Maestros celebran su día en Venezuela sin sueldos dignos y sin ser valorados

El salario de los maestros no es la causa histórica de la crisis educativa venezolana, pero explica el punto más inmediato
Trabajadores de la salud y docentes protestan durante una marcha exigiendo mejores salarios y beneficios sociales equivalentes al alto costo de la canasta básica en Caracas el 18 de septiembre de 2023. Foto: Yuri CORTEZ/ AFP

La desalarización que denuncian maestros y profesores de todos los niveles educativos no es simplemente ganar poco, sino una ruptura precisa y destructiva entre el trabajo profesional y su reconocimiento material. El salario deja de cumplir su función básica –permitir vivir del oficio– y se convierte en una referencia simbólica, incapaz de sostener una carrera, una vida o una institución.

Un docente desalarizado no es solo un trabajador empobrecido. Es un profesional al que el Estado ha dejado de reconocer como tal. Su ingreso ya no organiza su tiempo, no estructura su dedicación, no permite continuidad ni especialización. La enseñanza deja de ordenar el sistema y la institución empieza a disolverse. Es lo que ha ocurrido en el sistema educativo de Venezuela. En esa situación, Venezuela celebra el Día del Maestro.

La desalarización es la cara más visible del derrumbe, pero no su origen. Es el resultado final de un proceso largo, acumulativo, que antecede al colapso político-económico del siglo XXI. La educación venezolana no se derrumbó de un día para otro. Llegó debilitada. Arrastraba fracturas institucionales, pérdida de interlocución política, deterioro material progresivo y una erosión lenta de su autoridad social.

Los bajísimos sueldos no explican el colapso, lo consolidan. Marcan el punto en el que el daño se vuelve irreversible por inercia institucional. Escuelas, liceos y universidades siguen abiertas, pero lo que transmiten ya no es educación en sentido pleno. Ha perdido su función, no educa ni crea conocimiento.

Ingreso simbólico y simulación administrativa

La precariedad salarial del sistema educativo venezolano constituye una decisión institucional con consecuencias estructurales, no es un problema gremial ni una disputa sindical mal resuelta. Mientras se interprete como un conflicto laboral o como una restricción presupuestaria, se discutirá el síntoma y no el mecanismo que hizo posible el colapso: la ruptura del contrato básico entre el Estado y la profesión educativa.

El salario de los maestros no es la causa histórica de la crisis educativa venezolana, pero explica si el punto más inmediato y eficaz desde el cual puede revertirse. Sin salario profesional, la educación deja de funcionar como sistema y lo que permanece es un simulacro operativo: escuelas abiertas sin capacidad real de enseñar, liceos que certifican sin formar, universidades que sobreviven sin investigar ni producir conocimiento.

Un docente con ingreso simbólico es un profesional que el Estado declaró irrelevante. En esas condiciones, el propio Estado pierde toda capacidad real de exigir calidad, especialización, continuidad o responsabilidad. Lo que queda es improvisación, rotación permanente y simulación administrativa.

Las escuelas quedaron excluidas de la reducción de horario laboral
Estudiantes reciben clases en la escuela Fe y Alegría del barrio Las Mayas de Caracas el 16 de octubre de 2024. Foto: Juan BARRETO / AFP

Cuando la precariedad captura también el lenguaje de la demanda

La desalarización de los maestros venezolano no solo sigue siendo interpretada desde el ángulo equivocado por el Estado. También sigue siendo pensada —y reclamada— desde ese mismo ángulo por una parte de quienes la padecen. Ese es uno de los efectos más profundos del colapso: la precariedad no se limita a empobrecer ingresos, termina estrechando el marco intelectual desde el cual se formula la demanda.

El enfoque humanitario permitió visibilizar el daño, pero no ofreció una salida. Ver a los profesores como víctimas produjo compasión, solidaridad y denuncias legítimas, pero dejó intacta la estructura que los convirtió en prescindibles. La educación no se reconstruye protegiendo individuos aislados, sino restituyendo las condiciones que permiten que una profesión exista como tal.

Un sistema educativo no se recompone con gestos de alivio ni con ayudas puntuales. Se recompone cuando el Estado vuelve a pagar salarios que reconozcan autoridad profesional y, a partir de allí, recupera la capacidad de exigir calidad, continuidad y responsabilidad. Mientras el problema se formule como emergencia humanitaria, la respuesta seguirá siendo asistencial. Y el asistencialismo no construye instituciones.

Hoy, el debate salarial en la educación universitaria continúa dominado por una lógica sindical compensatoria. Se discute la pérdida de valor de bonos, se solicitan ajustes parciales, se recalculan beneficios accesorios, se pide “mejorar la calidad de vida”. Todo eso describe correctamente el daño. Nada de eso aborda el problema central. El salario aparece como referencia residual, no como el eje del contrato profesional entre el Estado y la educación.

Cuando una asociación de profesores universitarios —el sector con mayor formación del país— plantea que el bono vacacional debe recalcularse sobre una base simbólica para mitigar su pérdida de valor, no está proponiendo una reconstrucción salarial. Está aceptando, aunque no lo declare, que el salario dejó de ser el centro del sistema. Está negociando dentro del mismo marco que convirtió a los maestros en sujetos asistidos y no en profesionales reconocidos.

Aquí no se trata de humillación personal ni de miseria moral. Se trata de algo más preocupante: una derrota conceptual. La lógica del bono, del paliativo y de la compensación ha colonizado incluso el lenguaje del reclamo. El horizonte deja de ser la restitución de la profesión y pasa a ser la administración del daño.

Ese desplazamiento tiene consecuencias institucionales muy claras. Un Estado que discute bonos no discute carrera docente. Un Estado que negocia compensaciones no se compromete con estándares profesionales. Un Estado que administra ayudas no recupera autoridad para exigir calidad, continuidad ni responsabilidad. Y un gremio que acepta ese marco termina reforzando la idea de que el salario es accesorio, negociable o sustituible.

Por eso la pregunta incómoda no es si los profesores están pidiendo limosnas. La pregunta es cómo el sistema logró que incluso los sectores más preparados del país formularan su relación con el Estado en términos asistenciales y no contractuales. No es una falla individual, es el resultado de años de desinstitucionalización.

Mientras la desalarización siga siendo tratada como un problema sindical y no como un problema institucional, la educación seguirá atrapada en el simulacro. Y mientras las demandas se formulen en clave compensatoria, el Estado no tendrá incentivos reales para restituir aquello que perdió: la posibilidad de gobernar la educación como sistema profesional y no como dispositivo de supervivencia.

La reconstrucción educativa no comienza con mejores bonos ni con cálculos más generosos sobre ingresos inexistentes. Comienza cuando el salario vuelve a ser salario, cuando la profesión vuelve a ser profesión y cuando el reclamo deja de pedir alivio para empezar a exigir institución.

Un profesor venezolano sostiene una pancarta que dice "Dolarizaron todo menos mi sueldo" durante una manifestación para exigir mejoras salariales al gobierno, el Día del Maestro, frente al Ministerio de Trabajo, en Caracas, el 15 de enero de 2021. Foto: Federico PARRA / AFP

La cuña institucional

Aumentar los sueldos de los maestros a niveles comparables con los de Colombia, Chile o República Dominicana no requiere una gran reforma del Estado o reescribir la Constitución. Tampoco una nueva ley orgánica, ni una transformación curricular, mucho menos una reingeniería ministerial. Basta una decisión política concreta e inmediata: ajustar los salarios. Puede hacerse con decreto presidencial con menos de 50 palabras. Una señal de que el Estado reconoce que educar es una profesión estratégica.

El argumento de que no hay de dinero es falso de toda falsedad. El Estado ha demostrado capacidad de gasto sostenido en bonos, incentivos discrecionales y transferencias paralelas. Reorientar esos recursos a salarios dignos es posible y económicamente racional. El impacto sería inmediato, local y multiplicador.

Los bonos cumplen una función en los sectores vulnerables. Pero la educación es un sector estratégico. A los sectores estratégicos no se les subsidia. Se les invierte. Se les paga bien y se les exige mucho.

Restituir salarios profesionales permitiría que el Estado reconstruya la autoridad institucional del sistema educativo; exigir concursos, evaluación, formación continua y resultados. La restitución del salario no corrige el deterioro curricular ni la pérdida de autonomía, pero vuelve viable cualquier intento de abordarlos. Sin salario no hay carrera y sin salario la enseñanza es ficción administrativa. Un salario se corrige, la pérdida de la función institucional puede ser irreversible.

La domesticación del reclamo

No es razonable esperar que quienes capturaron el sistema educativo desde 1999 lideren una reconstrucción profunda y autónoma. No por simple razones morales, sino porque su lógica de poder es incompatible con una educación profesionalizada y crítica.

Durante décadas, la universidad fue el cerebro del país, pero ese vínculo se resquebrajó a partir de 1970. La autonomía quedó en las leyes, pero la confianza se erosionó. La política dejó de escuchar a la universidad. Luego, la crisis de los 80 profundizó la precariedad material; la de los 90, debilitó su influencia. Cuando llegó el chavismo, el sistema era respetable, pero débil.

Cuando el debate se reduce a compensaciones –bonos, ajustes parciales, equivalencias–, el salario deja de ser el eje del contrato profesional y ocupa un lugar simbólico que tiene consecuencias reales. Un Estado que negocia compensaciones no reconstruye carreras y un gremio que lo acepta refuerza el simulacro.Noreconstruye la profesión, simplemente se limita a gestionar la precariedad. La permanencia del simulacro impide restaurar el sistema educativo.

Vaciado del sistema educativo

Lisseth no tiene alumnos, pero todas las mañanas pasa 90 minutos explicando la ecuación que enseñó durante 20 años en el primer módulo del semestre. Es la única parte de su trabajo que no le quitaron. La facultad cerró por falta de estudiantes y el salario se volvió simbólico. El laboratorio dejó de funcionar cuando el regulador de voltaje falló y por falta de profesores el plan de estudios quedó suspendido. El sistema que hacía posible enseñar la ecuación se derrumbó y sus escombros fueron demolidos.

No empezó con el socialismo del siglo XXI, que administró y profundizó su deterioro, sino mucho antes. Cuando la escuela pública perdió su capacidad de formar jóvenes capaces de razonar y aprender, de ser lectores, pensadores, ciudadanos.

Durante décadas, se dio por sentado que las universidades funcionarían indefinidamente; que producirían profesionales, conocimiento y pensamiento, que sostendrían la movilidad social y el progreso económico. No se percibía el demoledor proceso de degradación continua de la educación básica y media. La pérdida del oficio docente. La caída del salario del maestro. La politización del currículo. La desconexión entre contenido y exigencia.

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