaria de expresar ideas. Cada palabra es un vocablo, es una voz, es una expresión; es un real contacto. La palabra es uno de los elementos que nos hace verdaderamente humanos, y que nos distingue a los humanos de otros animales.

Los orígenes del lenguaje, y con este, de la palabra, es un misterio. La arqueología nos dice muy poco sobre este asunto. Se ha propuesto que (como profetizó Darwin) el lenguaje se inició tímidamente con los cantos, combinado con mímica e imitación de sonidos, hace unos 40.000 años, cuando los humanos empezaron a usar símbolos abstractos según evidencian las pinturas rupestres. Sin embargo, el hombre de Neandertal poseía las estructuras anatómicas necesarias para poder hablar, hace 400.000 años.

La presencia de la palabra, finalmente, ha sido el proceso de desarrollo más complejo de nuestra especie. Millones de años han debido pasar para llegar a la calidad de la palabra que tenemos hoy. Deberíamos ser más respetuosos y usar la palabra para aclarar, y no para oscurecer; para comunicarnos, y no para separarnos; y para seguir construyendo con ella, que es la base de los grandes proyectos que la humanidad ha emprendido.

El lenguaje, la palabra y el pensamiento van de la mano; pensamos, necesariamente, con palabras, para decirlo esquemáticamente: Si tenemos pocas palabras, tenemos pocos pensamientos, pero si hemos aprendido muchas palabras, tendremos una riqueza de pensamientos, con gran variedad para comunicarnos. La palabra es, de alguna manera, una expresión de nuestra relación con el mundo. El perro -creemos- no tiene lenguaje, no tiene palabras, por lo tanto, no tiene pensamientos. Nadie dice que no tenga sentimientos (celos, rabia, miedo, hambre, etc.), pero no tiene lo que se entiende por pensamiento. Es por ello por lo que nos preocupa el deterioro del lenguaje que observamos en algunos adolescentes, cuya pobreza, lejos de ser algo gracioso, simpático o gesto de rebeldía, solo expresa un preocupante vacío interior en sus pensamientos. ¡La práctica de la lectura, y con ello de las palabras, es, en ese sentido, una herramienta eficaz de promoción del lenguaje y, por ende, del pensamiento y la inteligencia!

Etimológicamente hablando, el término palabra deriva del latín parabŏla. La palabra permite informarnos sobre lo que ocurre en nuestro tiempo presente, y a partir de esta información puede cambiar, tanto el estado anímico como las acciones que emprendamos. Estas razones han fortalecido el comentario tan usado de decir que: “Hay palabras que mueven montañas”. Pensemos que cuando una persona recurre a otra, o a otras, y se considera escuchado, se siente valorado y útil. Puede, entonces, contribuir a repotenciar el valor de las palabras que produce o escucha. Nos referimos al valor activador de la palabra.

Palabra puede representar, también, la promesa, el compromiso u oferta que hace una persona a otra, u otras, en forma de expresión hablada o escrita. Un ejemplo claro es cuando se dice: “Te doy mi palabra de que todo se cambiará  pronto”. Palabra también se refiere al empeño que pone una persona en mostrar la verdad o confiabilidad de lo que dice o afirma; como al afirmar: “Hoy en día, nadie cumple con la palabra que dice”.

Es esencial comprender en profundidad la fuerza de la palabra, en las múltiples dimensiones de la vida humana; como aliada del pensamiento y como arma civilizadora. Se trata de rescatarla de su degradación creciente, y de intencionales distorsiones e, incluso, de los silenciamientos derivados de la devaluación cultural…

¡Grandioso es el mundo de la palabra humana!




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