Desde los acontecimientos del 3 de enero, los carabobeños atraviesan un vaivén emocional que se traduce en una sensación constante de estrés e incertidumbre palpable en las calles.
Jorge González recorre Valencia en bicicleta. Ese día pedaleó varios kilómetros desde Trapichito hasta la avenida Bolívar mientras observaba la ciudad con escepticismo. Asegura que, pese al paso de los meses y a las expectativas de cambio que tuvo a comienzos de año, no percibe mejoras reales para los carabobeños. Habla desde la rutina de quien intenta sostener a su familia entre apagones constantes, salarios insuficientes y una incertidumbre permanente.
Detenido en una esquina, se rompe la cabeza pensando cómo resolver las necesidades básicas de su hogar. Tiene cuatro hijos y asegura que el dinero ya no alcanza ni para lo esencial. “Uno va al supermercado y nada rinde”, comenta. Calcula que sus ingresos rondan los 200 dólares mensuales, una cifra insuficiente frente al costo de los alimentos, los servicios y los artículos básicos del hogar.
La crisis eléctrica también atraviesa su rutina y la de millones de carabobeños. Cuenta que en su comunidad los cortes ocurren varias veces al día. “La luz se va hasta cinco veces. Viene y se vuelve a ir. Así se dañan las cosas y uno no puede planificarse”, relata.
Como muchos venezolanos, Jorge ha pensado en emigrar. Perú figura entre las opciones que evalúa porque allí tiene amigos dispuestos a ayudarlo a empezar de nuevo. Sin embargo, todavía no toma una decisión definitiva. Una parte de él sigue esperando un cambio.
“Estoy tratando de aguantar y ver si hay mejoría, pero todo es muy incierto”, expresa. Recuerda que, tras los acontecimientos políticos de comienzos de año, creyó que el país podía tomar otro rumbo. Hoy siente frustración al comprobar que muchas dificultades siguen intactas.
Aun así, insiste en aferrarse a la fe. Dice que muchas veces la única herramienta emocional que le queda es encomendarse a Dios y seguir adelante pese al desgaste. “Nos agarramos de eso porque sufrimos mucho”, afirma.
Más allá del debate político, Jorge habla desde las carencias concretas. En su casa necesitan reemplazar colchones deteriorados por el tiempo y las condiciones materiales. “Tienen chinches y ácaros”, cuenta. Para él, la crisis dejó de ser una discusión abstracta y se convirtió en una acumulación diaria de problemas pequeños, pero asfixiantes. Esta realidad es cada vez más evidente en la cotidianidad de los carabobeños.
Aunque percibe cansancio y resignación en muchas personas, también cree que el país necesita organizarse y buscar soluciones colectivas. Mientras tanto, sigue recorriendo Valencia en bicicleta, intentando sostener a su familia dentro de una realidad que describe como cada vez más difícil e impredecible.
El psicoterapeuta Luis Rodríguez atiende con frecuencia pacientes atravesados por este mismo perfil emocional. Desde la psicoterapia Gestalt, considera que los acontecimientos de los últimos meses transformaron profundamente la atmósfera emocional del país. A su juicio, el venezolano actual intenta recuperar el equilibrio sobre un suelo que todavía vibra.
Rodríguez sostiene que los venezolanos, y particularmente los carabobeños, atraviesan un momento de “impasse”. Lo define como un espacio donde lo conocido dejó de servir, pero el futuro todavía no termina de aclararse. “Es una mezcla de vértigo y cautela”, explica. Esa sensación, añade, impide vivir el presente de manera plena.
Según el especialista, la necesidad de aferrarse a un futuro prometedor terminó volviendo ese futuro tan grande e idealizado que muchas personas dejaron de mirar el presente. Como consecuencia, el carabobeño vive atrapado en una incertidumbre constante que desemboca en agotamiento generalizado.
“Ese cansancio no se cura durmiendo porque es un agotamiento de la atención. Hemos pasado demasiado tiempo pendientes de lo que viene”, señala.
María Giraldo también percibe un deterioro del país después del 3 de enero. Camina por la avenida Bolívar rumbo a su trabajo y asegura que la falta de dinero para comprar alimentos representa hoy su principal preocupación. “Teníamos esperanza, pero no se cumplió lo que esperábamos”, dice.
La mujer cuestiona además el rol de los dirigentes políticos. “Ellos querían esto, que se llevaran a su presidente y que todo quedara peor. Está faltando más unión entre los venezolanos”, comenta.
María trabaja como empleada doméstica y admite sentir una profunda frustración. Cree que los políticos no comprenden realmente lo que vive la población. “Tienen que comunicarse con el pueblo. No están conectados”, afirma.
Cuando intenta mencionar referentes políticos regionales, el único nombre que recuerda es el del gobernador Rafael Lacava. Sobre dirigentes opositores admite no conocer a ninguno.
Esa desconexión política, sumada a los acontecimientos del 3 de enero, profundizó el sentimiento de frustración y desencadenó varios puntos de quiebre emocionales en la población.
Rodríguez explica que un punto de quiebre representa, en esencia, una oportunidad de reorganización. “Cuando algo se rompe, las piezas pueden volver a unirse, pero nunca de la misma forma. El venezolano de mayo de 2026 no es el mismo de enero, ni el de 2025 o 2021”, sostiene.
Aunque Venezuela lleva años sumida en crisis, el especialista explica que las personas suelen construir un mapa mental para entender cómo funciona el entorno. En los últimos meses, sin embargo, muchos sienten que ese mapa terminó rasgado. A partir de lo observado en consulta, Rodríguez identifica un elemento central: la pérdida de la capacidad de anticiparse al futuro.
“Cuando el entorno se vuelve tan fluido que no puedes predecir ni siquiera el estado emocional de la próxima semana, el sistema nervioso entra en una especie de shock silencioso”, asegura.
Ese quiebre se manifiesta como una desorientación existencial: la sensación de habitar un lugar conocido que, de pronto, se vuelve extraño. Se trata de una ruptura de la familiaridad y de la seguridad emocional.
A pesar de todo, Rodríguez reconoce que los venezolanos han hecho enormes esfuerzos por mantenerse a flote, aunque eso implique un desgaste todavía mayor. Aclara, sin embargo, que el estado emocional actual no constituye necesariamente una patología, sino una respuesta lógica ante un cambio profundo del entorno.
“Estamos atravesando un proceso de digestión emocional. No podemos exigirle a la gente que esté bien o feliz inmediatamente. Lo importante es permitirnos estar como estamos: confundidos, expectantes, cansados o esperanzados, pero siempre conectados con la realidad”, concluye.









