El desmontaje de facto de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) —marcado no por un decreto oficial, sino por la desaparición real de la comida en las comunidades— cierra una de las etapas más oscuras del control social en Venezuela.
Lejos de ser una red de asistencia, esta estructura dejó un profundo resentimiento en los barrios. Ahora, los cuestionados jefes de calle se quedan sin la máscara de la ayuda alimentaria y son absorbidos por los Comités Bolivarianos de Base Integral (CBBI) para asumir un rol de control político-partidista dentro del PSUV, sin disfraces.
La publicación de una noticia en El Pitazo sobre el fin de los CLAP hizo que los lectores estallaran en las redes sociales. Los comentarios no muestran lástima, sino indignación después de años de aguantar amenazas, insultos y persecución. Hoy, la duda es cómo los jefes de calle mirarán a la cara a los vecinos a los que les hicieron daño.
El comentario que más se repitió fue directo: «Ahora sí van a tener que trabajar«, “imagínate, descubrirán que existe algo llamado trabajar”, «les tocó salir a chambear» o “a vender café y cigarros”. La gente lo dice sin filtros porque, durante 10 años, estas personas usaron la entrega de la comida para vigilar, mandar y presionar a los demás.
Persecución y amenazas en vez de ayuda
Aunque la entrega de comida nació como un programa de ayuda, la realidad en los barrios es que se terminó convirtiendo en una herramienta política. Lo que se vivió en las comunidades fue compra de conciencias. El gobierno se aprovechó de las necesidades de estos jefes de calle para darles un poder que no supieron manejar; y después ellos usaron el hambre de la gente para sembrar divisiones y presionarla.
“Para mantener el control, muchos jefes de calle usaban la amenaza: si no apoyabas al gobierno o si criticabas que la comida venía incompleta o dañada, te quitaban el beneficio”, recuerda una vecina del estado Miranda.
Pero la cosa no quedaba ahí. Muchos señalaron, persiguieron y hasta mandaron a meter presa a gente inocente del barrio sin ninguna razón. Se convirtieron en vigilantes que les hicieron la vida imposible a sus propios vecinos con tal de mantener su cuota de poder con el CLAP. Por eso hoy tienen más rechazo que apoyo.
Sin CLAP se les acabó el chantaje
«Se les acabó el jueguito de sentirse con poder y de maltratar a los demás», reclamó un lector de El Pitazo, mientras que otro sentenciaba: «Les quedó la enemistad con sus vecinos».
Y es que tener el control sobre el hambre de los demás cambió por completo la vida en los barrios. Por eso, el fin del beneficio alimentario se siente como el desmoronamiento de su principal arma.
Aunque la estructura intente mutar en los CBBI, despojarlos del control de las bolsas quita el peso del chantaje y debilita su capacidad para arrodillar a la comunidad, permitiendo que la gente empiece a perderles el miedo.
“¿Qué pasará con ellos? Bueno qué ya no van a humillar al pueblo con eso, ni a denunciarlo tampoco, me alegra eso”. “Gracias Dios, por permitirme ver el final de esto poco a poco”, comentaron otros dos usuarios.
Un programa en declive
El desgaste de los CLAP ya se venía viendo en las regiones desde hace tiempo por el mismo abandono del gobierno.
«El CLAP lo eliminaron de mi barrio en Maracay hace un año y solo venía cuatro veces al año», reportó un usuario.
Hoy, con el programa desmantelado, son los jefes de calle los que pagan el costo de lo que hicieron. El rechazo hacia ellos es total porque la gente no olvida los abusos. Aunque el gobierno intente reciclarlos en nuevas estructuras de control político, el veredicto de la calle ya está dictado: les quedó la enemistad con sus propios vecinos.









