Carlos Graffe
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A Elsa Henríquez el Gobierno le quitó la libertad. Está encerrada en un cuarto oscuro, sin el oxígeno suficiente para respirar y rodeada por cuatro paredes que cada vez se le hacen más angostas. Aunque es su hijo el que está detenido en el Centro Nacional de Procesados Militares (Cenapromil) de Ramo Verde, desde la tarde del 13 de julio, ella también se siente presa.

Ese día no lo puede olvidar. Comenzó siendo un jueves lleno de alegría, porque fue a conocer a la hija recién nacida de una amiga. “Ten la seguridad de que tu hija va a crecer, desarrollarse y formarse en una Venezuela libre, próspera y en la que podrá vivir toda su vida”, fueron las palabras que escribió en la tarjeta de regalo. Ya tenía a la bebé en brazos, cuando a las 5:30 p.m. recibió la noticia que hizo que su mundo se derrumbara: “Se llevaron a Carlos”.

Para ella él es simplemente Carlos Enrique, su hijo. Para el resto es Carlos Graffe, el joven dirigente regional de Voluntad Popular (VP), quien desde el 2007 se dedicó a entender las necesidades de las comunidades en Carabobo, en especial las del sur de Valencia, para luego aportar soluciones haciendo partícipes a sus propios habitantes. En su historial resaltan los más de 10 años de lucha pacífica por los derechos humanos.

Lo recuerda bien: A partir de esa noticia todo fue borroso. Las llamadas no paraban de entrar a su celular. “De un momento a otro y sin darme cuenta ya estaba en el carro con un amigo de Carlos, yendo hacia el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en Naguanagua”. No pudo bajarse la primera vez: los nervios y la preocupación se lo impidieron.

La madrugada la atrapó en un recorrido entre el Sebin, la sede de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y el comando de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). “Fue un día muy duro y difícil, que no difiere mucho de los que vinieron luego”.

LA PRIMERA VISITA

Carlos Graffe fue juzgado el viernes 14 de julio en Ciudad Chávez, donde por decisión de un juez militar se convirtió en uno de los 590 presos políticos del régimen de Nicolás Maduro. Con la esperanza de poder ver a su hijo, el sábado siguiente ya Elsa Enriquez estaba yendo por primera vez a la cárcel militar de Ramo Verde, centro de reclusión al que fue asignado. Ese día no la dejaron pasar.

Las condiciones para entrar a Ramo Verde son infrahumanas y difíciles de entender. Estás allí, expuesto por horas al sol o a la lluvia. Las visitas están permitidas desde el viernes hasta el domingo, de 8:00 a.m. a 4:00 p.m. Los efectivos de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), encargados de vigilar el centro de reclusión, deciden todo. Por tres fines de semana seguidos la madre de Graffe se tuvo que enfrentar con un inminente “No”. 

Fue la espera más larga de su vida. 23 días después de lo que ella describe como un secuestro, finalmente lo pudo ver. Es costumbre en Ramo Verde que al llegar un nuevo preso, de inmediato lo aíslan. “Él fue castigado y encerrado hasta un día antes de que pudiéramos verlo”. Carlos siempre esperó que ese viernes llegara.

Es una situación contradictoria. Al principio, por el choque del cambio, es algo difícil de entender. Luego de haber digerido todo lo que representaba ser la madre de un preso político, Elsa asumió que debía mostrarse fuerte. “La idea no es que ni ellos ni Carlos Enrique me vean llorando”.

Al entrar, lo primero con lo que se encontró fue un abrazo fuerte y las palabras de aliento de su hijo: “Para adelante mami, que este no es el fin. Nuestro objetivo es la libertad y la democracia para Venezuela, y créeme que lo vamos a lograr”. Sus convicciones están intactas. Está convencido de que hay que seguir en las calles luchando por Venezuela.

Son cuatro alcabalas las que hay que pasar: la primera con el carro, las otras tres caminando. En cada una debes entregar tu cédula de identidad, registrarte y esperar a que te anuncien. Este es un proceso que tarda por lo menos dos horas y que se convirtió en parte de la rutina de Elsa.

Las semanas para Elsa tienen solo tres días: Viernes, sábado y domingo. “Tristemente estamos todos presos. La libertad de Venezuela no existe de ninguna manera. Es duro y fuerte de vivir, pero tengo que estar a la altura de mi hijo”.

LA VOZ DE CARLOS

Elsa Henríquez nunca estuvo tan involucrada en el activismo político, eso siempre se lo dejó a su hijo. Mantener viva la voz de Carlos Enrique es lo que la mantiene en pie. “No voy a permitir que sus ideas se apaguen, ni que baje el nivel de su lucha por las comunidades de Valencia”.

Cuando te conviertes en madre de un preso político, automáticamente te involucras con todos los casos. En Ramo Verde ya hay 30 carabobeños en cautiverio solo por pensar un país diferente y también me ha tocado ser la voz de ellos y de sus familiares, dijo.

Aunque se siente presa, encerrada en un cuarto oscuro, Elsa  no pierde la esperanza de que algún día Venezuela recupere su libertad. “Todo el dolor se ha convertido en amor y en ganas de seguir luchando”.




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