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La resistencia continúa. La gente no se cansa de protestar. El gobierno tampoco se cansa de reprimir, arrestar y asesinar a los manifestantes. Cada parte está atrincherada en su territorio: la oposición insiste en restaurar la democracia y el régimen en mantener un poder que hace tiempo no le pertenece. Nadie sabe cómo terminará este enfrentamiento desigual, pero será difícil para el chavismo, sin más herramientas que la violencia (porque no tiene otras), gobernar por mucho más tiempo un país en el que 90% de la población está en su contra.

La resistencia continúa, a pesar de las bombas, los fusiles, las torturas y todo el arsenal despótico que ha acumulado la dictadura (acabo de ver un video en el que unos malandros de la PNB cierran las puertas de un camión cava lleno de estudiantes detenidos, después de dejar entrar –en la cava- una nube de gas lacrimógeno). La calle hierve de gente con guáramo y determinación ante la barbarie oficial: 80 ya no están con nosotros. Muchachos con escudos de madera, viejitos tragando humo venenoso, hombres y mujeres apaleados que se levantan y siguen la protesta. Valentía y coraje de ciudadanos que apuestan su bienestar y su vida para salir de un gobierno mafioso e inútil.

La resistencia continúa. Y continuará -el que se cansa pierde- hasta que se vayan los usurpadores. Solo queda la pregunta de mañana, o el mes que viene, o el año que viene. ¿Qué hacer cuando se pueda elegir un régimen de libertades, normal, relativamente honesto y competente? ¿Cómo reconstruir un país arrasado? ¿Será con más coraje y con más valentía?

Probablemente no. Las cualidades heroicas habrá que dejarlas en casa por si se vuelven a necesitar, pero las virtudes ciudadanas que serán necesarias para que Venezuela retome su camino de país civilizado y vuelva a iniciar la cuesta hacia la prosperidad no son espectaculares ni épicas ni, por supuesto, “revolucionarias”. Todo lo contrario.

Lo que quedará pendiente después del desmadre rojo será construir. Y construir es una labor de persistencia, de responsabilidad, de respeto a las leyes. Construir, de hecho, puede ser más aburrido que destruir. Cuando se construye no hay batallas ni enemigos –excepto los que violen las leyes- sino trabajo útil, en equipo, todos los días. No se espera a que el gobierno resuelva sino que cada quien resuelve lo que está a su alcance. Construir requerirá una sociedad muy distinta –en valores, creencias y software- a la que había el siglo pasado. Una sociedad que nunca más decida regalarle el país a un iluminado.




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