La estampida de venezolanos huyendo del desastre y el caos en el cual la revolución dictatorial de Nicolás Maduro ha convertido a Venezuela es muestra de que ya nadie quiere vivir en este país, porque se encuentra lisiado por sus cuatro costados  por la corrupción y la inoperancia gubernamental. Ni un hueso de su estructura política, económica y social está sano. Tiene graves fracturas debido a los fuertes golpes recibidos,  por la expropiación, la confiscación y la nacionalización decretada por Hugo Chávez Frías para acabar poco a poco o de un porrazo con la empresa privada y  erigir la pública como la tabla de salvación de los pobres, con el único propósito de concretar el Socialismo del Siglo XXI, amparado en el Estado Comunal y la economía colectivista, bases  del comunismo caído en la Unión Soviética y ese de Cuba, causante de la miseria de la mayoría de sus  moradores.

Alrededor de 4 millones de personas han emigrado de esta nación que en otrora contaba con la economía más estable de Latinoamérica, así como con una democracia sólida e idónea para vivir con excelencia y bienestar e invertir en las áreas más propicias para alcanzar la bonanza y alcanzar el progreso económico, pues había seguridad jurídica y se respetaba el Estado de Derecho.

Características que ya hoy no están, razón por la cual la gente sigue saliendo legal e ilegalmente de la tierra de Simón Bolívar en la  búsqueda de nuevas oportunidades o con la intención de oxigenar sus neuronas, abandonando por un tiempo la serie de penalidades y calamidades físicas y económicas sufridas para obtener productos alimenticios o un simple remedio para un resfriado, así como el  delirio causado por los constantes cortes y bajones eléctricos, la falta de agua potable por tubería, además de la insalubridad originada por la no recolección de los desechos sólidos.

Huir es para ellos la mejor opción para no enfrentarse a la odisea diaria requerida para comprar un kilo de arroz, harina precocida, pasta, pollo, carne, queso y demás alimentos que anteriormente estaban acostumbrados a comprar, a cualquier hora, en los distintos supermercados establecidos en el país, la mayoría de los cuales se encuentran en los actuales momentos totalmente desabastecidos o a punto de cerrar sus puertas, por la carencia de productos alimenticios que vender por su falta en la red de la cadena alimenticia, a causa de las medidas económicas pro comunistas dictadas por  gobierno nacional que impide el libre comercio y la  aplicación de  ley de la oferta y la demanda.

Esa Venezuela próspera donde el venezolano no se tenía que someter a una odisea para poder comer o tomarse un medicamento esta hoy colapsada y a punto de perecer por la ruina que han dejado las distintas políticas públicas dictadas por el jefe máximo del Ejecutivo Nacional, quizá con el propósito de lograr esa miseria Estadal para obtener un venezolano inerme económica, física y mentalmente que pueda dominarse fácilmente y se convierta en un ser absolutamente dependiente   de las dádivas otorgadas por el gobierno.

Tal vez esa sea la razón principal del oprobio que el gobierno de Nicolás Maduro somete cotidianamente  a los moradores de esta tierra que un día fue de gracia, pero que  en la actualidad se ha convertido en desgracia, porque la pobreza aumentó de 48 por ciento, en 2014, a 87 por ciento, en 2017. Mientras la pobreza extrema se ubica en 61,2 por ciento, según datos aportados por investigadores de las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello en la Encuesta  Nacional de Condiciones de Vida, ENCOVI. Cifras que demuestran la forma voraz como en Venezuela se está extinguiendo a los no pobres y que ese pequeño porcentaje que queda de no pobres en cualquier momento se puede pulverizar y pasar al estadio de pobre o de pobreza extrema, si, con urgencia, el gobierno no hace las rectificaciones políticas, económicas y sociales requeridas  y deja de manejar el problema con el cuento de una guerra económica, porque la misma es una falacia y un mecanismo para no aceptar que la revolución bolivariana fracasó,  pues su único mérito es haber destruido la nación y empobrecido a la población.

Estudio que demuestra que el Socialismo del Siglo XXI no es el mejor sistema para vivir, porque por primera vez en la historia del país, en 2017, el 64,3 por ciento  de la población, perdió un promedio de 11 kilógramos sin un régimen dietético médico, sino por el no consumo de una alimentación balanceada o el tener que someterse al hambre o a una sola comida sin el total de calorías necesario para su organismo. En 2016, el 75 por ciento de los encuestados refirió pérdida de peso no controlado de 8 kilos y medio y en el caso de los más pobres, esa cifra se elevó a 9 kilos. 9,6 millones de venezolanos comen dos o menos veces al día, con la ausencia frecuente de proteínas en sus ocasionales menús.

Pero la ignominia a la población venezolana no se queda en la pobreza.  La pobreza y  la miseria no son incólumes. Daña la vida.  Origina  nefastas  consecuencias y los más vulnerables a sufrirlas son los niños, quienes por falta de comida abandonaron la escuela. Esto le sucede al 39 por ciento de la población en edad escolar, es decir, cuatro de cada 10 niños perdieron su derecho a la educación por el hambre. Situación realmente peligrosa para ese sector de la población, por cuanto su futuro académico ha sido cortado abruptamente, transformándolos en hombres y mujeres prematuramente que se ven obligados a trabajar en empleos informales y no aptos para su edad, en aras de llevar un sustento a  su hogar para ayudar a sus padres a mantener a la familia.

Con esa realidad, se ensombrece el futuro del país aún más, porque la generación de relevo no se está formando para enfrentar los retos del Siglo XXI ni la de los siglos  del mañana. El hambre y la deserción escolar se convierten en sus principales enemigos para actuar  como los vanguardistas de los tiempos por venir. Y sí Nicolás Maduro continúa propulsando el Socialismo del Siglo XXI como forma de ejercer el poder  y aplicando   medidas populistas, efectistas y demagógicas a los problemas estructurales existentes en  la nación, no se solucionará esta grave crisis, sino que se profundizará hasta llegar al hoyo de la destrucción total.

Una barbarie socialista que golpea y golpea diariamente el corazón económico, político y social  de Venezuela para extirparle toda su sangre  que les permita permanecer en el poder y seguir usufructuando las pocas bonanzas que da la venta del petróleo y las muchas que promete las actividades depredadoras efectuadas en el arco minero,   aunque  más del 80 por ciento de los venezolano no quiere a Nicolás Maduro como presidente de la República ni aprueba sus políticas hambreadoras y violadoras de  las leyes y los tratados preservadores del bienestar y la vida humana.

Sordos, ciegos y mudos parecieran estar tanto el primer mandatario nacional como los miembros de su gabinete y demás funcionarios que lo sucumban frente a la grave crisis humanitaria existente actualmente en Venezuela. Pareciera que no sienten un ápice de compasión por aquellos que sólo les sobresalen los huesos por la desnutrición o por los otros que mueren a los pocos días de nacer a causa del hambre o la falta de una medicina. Tampoco se conmueven por quienes suplican un remedio o que arreglen un aparato para poder hacerse una quimioterapia, radioterapia, diálisis, tomografía u otro estudio y tratamiento necesario para seguir existiendo. No hay dolor por el prójimo ni sensibilidad ante su llanto. Únicamente hay obsesión por el poder omnímodo para seguir gobernando a sus anchas e instaurar jurídicamente su proyecto socialista. Quizá para satisfacer los deseos fervientes de Fidel y las exigencias de Raúl. Mientras este tormento transcurre, vivir en Venezuela se ha transformado en una verdadera odisea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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