“…Vivimos el signo de la garde á vue (detención por averiguación de antecedentes) Nos dicen que los tribunales están empantanados. Podemos verlos. Pero, ¿Y si fuera la policía quien los hubiera empantanado? Nos dicen que las prisiones están sobre pobladas. Pero… ¿Y si fuera la población la que estuviera siendo sobre encarcelada?”. Michel Foucault.

Michel Foucault (1926-1984) fue un filósofo francés que centró su obra en mostrar que las ideas básicas que la gente considera verdades permanentes acerca de la naturaleza humana y la sociedad, cambian a lo largo de la historia.

Las principales influencias en su pensamiento vinieron de los filósofos alemanes F. Nietzsche y M. Heidegger, ampliando y analizando lo que sostenía el primero en cuanto a que la conducta humana está motivada por una voluntad de poder y que los valores tradicionales habían perdido su antiguo dominio opresivo sobre la sociedad; y del segundo, las críticas a nuestro actual entendimiento del ser tecnológico.

Sus estudios enjuiciaron tanto al pensamiento de Marx, como al de Freud. Foucault indagó acerca de los modelos cambiantes de poder dentro de la sociedad y como el poder se relaciona con la persona. Exploró las reglas cambiantes que gobiernan las aspiraciones que pueden ser tomadas en serio como verdaderas o falsas en diversas etapas de la historia.

El pensamiento de este filósofo lo encontramos en sus obras “Locura y civilización” (1960), “Las palabras y las cosas” (1966), “Vigilar y castigar” (1975), “Historia de la sexualidad” (1976), “El uso del placer” (1984), y “La preocupación de sí mismo” (1984).

La riqueza del pensamiento de Foucault estriba en el hecho de combinar algunos temas clásicos de la filosofía -el problema del poder, la historia, la ética- con otros asuntos más originales, como el problema de la locura, la sexualidad y la prisión.

De su análisis de Nietzsche se desprende que la verdad no es ajena a la cuestión del poder, a interminables constantes que conllevan efectos en los individuos, en las instituciones y por supuesto, en el amplio dominio del poder.

De allí estas afirmaciones: …”El problema político esencial para el intelectual no es criticar los contenidos ideológicos que estarían ligados a la ciencia, o de hacer de tal suerte que su práctica científica esté acompañada de una ideología justa. Es saber si es posible constituir una nueva política de la verdad… El problema no es cambiar la conciencia de la gente o lo que tienen en la cabeza, sino el régimen político, económico, institucional de la producción de la verdad…”

En 1970 fue elegido para el puesto académico de mayor prestigio en Francia, en el College de France, con el título de Profesor de Historia de los Sistemas del Pensamiento.

A partir de ese momento acrecienta su distanciamiento con el Partido Comunista Francés, manifestando su honda repulsión por el dogmatismo y la verticalidad, síntomas que percibió no sólo en el ámbito de la praxis, sino incluso en el núcleo de la teoría marxista.

De ese tiempo, podemos extraer: …”El humanismo consiste en querer cambiar el sistema ideológico sin tocar la institución; el reformismo en cambiar la institución sin tocar el sistema ideológico. La acción revolucionaria se define, por el contrario como una conmoción simultánea de la conciencia y de la institución, lo que supone que ataca a las relaciones de poder allí, donde son el instrumento, la armazón y la armadura…”

En sus seminarios, entre 1977 y 1979, insistía que “resistir” no es “aguantar” o “soportar” una fuerza, sino oponérsele activamente; es decir, enfrentarse y bloquear sus engranajes, ubicándose “en todas partes dentro de la red de poder”, pues la resistencia es un elemento constitutivo de las relaciones de poder, pero que las vuelve inoperante, que las niega.

Su planteamiento, en el caso que hoy nos atañe, que no es otro que resistir a este régimen totalitario, cobra excepcional vigencia: unicamente el poder limita al poder.

La resistencia figura como un “escape”, una práctica que lucha por una apertura del poder. Si el poder intenta captar los distintos elementos del quehacer social, la resistencia consiste en escapar a todo intento de captura. En consecuencia, sería un movimiento que pretende hacer caso omiso y ubicarse al exterior del poder. “Resistir” ya no es solo el contragolpe, sino además la “escapada”.

La resistencia se juega estratégicamente, moviéndose en sus bordes, entre el exterior y el interior, luchando contra y escapándose del poder. Ser parte de las relaciones de poder no involucra necesariamente estar atrapado en ellas. La resistencia se juega estratégicamente, moviéndose en sus bordes, entre el exterior y el interior, luchando contra y escapándose del poder. La salida del poder solo pasa por una lucha contra él.

En 1981, en la instalación del Comité Internacional para la Defensa de los derechos Humanos, en Ginebra, inició su intervención con el siguiente postulado: “Los aquí reunidos somos únicamente hombres privados que para hablar, para expresarse juntos, no poseen otro título que una cierta dificultad común para soportar lo que está pasando…”

Y a continuación pasaba a enumerar los tres principios que deberían dar sustento a esa iniciativa, a saber: La existencia de una ciudadanía internacional, que con sus deberes y con sus derechos propios, asuma el compromiso de alzarse contra todo abuso de poder, sea quien fuere su autor, y sean quienes fueren sus víctimas.

Uno de los deberes de la ciudadanía internacional consiste en mostrar a los gobiernos los sufrimientos de los hombres, ya que en definitiva ellos son los responsables por tales sufrimientos.

Los individuos particulares tienen derecho a intervenir efectivamente en el orden de la política y las estrategias. La voluntad de los individuos debe inscribirse en una realidad que los gobiernos han pretendido monopolizar, pero que hay que socavar día tras día.

Pocos meses después, en diciembre de 1981, las Fuerzas Armadas de Polonia dieron un golpe de Estado declarando el “Estado de guerra” e imponiendo ley marcial contra todo sospechoso.

Prácticamente todos los líderes del movimiento sindical “Solidaridad” fueron arrestados, y en Francia el gobierno de F. Mitterand mantuvo un silencio “casi cómplice”, argumentando que los polacos deberían resolver la crisis por sí solos, apoyándose en el Principio de No Intervención de los pueblos.

De inmediato, Foucault redactó un texto de protesta, al cual se fueron adhiriendo varios intelectuales. A partir de ese hecho se inició una verdadera avalancha de peticiones y declaraciones en contra del régimen de facto polaco y la pasividad del gobierno francés.

Una vez más los gobernados hacían suyo el derecho de alzarse contra un gobierno déspota, con presunciones totalitarias y signado por el odio colectivo; una vez más los individuos se levantaban contra todo abuso de poder…




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