Damnificados de La Guaira llegaron al sur de Valencia para refugiarse temporalmente

Lo que necesitan es concreto: colchones, ventiladores y algo de ropa. Lo que perdieron es todo lo demás bajo las ruinas de su casa en La Guaira
Las casas cerca de la iglesia San Sebastian Maiquetía, se desplomaron (Foto: Redes sociales)

Salieron sin ropa, sin documentos, sin dinero. Algunos por un balcón. Otros corriendo en una casa cuyas columnas se partían. Familias enteras que perdieron todo en los terremotos del 24 de junio en la Guaira y que esta semana llegaron al sur de Valencia buscando el techo de un familiar.

Marina Díaz es abuela y en este momento es todo para cinco niños. Su hija vive en Chile. Cuando ocurrió el terremoto, Marina estaba en el apartamento 5 del piso 1 de la Torre J 11 del urbanismo Hugo Chávez, en Catia La Mar, con Keiber de 17 años, Daymaris de 15, Braylis de 12, Dougleber de 8 y Aleximar de 7.

"Abajo todo eso se hundió, vimos muchos muertos de mis torres", relata Marina con la voz de quien todavía no termina de procesar lo que vio. La salida no fue por la puerta. "Yo los tiré a ellos por un balcón. Y después me lancé yo."

Su hija, desde Chile, pasó tres días llorando sin poder comunicarse con ellos porque en La Guaira las comunicaciones no funcionaban. Alguien le había dicho que el edificio donde vivían se había desplomado.

No fueron a un refugio. Sus otros hijos que viven en la zona y sus vecinos no lo permitieron, y la razón es médica: Marina es diabética y tiene una colonopatía. Keiber, el mayor de los nietos, también es diabético. Dougleber, el de 8 años, es asmático. Con ese cuadro de salud, un refugio colectivo era un riesgo adicional.

Así que recurrieron a una casita vacía que tiene en Valencia la familia de una de sus hijas. Ahí están ahora, en la vereda 7 de la comunidad Monumental 1, al lado del colegio Francisco Espejo.

Los vecinos se enteraron de la llegada de damnificados de La Guaira y se movieron solos. Llegaron con medicamentos, comida, ropa. Alguien consiguió un nebulizador para Dougleber. Se organizaron para hacerle exámenes de laboratorio a Marina. "Desde que llegamos los vecinos se enteraron y comenzaron a moverse para ayudarnos. Nos trajeron medicamentos, comida, ropa. Gracias a Dios, gracias a Dios", repite Marina, como si necesitara decirlo dos veces para creérselo.

Tres días durmiendo en un parquecito

Odeangela Frías vivía con su esposo Miguel Tovar, sus hijos Migueilis de 23 años, Migdeilys de 18 y Miguel de 10, su yerno Álvaro Astros de 27 y sus nietos Eythan de 4 años y el bebé Álvaro de 1 año, en una casa de tres pisos en Maiquetía, subiendo hacia El Rincón, cerca de donde estaba la iglesia San Sebastián, que se cayó, y del colegio Madre Emilia de La Guaira, que también se derrumbó.

"Las columnas se rompieron. Tuvimos que salir sin nada", dice Odeangela. A las 6 de la mañana del 25 de junio se acababan de acostar cuando llegó la réplica más fuerte. "Salimos corriendo mi esposo y yo de la casa y entramos corriendo a buscar al niño de 10 años", recuerda. Migueilis estaba con su pareja y los dos bebés en lo que quedaba de su parte de la casa. Fueron a buscarlos. "Dijimos: no podemos entrar más a la casa porque la casa es un riesgo."

Se refugiaron afuera, en el terreno frente al colegio Madre Emilia derrumbado, durmiendo en un parquecito. Pasaron cuatro días en la calle. Colchón en el piso, los niños encima, el sol de La Guaira sin sombra suficiente. Entonces la hija recibió un mensaje de una amiga: salía un camión desde Valencia con ayuda. "Mami, ¿qué tal si nos vamos con ellos para donde mi abuela?", le dijo Migueilis.

Lo que cargaban era lo que tenían puesto: ropa, zapatos, un suéter. Y un morralito con la medicina del esposo para la tensión y unas pastillas para el dolor corporal.

Llegaron al sur de Valencia el martes a las 3:00 a. m., a un apartamento pequeño en Ciudad Plaza donde vive la suegra de Odeangela. Ahí están ahora todos: Migueilis con su pareja Álvaro y los dos niños en un cuarto. En el cuarto de la suegra duerme el resto de la familia en un colchoncito en el piso.

Niños de La Guaira afectados emocionalmente

Lo que más le pesa a Odeangela no es el colchón en el piso ni la ropa que no tiene. Es el niño de 10 años. Miguel no había dicho nada en días. Hasta que esta semana se acercó a su mamá y le dijo: "Mami, estoy muy asustado. Tengo un mal presentimiento."

"Yo le dije, papi, ¿pero un mal presentimiento por qué? Aquí estamos bien", le respondió Odeangela quien llora sola, cuando los niños no la ven.

Tampoco duerme. La suegra le dio una pastilla para que pudiera descansar. Se levanta en la madrugada asustada, sin saber bien dónde está por un segundo. "Es muy duro, es muy duro. Es un cambio de vida por completo", dice, y en esa frase cabe todo lo que no se puede decir en pocas palabras: la casa de tres pisos construida durante años, la rutina de los niños, el barrio conocido, la iglesia de la esquina que ya no existe.

Lo que necesitan ahora es concreto y sencillo: colchones, ventiladores y algo de ropa. Lo que perdieron es todo lo demás bajo las ruinas de su casa en La Guaira.

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