Algunos de mis profesores en la Universidad del Zulia, hace ya casi tres décadas, citaban con frecuencia en sus clases al gran intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri. Para muchos, quizá fue el último gran pensador nacido en esta tierra. Su preocupación por la realidad nacional fue constante, especialmente por la decadencia del sistema educativo y la creciente dependencia del petróleo. Desde muy temprano advirtió que el llamado “oro negro” podía convertirse en la gran maldición de Venezuela.
Y no se equivocó.
La riqueza petrolera hizo que el país relegara actividades fundamentales como la agricultura, la ganadería y el turismo. Los gobiernos del siglo XX, tanto adecos como copeyanos, concentraron gran parte de su atención en la industria petrolera, en detrimento de otros sectores que durante décadas habían generado importantes ingresos y contribuido significativamente al Producto Interno Bruto.
Vale recordar que Venezuela llegó a ser uno de los principales exportadores de café y cacao del mundo. Hoy, muchas de las haciendas que sobreviven lo hacen gracias al esfuerzo de sus propias comunidades, como ocurre en Chuao, de donde, según muchos especialistas, proviene uno de los mejores cacaos del planeta.
Uslar Pietri comprendió con notable claridad lo que podía ocurrir. Sabía que la ambición generada por los enormes ingresos petroleros terminaría afectando negativamente al país. Advirtió sobre los peligros de una economía dependiente, sin diversificación y extremadamente vulnerable a los vaivenes del mercado internacional. También intuyó que la abundancia podía alimentar prácticas de corrupción y distorsionar las prioridades nacionales.
Por eso hablaba de “sembrar el petróleo”.
Con esa poderosa metáfora no proponía abandonar la producción petrolera. Su planteamiento era mucho más profundo: entendía que, al tratarse de un recurso finito, Venezuela corría el riesgo de vivir exclusivamente de la renta sin desarrollar una economía verdaderamente productiva. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Uslar exhortaba a los gobernantes a utilizar los ingresos extraordinarios del petróleo para modernizar la agricultura, construir infraestructura, fortalecer la educación, impulsar la ciencia y formar capital humano. Sembrar el petróleo significaba transformar una riqueza transitoria en riqueza permanente.
Sin embargo, el país tomó otro camino. Venezuela demostró que una nación puede poseer enormes recursos naturales y, aun así, fracasar cuando sustituye el trabajo productivo y la creación de conocimiento por la dependencia de la renta.
La vigencia del pensamiento de Uslar Pietri resulta hoy incuestionable. En momentos en que tanto se habla de reconstrucción nacional, quienes asuman la conducción del país deberán mirar con seriedad el desarrollo de nuevas fuentes de ingreso, pero sobre todo el rescate de escuelas y universidades.
Los futuros gerentes públicos deben recordar que, tanto durante los períodos democráticos como bajo el chavismo, la abundancia petrolera fue utilizada con frecuencia para financiar gasto corriente, clientelismo político e importaciones masivas, en lugar de transformar estructuralmente la economía. Ese error histórico no puede repetirse.
Pero quizás el desafío del siglo XXI sea aún mayor. Ya no basta con sembrar el petróleo. Venezuela necesita sembrar conocimiento, institucionalidad y el enorme talento de millones de venezolanos dentro y fuera del país.
Solo así será posible construir una nación distinta: una Venezuela menos dependiente de la renta, más productiva, más educada y consciente de que su verdadera riqueza nunca estuvo únicamente bajo la tierra, sino también en la capacidad de su gente para crear, innovar y reconstruir su futuro.




