“En España, en cambio, esa importante tarea social recae siempre sobre los mismos: políticos previsibles hasta el hartazgo -y por lo general de una incultura, un discurso plano y unas maneras desoladoras-, que manejan casi como único argumento lo malos y perversos que son sus adversarios, y periodistas que salvo nobilísimas y escasas excepciones suelen encuadrarse en dos grupos: los sectarios que confunden periodismo con militancia, sea cual sea ésa, y los todoterreno capaces de opinar de todo y de todos, que igual se acuestan siendo expertos en economía griega que se levantan listos para ejercer, sin complejos, de críticos de arte moderno, especialistas en misiles o analistas del Kremlin”. Arturo Pérez-Reverte.

La mayoría de quienes escribimos por estos medios de comunicación social, ahora digitales como consecuencia de las medidas del régimen que gobierna Venezuela quien de un tirón nos dejó sin papel donde garabatear nuestras opiniones. Por si fuera poco, hoy somos víctimas inmisericordes en estos tiempos eufóricos de cuadraturas de candidatos sin oportunidades de éxito, de elecciones que muchos desconocen y aborrecen, ni siquiera están al tanto de la fecha de los sufragios. En concordancia, representan en buena parte, intensas presiones por inmerecidas. Coacciones inaceptables, a las que, por supuesto, no debemos acceder un ápice. Aclaro, que cuando nos referimos a los escribidores no lo hacemos bajo la acepción del sentido coloquial del término.

La presión del tiempo es apremiante para el articulista quien tiene un día y una hora fija de entrega a la semana; a diferencia de quienes, por ejemplo, escriben una novela disponen de tiempo indeterminado que les aleja de la terrorífica página en blanco sin saber qué cosa decir ni qué hacer.

Los genuinos columnistas son aquellos quienes asumen su oficio como su ocupación principal. La libertad expresiva de la que gozan los articulistas es casi total, desde luego mucho mayor que la de los editorialistas. El articulista puede elegir el tono, la perspectiva, la seriedad, con la que piensa dirigirse a sus lectores. Mientras que el editorialista siempre está sometido en su escritura a cierta solemnidad. El artículo de opinión está estrechamente ligado al autor, por ello su credibilidad y capacidad de influencia dependen del prestigio y autoridad que merezca esa firma a los lectores. El columnista opina, analiza; los más atrevidos como videntes presagian el futuro como si fueran oráculos que escuchan las palabras de Dios.

Finalmente, cual vidente de baja cuantía, ahora adentrado en las cosas terrenas en oposición a lo celestial o espiritual, la unidad hoy más que antes ha sido absurdamente una fábrica de inconvenientes, de tropiezos, de trabas, de fisuras, de tapón, en lugar de ser vasos comunicantes entre las diferentes tendencias políticas que conforman el organismo de la oposición. Por lo tanto, el caso real es que muchos en la oposición utilizan indistintamente las expresiones “unidad” y “unión” como si fueran la misma cosa. Pero no, la clase opositora venezolana en vez de anhelar la unidad política que ha sido tan embarazosa de conservar, debe procurar más bien la unión que tenga una gran magnitud, dirección y sentido de propósito. En otras palabras: la unión política es sinergia, acción conjunta, sin más compromiso que ese. Sin unidad no hay ninguna posibilidad de victoria en Carabobo, presumo que en las otras regiones del país el resultado sería idéntico.

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