La relevancia de los periodistas en la defensa del sistema democrático quedó nuevamente
en evidencia tras el anuncio del premio Nobel de la Paz a María Ressa, de Filipinas y
Dmitry Muratov, de Rusia, reconocidos por sus esfuerzos en salvaguardar la libertad de
expresión, principio que regímenes en distintas partes del mundo pretenden aplastar para
que no se informe sobre hechos de corrupción, represión, persecución, desapariciones
forzadas a la disidencia, entre otros delitos tan comunes en las administraciones actuales,
tanto las que dicen llamarse de izquierda, como las de Derecha.

Así que un Nobel para nuestros colegas lo celebramos como nuestro. Además, nos
permite reafirmar el compromiso que tenemos con las audiencias, con el oficio mismo y
con la libertad de prensa, tan necesaria para ejercer esta profesión a plenitud. También
representa una gran oportunidad para recordarle a los poderes establecidos, que no
firmamos alianzas para beneficiar gobiernos, iglesias, empresarios, pues somos servidores
públicos y fiscalizamos para garantizar mayor transparencia.

Hacer lo contrario se convertiría en una vil traición a los principios éticos de la carrera y a la propia esencia del ser humano, que, aristotélicamente hablando, encuentra la felicidad al hacer el bien.

Ressa y Dmitry representan ese periodismo posible que se crece en adversidad. Han
enfrentado el creciente autoritarismo que se vive en sus respectivos países, lo que les ha
valido acusaciones, amenazas, cárcel y la muerte de compañeros periodistas. La situación
en Filipinas, por ejemplo, es bastante compleja.

El gobierno de Rodrigo Duterte ha emprendido polémicas campañas antidrogas en las que se invita a matar a cualquier sospechoso de narcotráfico, las cuales han sido denunciadas por periodistas por haber provocado una “guerra entre la propia población por el gran número de muertes”. Además, Ressa ha hecho público el uso de redes sociales para propagar noticias falsas y acosar a opositores.

En Rusia la situación no es distinta. Desde el periódico Novaja Gazeta, Dmitry ha
informado sobre sonados hechos de corrupción y abusos por parte del gobierno de Putin.
El resultado: seis reporteros de este medio asesinados, por lo que el Nobel es considerado
como una retribución al periodismo ruso, reprimido y perseguido en un país donde no se
respeta a quien piense diferente.

América Latina no escapa a esta realidad. En Colombia y México decenas de periodistas
son asesinados anualmente por redes del narcotráfico que han conformado
prácticamente un Estado paralelo; en Venezuela cada día se cierran espacios, se
criminaliza la opinión y el Gobierno compra medios para imponer las verdades de la
revolución. Estos, son solo algunos ejemplos de lo que ocurre en la región.

A pesar de la adversidad y el oscurantismo que se pretende establecer, los periodistas se mantienen firmes a sabiendas de los riesgos que se asumen. Persiste su afán por mostrar los hechos que los gobiernos pretenden mantener ocultos, en un asunto que no tiene que ver con ideologías.

Recordemos que el periodismo independiente, serio y responsable no nació para complacer al poder, de lo contrario, nos convertiríamos en máquinas de propaganda, que, si bien existen, se alejan del ideal por el que tanto se ha luchado para garantizar una prensa libre y un sistema democrático pleno, en donde los medios estén marcados por la pluralidad, respeto, diálogo y no por las imposiciones gubernamentales.




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